La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Sobre el primero descansaba un segundo cono, ligeramente redondeado en su cima, que se sosten�a inclinado, semejante a un inmenso sombrero inclinado sobre la oreja. Parec�a formado de una tierra desnuda de vegetaci�n, sembrada en muchas partes de rocas rojizas.
Conven�a llegar a la cima del segundo cono y la arista de los contrafuertes deb�a ofrecer el mejor camino para la subida.
-�Estamos en un terreno volc�nico -hab�a dicho Ciro Smith, y sus compa�eros, sigui�ndole, empezaron a subir poco a poco la cuesta de un contrafuerte, que, por una l�nea sinuosa y por consiguiente m�s franqueable, conduc�a a la primera meseta.
Los accidentes eran numerosos en aquel suelo, al que hab�an convulsionado evidentemente las fuerzas plut�nicas. Ac� y all� se ve�an bloques gran�ticos, restos innumerables de basalto, piedra p�mez, obsidiana y grupos aislados de esas con�feras que, algunos centenares de pies m�s abajo, en el fondo de estrechas gargantas, formaban espaciosas espesuras, casi impenetrables a los rayos del sol.
Durante la primera parte de la ascensi�n en las rampas inferiores, Harbert hizo observar las huellas que indicaban el paso reciente de fieras
o de animales. -Esos animales no nos ceder�n quiz� de buena gana su dominio -dijo Pencroff.
-�Bueno -contest� el reportero, que hab�a cazado ya el tigre en India y el le�n en Africa-, procuraremos desembarazamos de ellos; pero, entretanto, andemos con precauci�n.
Iban subiendo poco a poco, pero el camino, que aumentaba con los rodeos que hab�a que dar para superar los obst�culos que no pod�an ser vencidos directamente, se hac�a largo. Algunas veces el suelo faltaba y se encontraban en el borde de profundas quebradas, que no pod�an atravesar sin dar rodeos. Volver sobre sus pasos, para seguir alg�n sendero practicable, exig�a tiempo y fatiga a los exploradores. A mediod�a, cuando la peque�a tropa hizo alto para almorzar al pie de un ancho bosquecillo de abetos, cerca de un peque�o arroyuelo que se precipitaba en cascadas, estaba a medio camino de la primera meseta, a la que no cre�an llegar hasta que hubiera ca�do la noche.
Desde aquel punto el horizonte del mar se ensanchaba, pero, a la derecha, la mirada detenida por el promontorio agudo del sudoeste no pod�a determinar si la costa se un�a o no por un brusco rodeo a alguna tierra que estuviese en �ltimo t�rmino.
A la izquierda, el rayo visual se aumentaba algunas millas al norte; sin embargo, desde el noroeste, en el punto que ocupaban los exploradores, se encontraba y deten�a absolutamente por la arista de un contrafuerte de forma extra�a que formaba la base poderosa del cono central. No se pod�a presentir nada a�n acerca de la cuesti�n que quer�a resolver Ciro Smith.
A la una continuaron la ascensi�n. Fue preciso bajar hacia el sudoeste y entrar de nuevo en los matorrales bastante espesos. All�, bajo la sombra de los �rboles, volaban muchas parejas de gallin�ceas de la familia de los faisanes. Eran los "tragopanes", adornados de una papada carnosa que pend�a de sus gargantas, y de dos delgados cuerpos cil�ndricos en la parte posterior de sus ojos. Entre estas parejas, de la magnitud de un gallo, la hembra era uniformemente parda, mientras que el macho resplandec�a con su plumaje rojo, sembrado de manchas blancas y redondas. Gede�n Spilett, con una pedrada, diestra y vigorosamente lanzada, mat� a uno de los tragopanes, al cual Pencroff, a quien el aire libre le hab�a abierto el apetito, vio caer con gran satisfacci�n.
Despu�s de haber abandonado aquellos matorrales, los exploradores, ayud�ndose unos a otros, treparon por un talud muy empinado, que tendr�a unos cien pies, y llegaron a un piso superior, poco provisto de �rboles, y cuyo suelo ten�a una apariencia volc�nica. Trat�base entonces de volver hacia el este, describiendo curvas que hac�an las pendientes m�s practicables, porque eran ya m�s duras, y cada cual deb�a escoger con cuidado el sitio en donde posaba su pie. Nab y Harbert marchaban a la cabeza, Pencroff a retaguardia, y entre ellos, Ciro y el corresponsal. Los animales que frecuentaban aquellas alturas, y cuyas huellas no faltaban, deb�an pertenecer necesariamente a esas razas de pie seguro y de espina flexible, gamuzas o cabras monteses. Vieron algunos de ellos, pero no fue �ste el nombre que les dio Pencroff, porque en cierto momento exclam�:
-��Cameros!
Todos se detuvieron a cincuenta pasos de media docena de animales de gran corpulencia, con fuertes cuernos encorvados hacia atr�s y achatados hacia la punta, de vell�n lanudo, oculto bajo largos pelos de color leonado.
No eran cameros ordinarios, sino una especie com�nmente extendida por las regiones monta�osas de las zonas templadas, a la que Harbert dio el nombre de muflas.
-��Se puede hacer con ellos guisados y chuletas? -pregunt� el marino. -S� -contest� Harbert.
-��Pues, entonces, son carneros! -dijo Pencroff.
Aquellos animales permanec�an inm�viles entre los trozos de basalto, mirando con ojos admirados, como si vieran por primera vez b�pedos humanos. Despu�s, despert�ndose s�bitamente su miedo, desaparecieron saltando entre las rocas.
-��Hasta la vista! -les grit� Pencroff con un tono tan c�mico, que Ciro Smith, Gede�n Spilett, Harbert y Nab no pudieron por menos que soltar la carcajada.
La ascensi�n continu�. Frecuentemente se observaban en ciertos declives huellas de lava muy caprichosamente estriada. Peque�as solfataras cortaban a veces el camino que recorr�an los expedicionarios y les era preciso seguir sus bordes. En algunos puntos el azufre hab�a depositado bajo la forma de concreciones cristalinas, en medio de las materias que preceden generalmente a las erupciones de lava, puzolanas de granos irregulares y muy tostadas, cenizas blancas hechas de una infinidad de peque�os cristales feldesp�ticos.
En las cercan�as de la primera meseta, formada por la truncadura del cono inferior, las dificultades de la ascensi�n fueron grandes.
Hacia las cuatro de la tarde, la extrema zona de los �rboles hab�a sido ya pasada, y no ve�an sino aqu� o all� algunos pinos flacos y descarnados que deb�an tener la vida dura para resistir en aquellos parajes los grandes vientos del mar. Felizmente para el ingeniero y sus compa�eros el tiempo era bueno y la atm�sfera estaba tranquila, porque una violenta brisa, en una altitud de tres mil pies, hubiera impedido sus evoluciones. La pureza del cielo en el cenit se sent�a a trav�s de la transparencia del aire. Una perfecta calma reinaba alrededor de ellos. No ve�an ya el sol, entonces oculto por la vasta
pantalla del cono superior que encubr�a la mitad del horizonte al oeste, y cuya sombra enorme, prolong�ndose hasta el litoral, crec�a a medida que el radiante astro bajaba en su curso diurno. Algunos vapores, brumas m�s que nubes, empezaban a mostrarse al este, y se coloreaban con toda la gama espectral bajo las acciones de los rayos solares.
Quinientos pies solamente separaban a los exploradores de la meseta adonde quer�an llegar, a fin de establecer un campamento para pasar la noche; pero aquellos quinientos pies se alargaron hasta m�s de dos millas por los zigzags que tuvieron que describir. El suelo, por decirlo as�, faltaba a sus pies. Las pendientes presentaban con frecuencia un �ngulo tan abierto, que se deslizaban los pies por el lecho de lava, cuando las estr�as, gastadas por el aire, no ofrec�an un punto de apoyo suficiente. En fin, empezaba a oscurecer y era ya casi de noche, cuando Ciro Smith y sus compa�eros, muy cansados por una ascensi�n de siete horas, llegaron a la meseta del primer cono.
Trataron entonces de organizar el campamento y de reparar sus fuerzas cenando primero y durmiendo despu�s. Aquel segundo piso de la monta�a se elevaba sobre una base de rocas, en medio de las cuales se encontraba f�cilmente un abrigo. El combustible no era muy abundante; sin embargo, se pod�a obtener fuego por medio de musgos y hierbas secas que crec�an en ciertas partes de la meseta. Mientras el marino prepara la lumbre con piedras que dispuso al efecto, Nab y Harbert se ocuparon de amontonar combustible. Volvieron pronto con su carga de le�a; arrancaron algunas chispas al pedernal, que comunicaron fuego al trapo quemado, y, al soplo de Nab, se desarroll� en pocos instantes una llama bastante viva al abrigo de las rocas.