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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Recuerdos de tiempos pasados. Todo pertenecía a otra época. No había fotografías de la lanzadera espacial, cuyo programa se había retrasado una vez más, ni nada que recordara al Pentágono, donde Johnny trabajaba ahora. Dos fotos de los niños, una con Ann al fondo, la pequeña, morena y competente Ann, que ya tenía una expresión de perpleja infelicidad en la foto.

Johnny sujetaba fuertemente el vaso, pero se había olvidado de él. Maureen podía observar su rostro sin que él se diera cuenta. La mirada de Johnny Baker estaba fija en la pantalla.

Se veían órbitas parabólicas trazadas contra los recorridos concéntricos circulares de los planetas. Viejas fotos de los cometas Halley, Brook, Cunningham y otros, culminando con un punto borroso que era el cometa Hamner-Brown. Un hombre con unas gafas que le daban un aspecto de insecto hablaba animadamente.

—Sí, algún día chocarán con nosotros, y probablemente no se tratará de un asteroide, porque las órbitas están demasiado próximas. Han debido existir asteroides cuyas órbitas cruzaran la de la Tierra, pero han tenido cuatro mil millones de años para alcanzarnos, y la mayoría finalmente lo han hecho. Chocaron hace tanto tiempo que incluso los cráteres han desaparecido, excepto los más grandes y recientes. ¡Pero fíjense en la Luna! Los cometas son diferentes.

El puntero del conferenciante señaló una parábola dibujada con tiza.

—Hay una masa más allá de Plutón, tal vez un planeta sin descubrir... Incluso tenemos un nombre para ella: Perséfone. Esa masa altera las órbitas de estas grandes bolas de nieve, y se precipitan sobre nosotros dejando una estela de sustancias químicas hirvientes. Ninguna de ellas ha tenido posibilidad de alcanzar la Tierra hasta que han sido arrojadas al sistema interior. Un día nos alcanzarán. Lo sabremos con un año de anticipación, tal vez más, si podemos aprender lo suficiente sobre el planeta Hamner-Brown.

En aquel momento apareció en la pantalla una joven antiséptica anunciando que no se sentía a gusto en su casa, y alguien le dijo que por ese motivo Jabones Kalva había inventado un nuevo desinfectante para su inodoro. Sonriente, Johnny Baker regresó del mundo estelar.

—Este hombre se explica bien, ¿no te parece?

—Es un programa bien hecho. ¿Te dije que conocí al hombre que lo ha realizado? Y también conocí a Tim Hamner. En la misma fiesta, con Harvey Randall. Hamner es un caso, un maníaco. Acababa de descubrir ese cometa y no podía esperar para decírselo a todo el mundo.

Johnny Baker se llevó el vaso a los labios. Luego, tras una larga pausa, dijo:

—Por el Pentágono corren unos curiosos temores.

—¿Ah, sí?

—Me llamó Gus, de Downey. Parece que Rockwell está restaurando un Apolo, y se hablaba de utilizar las secciones propulsoras Titán de un proyectil Big Bird para otro proyecto. ¿Sabes algo?

Ella tomó un sorbo de su bebida y sintió una oleada de tristeza. Ahora sabía por qué Johnny Baker le había llamado el día anterior. Había estado seis semanas en el Pentágono, seis semanas en Washington sin intentar verla, y ahora... «Está bien, pensó, voy a sorprenderte un poco.»

—Papá está tratando de que el Congreso destine fondos para una misión de estudio del cometa.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Johnny.

—Completamente en serio.

—Pero...

Le temblaban las manos, lo cual era muy raro en él. John Baker había pilotado cazas sobre Hanoi, y sus maniobras eran siempre perfectas. Los MIG enemigos nunca tenían una oportunidad. Y una vez había extraído esquirlas de metralla al jefe de su escuadrilla, porque no había tiempo para esperar a los sanitarios. Una esquirla se había clavado en el pecho del jefe y Baker la había extraído y partido diestramente para exponer la arteria, que pinzó con dedos firmes mientras el jefe gritaba y los morterazos del Vietcong llovían sobre el campo. Pero sus manos nunca habían temblado.

Ahora, en cambio, temblaban.

—El Congreso no concederá el dinero.

—A lo mejor sí. Los rusos están planeando una misión. No podemos dejar que nos lleven la delantera —dijo Maureen—. La paz depende de que les mostremos que aún estamos dispuestos a competir, si eso es lo que quieren. Y si competimos, vamos a ganar.

—No me importa si es con los marcianos con quien competimos. Tengo que ir. —Apuró su vaso, con manos súbitamente firmes, y repitió—: Tengo que ir.

Maureen le observaba fascinada. Había dejado de temblar porque tenía una misión. Y ahora ella sabía qué misión era: ella, conseguir que ella le embarcara en aquella expedición. Un minuto antes, Johnny podría haber estado realmente enamorado de ella, pero ahora no.

—Lo siento —dijo abruptamente—. Tenemos poco tiempo para estar juntos y te cargo con esto, pero... Me has puesto sobre ascuas, no puedo pensar en otra cosa.

Bebió de un largo trago su whisky diluido en agua helada y volvió a fijarse en la pantalla. Maureen se preguntó si había estado imaginando cosas. ¿Hasta qué punto John Baker era inteligente?

Por fin terminaron los anuncios y en la pantalla aparecieron de nuevo los Laboratorios de Propulsión a Reacción.

Harry Newcombe mascaba apresuradamente el resto de su bocadillo mientras conducía con una mano la camioneta del correo. El reglamento le facilitaba tiempo libre para almorzar, pero él nunca lo tomaba. Utilizaba el tiempo para cosas mejores.

Bastante después del mediodía llegó al rancho Silver Valley. Como siempre, se detuvo ante la valla. Desde allí podía ver, a través de un paso en las colinas, la majestad de la Sierra Alta, al Este. La nieve resplandecía en sus cumbres. Al oeste había más colinas, y el sol muy bajo por encima de ellas. Harry se bajó del vehículo para abrir la valla, la cruzó y luego la cerró de nuevo cuidadosamente. No hizo caso del gran buzón situado a un lado de la valla.

Se detuvo de nuevo para coger una granada del bosquecillo que se había formado a partir de un solo árbol y que aún, desatendido, se propagaba ladera abajo, hacia el arroyo. Harry lo había visto crecer durante el medio año que hacía aquella ruta, y se preguntaba cuándo llegarían los granados al terreno poblado de cardos. ¿Eliminarían a las matas espinosas? La verdad es que él no tenía idea, pues era un muchacho de ciudad, o, mejor dicho, lo había sido. Y si no volvía a ver una ciudad nunca más en su vida, tanto mejor.

Harry se cargó la saca a la espalda y avanzó ladeado hacia la puerta. Tocó el timbre y dejó la saca en el suelo.

Cesó el tenue fragor de una aspiradora. La señora Cox abrió la puerta y sonrió al ver la voluminosa saca junto a Harry.

—Vaya, el correo. Hola, Harry.

—Hola, señora Cox. Aquí me tiene con un saco de basura.

—Pasa, Harry. ¿Te apetece un café?

—No me retenga, señora Cox. Va en contra del reglamento.

—Café recién hecho. Y panecillos que acaban de salir del horno.

—Bueno... No puedo resistirme a eso. —Harry metió la mano en una pequeña bolsa que colgaba de su hombro.

—Carta de su hermana de Idaho. Y algo del senador. —Le entregó las cartas, luego cargó de nuevo la saca a la espalda y avanzó unos pasos—. ¿Quiere que lo deje en algún sitio en especial?

—La mesa del comedor es lo bastante grande.

Harry vertió el contenido de la saca sobre una hermosa mesa de madera pulida que parecía haber sido tallada de un solo tronco y tener cincuenta años por lo menos. Ya no se fabricaban muebles así. Si había una pieza semejante en la casa del guarda, ¿qué habría en la gran mansión en lo alto de la colina?

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