La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Por lo tanto, hasta que la exploraci�n no estuviese terminada, pod�a admitirse que la isla no estaba habitada.
Pero �la frecuentaban al menos en ciertas �pocas los ind�genas de las islas vecinas? Esta pregunta era muy dif�cil de contestar, pues en un radio de cincuenta millas no se ve�a tierra alguna. Pero una distancia de cincuenta millas pod�an franquearla sin dificultad los praos malayos o las piraguas polinesias. Todo depend�a, pues, de la
situaci�n de la isla, de su aislamiento en el Pac�fico o de su proximidad a los archipi�lagos. �Podr�a Ciro Smith, que estaba desprovisto de instrumentos, precisar su posici�n en longitud y latitud? Ser�a muy dif�cil. En todo caso, era conveniente tomar algunas precauciones contra un desembarco posible de los ind�genas vecinos.
La exploraci�n de la isla estaba concluida, determinada su configuraci�n, fijado su relieve, calculada su extensi�n y reconocida su hidrograf�a y su orograf�a. La disposici�n de los bosques y de las llanuras hab�a sido anotada de una manera general en el plano levantado por el corresponsal; s�lo faltaba descender de la monta�a y explorar el terreno desde el triple punto de vista de sus recursos minerales, vegetales y animales.
Pero antes de dar a sus compa�eros la se�al de partida, Ciro Smith les dijo con voz reposada y grave:
-�Este es, amigos m�os, el estrecho rinc�n del mundo donde el Todopoderoso nos ha arrojado. Aqu� tendremos que vivir qui�n sabe cu�nto tiempo; pero tambi�n puede suceder que nos llegue pronto alg�n socorro imprevisto o que pase alg�n barco por casualidad� Digo por casualidad, porque esta isla es poco importante, no ofrece ni siquiera un puerto que pueda servir de escala a los buques, y es de temer que se encuentre situada fuera del rumbo que ordinariamente siguen, es decir, demasiado al sur para las naves que frecuentan los archipi�lagos del Pac�fico, y demasiado al norte para las que se dirigen a Australia doblando el cabo de Hornos. No quiero ocultaron cu�l es nuestra verdadera situaci�n.
-�Y hace usted muy bien, mi querido Ciro -contest� el corresponsal-. Habla usted con hombres con quienes puede contar para todo, pues tienen absoluta confianza en usted. �No es cierto, amigos m�os?
-�Le obedecer� en todo, se�or Ciro -dijo Harbert, estrechando la mano del ingeniero.
-��Aqu� y en todas partes ser� usted mi amo! -exclam� Nab.
-�En cuanto a m� -dijo el marinero-, que pierda mi nombre si no ayudo en todo lo que sea necesario, y si usted quiere, convertiremos esta isla en una peque�a Am�rica. Levantaremos edificios, construiremos ferrocarriles, instalaremos el tel�grafo, y cuando est� enteramente transformada, embellecida y civilizada, la ofreceremos al gobierno de la Uni�n. S�lo pido una cosa.
-��Cu�l? -pregunt� el corresponsal.
-�Que no nos consideremos n�ufragos, sino colonos que hemos venido aqu� a colonizar. Ciro Smith se sonri� y la proposici�n del marino fue aceptada. Despu�s dio las gracias a sus compa�eros y a�adi� que contaban con su valor y con la ayuda del cielo.
-�Pues bien, �en camino hacia las Chimeneas! -grit� Pencroff.
-�Un momento, amigos m�os -repuso el ingeniero-. Creo conveniente dar nombres a esta isla, a los cabos y a los promontorios y a las corrientes de agua que tenemos a la vista.
-��Muy bien! -exclam� el corresponsal-. Esto simplificar� en lo sucesivo las instrucciones que tenga usted que damos.
-�En efecto -a�adi� el marino-, ya es algo poder decir ad�nde se va y de d�nde se viene. A lo mejor se sabe que est� uno en alguna parte. -Las Chimeneas, por ejemplo -propuso Harbert.
-�Justo -repuso Pencroff-. Ese nombre es muy adecuado y ya se me hab�a ocurrido.
�Daremos a nuestro campamento el nombre de Chimeneas, se�or Ciro? -S�, Pencroff, puesto que lo han bautizado ustedes as�.
-�Bueno, en cuanto al resto, no ser� dif�cil darles nombres -continu� el marino, que estaba en vena-. Empleemos los mismos que Robinson, cuya historia me s� de memoria:
la "Bah�a de la Providencia", la "Punta de los Cachalotes", el "Cabo de la Esperanza
fallida"�
-�O bien los nombres de Smith, Spilett, Nab� -dijo Harbert. -�No, no! -interrumpi� Nab, dejando ver sus dientes de brillante blancura. -�Por qu� no? -replic� Pencroff-. El "puerto Nab" suena muy bien. �Y el "cabo
Gede�n"?
-�Yo preferir�a nombres tomados de nuestro pa�s -dijo el corresponsal-y que nos recordasen nuestra Am�rica.
-�S� -repuso Smith-, para los principales, las bah�as o los mares, me adhiero a esa proposici�n. As�, por ejemplo, a la bah�a del este podr�amos llamarla "bah�a de la Uni�n"; a esta ancha escotadura del sur, "bah�a de Washington"; al monte en que nos hallamos en este momento, "monte Franklin"; al lago que se extiende ante nuestra vista, "lago Grant"; me parece esto lo mejor, amigos m�os. Estos nombres nos recordar�an nuestra patria y los ciudadanos que m�s la han honrado; mas para los r�os, golfos, cabos y promontorios que vemos desde lo alto de esta monta�a, debemos buscar nombres que se avengan con su configuraci�n particular, pues se nos grabar�n m�s f�cilmente en la memoria y ser�n al mismo tiempo m�s pr�cticos. La forma de la isla es demasiado extra�a y nos podemos imaginar nombres que den una idea aproximada de su figura. En cuanto a las corrientes de agua que a�n no conocemos, a las diversas partes de bosques que m�s adelante exploraremos y a las ensenadas que vayamos descubriendo, les pondremos nombres a medida que se vayan presentando. �Qu� les parece a ustedes, amigos m�os?
La proposici�n del ingeniero fue aprobada por unanimidad. La isla se presentaba a su vista como un mapa desplegado y no hab�a m�s que poner un nombre a todos los �ngulos entrantes y salientes y a todos los relieves. Spilett los anotar�a a su tiempo y en lugar correspondiente y la nomenclatura geogr�fica de la isla ser�a definitivamente adoptada.
Desde luego se dieron los nombres de "bah�a de la Uni�n" y "bah�a de Washington" y monte Franklin" a los puntos designados por el ingeniero.
-�Ahora -dijo el corresponsal-, propongo que a esa pen�nsula que se proyecta al sudoeste de la isla se la denomine "pen�nsula Serpentina", y "promontorio del Reptil" a la cola encorvada que la termina, porque es verdaderamente una cola de reptil.
-�Aprobado -dijo el ingeniero.
-�Ahora -dijo Harbert-, a ese otro extremo de la isla, ese golfo que se parece tan singularmente a una mand�bula abierta, le llamaremos el "golfo del Tibur�n".
-��Bien dicho! -exclam� Pencroff-, y completaremos la imagen denominando "cabo de Mand�bula" a las dos partes que forman la boca.
-�Pero hay dos cabos -observ� el corresponsal.
-��Es igual! -contest� Pencroff-, tendremos el cabo Mand�bula al norte y el cabo Mand�bula al sur.
-�Ya est�n inscritos -respondi� Gede�n Spilett. -Falta dar nombre a la punta sudeste de la isla -dijo Pencroff.
-�Es decir, al extremo de la bah�a de la Uni�n -respondi� Harbert.
-�Cabo de la Garra -exclam� Nab-, que quer�a tambi�n, por su parte, ser padrino de alg�n sitio de sus dominios.
Y, en verdad, Nab hab�a encontrado una denominaci�n excelente, porque aquel cabo representaba la poderosa garra del animal fant�stico que figuraba aquella isla tan singularmente dibujada.
Pencroff estaba encantado del giro que tomaban las cosas, y las imaginaciones, un poco sobreexcitadas, pronto encontraron las denominaciones siguientes:
Al r�o que abastec�a de agua potable a los colonos, y cerca del cual les hab�a arrojado el globo, el nombre de "Merced", verdadera acci�n de gracias a la Providencia.
Al islote sobre el cual los n�ufragos hab�an tomado tierra primeramente, el nombre de islote de Salvaci�n.
A la meseta que coronaba la alta muralla de granito encima de las Chimeneas, y desde donde la mirada deb�a abrazar toda la vasta bah�a, el nombre de meseta de Gran Vista.
En fin, a toda aquella masa de impenetrables bosques que cubr�an casi toda la isla Serpentina, el nombre de bosques del "Far-West".