El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—Es la señora Adams —le informó Wolfe.
Vaya, qué lástima. Sin el reparto de basura, Harry no tendría una excusa para ir a la casa de los Adams y hablar con Donna.
—A partir de ahora repartirás el correo comercial de acuerdo con el reglamento —dijo Wolfe—. Tal como llegue, no en lotes. Se acabará el día de reparto de basura.
—Sí señor. ¿Puedo hacer algo más para satisfacerle?
—Aféitate la barba y córtate el pelo.
Harry meneó la cabeza. Ya conocía aquella parte del reglamento.
Wolfe suspiró.
—Harry, no tienes la actitud adecuada para ser un cartero.
El despacho de Eileen Susan Hancock era pequeño y estrecho, pero era un despacho. Había luchado durante años para conseguir un despacho propio, lejos de la zona detrás del mostrador. Y por fin lo había conseguido, lo cual demostraba que era algo más que una secretaria.
Ceñuda, estaba haciendo cuentas con su calculadora de bolsillo cuando una idea repentina le hizo estallar en risas. Un instante después se dio cuenta de que Joe Corrigan estaba de pie junto a la puerta. Corrigan entró en el despacho. El botón superior del pantalón volvía a estar desabrochado, y la razón era que su mujer no le dejaba comprar tallas mayores, pues no había perdido la esperanza de que rebajaría de peso. Con los pulgares en el cinto, Corrigan miró a su secretaria burlonamente.
La risa de Eileen se detuvo en seco. Volvió a sus operaciones, sin sonreír siquiera.
—Bueno —dijo su jefe—, dígame qué es lo que le hacía tanta gracia.
Eileen le miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? Oh, no. No podría decírselo.
—Ya sé. Piensa que si consigue volverme loco usted podría hacerse con el mando de la empresa. ¿No es así? Pues no le saldrá bien. Ya he tomado mis precauciones al respecto. —A Corrigan le gustaba verla así. Eileen era todo o nada: muy seria y eficiente en el trabajo o absolutamente divertida—. De acuerdo —suspiró Corrigan—. Le cambiaré mi secreto por el suyo. Han venido los decoradores. Robin Geston ha firmado el contrato para el asunto de la Marina.
—Vaya, es una buena noticia.
—Sí, eso significa que necesitaremos más ayuda. Por de pronto, queda usted nombrada ayudante general de dirección, si le interesa el cargo.
—Oh, sí que me interesa. Gracias.
Sonrió de una manera intermitente, como una bombilla que se enciende y se apaga casi antes de que uno pueda verla, y pulsó de nuevo los botones de la calculadora.
—Sabía que lo aceptaría. Por eso hice que vinieran los decoradores. Van a convertir la habitación que hay junto a mi despacho en un nuevo despacho para usted. Les he dicho que se pongan en contacto con usted. —Corrigan depositó su humanidad en un ángulo de la mesa—. Ya está, guardaba este secreto como una sorpresa para usted. Ahora dígame el suyo.
—Lo he olvidado —dijo Eileen—. Y he de terminar estos cálculos para que usted pueda llevárselos a Bakersfield.
—De acuerdo —dijo Corrigan, y volvió a su despacho derrotado.
Si él supiera... Eileen sintió impulsos de reír, pero se contuvo. En realidad no deseaba tomarle el pelo a Corrigan. «Bien, lo hice», había pensado. Y Robin se portó bien. No era el mejor amante del mundo, pero tampoco pretendía serlo, y le había sugerido una repetición. «Los amantes necesitan práctica», le había dicho, y también: «La segunda vez es siempre mejor que la primera.»
Pero no habían concretado un próximo encuentro. Tal vez, sólo tal vez, ella le abordaría alguna vez, pero no era probable. Además, él le había dicho claramente que estaba casado. Hasta entonces ella sólo lo había sospechado.
Nunca había habido el menor indicio de que los negocios tuvieran algo que ver con sus vidas privadas. Pero él había firmado el contrato con Suministros para instalaciones sanitarias Corrigan, un negocio muy importante, y era divertido que hubieran tenido aquella clase de relación. Se preguntaba si se hubiera despreocupado tanto por el estado civil de Robin si el contrato no hubiese estado pendiente de firma. Pero él había firmado. Y ahora ella estaba allí, sumando cifras y revisando papeles, y de repente se preguntó qué tenía que ver aquello con las instalaciones sanitarias. Ella no fabricaba tuberías ni las colocaba, no las escariaba ni decía a la gente dónde ponerlas. Lo único que hacía era manejar papeles.
Su trabajo era importante. Había que medirlo por el caos que podría crear con un error fortuito o malicioso: millares de toneladas de material podrían ser enviadas a cualquier parte de la tierra por un simple desliz de su pluma. Pero lo que hacía no tenía que ver con la creación, con hacer las cosas que mantenían cohesionada la civilización, más que el impuesto sobre la renta o lo que hace el fogonero de una locomotora diesel.
Probablemente el señor Corrigan se pasaría el día entero preguntándose por qué de repente se había echado a reír, pero no podía decírselo de ninguna manera. Le había sobrevenido de una manera inesperada e irresistible. Lo que había hecho con Robin Geston la noche anterior era lo más cerca que había llegado jamás a cualquier actividad verdaderamente relacionada con las instalaciones sanitarias.
Pasarían horas antes de que se informara que el coche había sido robado. Alim Nassor estaba bastante seguro de ello, sabía que podría sentarse en él otros diez minutos. Alim Nassor había sido un gran hombre. Cuando volviera a ser grande tendría que ocultar lo que ahora estaba haciendo.
Antes de ser grande se llamaba George Washington Carver Davis. Su madre había estado orgullosa de ese nombre. Decía que el nombre de la familia era Jefferson Davis. Ese blanco había sido un tipo duro, pero su nombre era el de un perdedor, no tenía fuerza. Desde entonces, Alim había tenido muchos nombres callejeros, ninguno de los cuales había gustado a su madre. Cuando ésta le echó de casa, él adoptó su propio nombre.
Alim Nassor significa conquistador sabio tanto en árabe como en swahili. Pocos conocían este significado, pero ¿qué más daba? El nombre tenía fuerza. Alim Nassor tenía mucha más fuerza de la que jamás había tenido George Washington Carver. Los periódicos hablaban de Alim Nassor, y todavía podía entrar en el Ayuntamiento y ver a la gente. Podía hacerlo desde que puso fin a un alboroto callejero con un navaja de resorte, las hojas de afeitar que llevaba en los zapatos y la cadena enrollada a su cintura. Y hubo todo aquel dinero del gobierno para un tipo duro. Los blancos manejaban el dinero a paladas. Lo que fuera, con tal de mantener la tranquilidad en el gueto negro. Había sido un buen juego, lástima que se hubiera terminado.
Maldijo en silencio al pensar en el alcalde Bentley Allen. Los Angeles tenía otro alcalde negro, y el maldito había cerrado la espita. Había nuevas personas en el consistorio. Y aquel estúpido congresista negro hijo de perra que no podía conformarse con el cargo, no, sino que tenía que enchufar a todos sus parientes, y lo descubrieron los puñeteros reporteros de la televisión. En estos tiempos, un político negro necesitaba una reputación impecable...
Bien, el juego había terminado, pero él había comenzado otro. Once trabajos, y todos ellos habían salido a pedir de boca. Habían conseguido... tal vez un botín de un cuarto de millón de dólares en cuatro años. Pero después de traficar con los artículos robados se quedaron reducidos a menos de cien mil. Veinte mil para cada uno de los cuatro hombres en cuatro años. ¡Aquello ni siquiera era un sueldo! Y después de pagar las facturas de los abogados, no sería exagerado decir que las ganancias no habían pasado de cinco mil dólares al año.
Aquél iba a ser el treceavo trabajo. Sería rápido. Era un almacén con un gran movimiento comercial. Alim esperaba, siempre consciente del tiempo. Salieron dos clientes, y nadie bajaba por la calle. Aquel trabajo no le satisfacía. Le disgustaba el derramamiento de sangre. Los blancos no importaba, pero había que tener cuidado para no hacer daño a los hermanos. Había remachado aquello una y otra vez a sus compañeros. ¿Qué pensaban de él ahora? Pero estaba metido hasta el cuello en aquello y tenía que actuar rápido.