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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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La mesa quedó inundada bajo un diluvio de correspondencia: peticiones de ayuda de organizaciones caritativas, cartas de varios partidos políticos y de universidades. Ofertas de participación en sorteos mediante la compra de discos, ropas, libros, suscripciones a revistas. «¡Usted ya puede haber ganado 100$ a la semana durante toda su vida!» Panfletos religiosos y políticos, literatura sobre el impuesto único, muestras gratuitas de jabón, dentífrico, detergente y desodorante.

Alice Cox trajo el café. Sólo tenía once años, pero ya era hermosa, con una larga cabellera rubia y ojos azules. Era una muchacha confiada, como Henry sabía por haberla visto cuando estaba libre de servicio. Pero allí podía ser confiada, puesto que nadie iba a molestarla. La mayoría de los hombres de Silver Valley estaban bien armados, y sabían muy bien qué hacer con cualquiera que molestara a una niña de once años.

Aquella era una de las cosas del valle que a Harry le gustaban. No la amenaza de violencia, porque Harry detestaba la violencia. Pero no era más que una amenaza. Los rifles salían de los armeros sólo para la caza de ciervos, en la temporada o fuera de ella si los rancheros estaban hambrientos o los ciervos se metían en las cosechas.

La señora Cox trajo panecillos. La mitad de las personas en la ruta de Harry le ofrecían café y comida cuando él les llevaba el correo, y Harry solía dejar de lado el reglamento. La señora Cox no hacía el mejor café del lugar, pero sin lugar a dudas la taza en que lo servía era la más elegante, de fina porcelana, demasiado buena para un cartero medio hippie. La primera vez que Harry fue a la casa bebió agua en una taza de hojalata y no pasó de la puerta. Ahora se sentaba ante la mesa y bebía café en taza de porcelana. Aquella era otra razón para mantenerse alejado de las ciudades.

Harry sorbió el café apresuradamente. Había otra muchacha rubia, ésta de dieciocho años y abordable, y el cartero tenía también un montón de correo para ella. Estaría en casa. Donna Adams siempre estaba en casa cuando iba Harry.

—Hay mucha correspondencia para el senador —dijo Harry.

—Sí, está otra vez en Washington —informó la señora Cox.

—Pero volverá pronto —terció Alice.

—Ojalá vuelva pronto —dijo la señora Cox—. Cuando el senador está en su residencia hay mucho movimiento, gente que viene y va, todos importantes. El presidente pasó una noche en la mansión. Los del servicio secreto lo pusieron todo patas arriba. Los agentes recorrían el rancho de un extremo a otro. —Se echó a reír y Alice se unió a ella. Harry pareció perplejo—. Como si alguien en este valle pudiera hacer daño al presidente de Estados Unidos —concluyó la señora Cox.

—Sigo pensando que su senador Jellison es un mito —dijo Harvey—. Hace ocho meses que hago esta ruta y todavía no lo be visto ni una vez.

La señora Cox le miró de arriba abajo. Parecía un buen muchacho, aunque la señora Adams decía que su hija le prestaba demasiada atención. Los cabellos largos, flotantes, rizados y castaños de Harry estarían bien en una chica. Tenía una hermosa barba, pero la auténtica obra maestra era el bigote, cuyos largos extremos Harry a veces curvaba y atusaba formando círculos que recordaban unas gafas pequeñas.

La señora Cox pensaba que, a pesar de todo aquel pelo, era pequeño y delgado, menos robusto que ella. No entendía lo que Donna Adams podía ver en él. Tal vez el coche. Harry tenía un coche deportivo, mientras que todos los chicos del lugar conducían camionetas, como sus padres.

—Es probable que conozcas muy pronto al senador —dijo la señora Cox, lo cual era un signo de aprobación definitiva, aunque Harry no lo sabía. La señora Cox era muy meticulosa con respecto a las personas a las que conocía el senador.

Alice había estado hurgando entre el montón de papel multicolor depositado en la mesa.

—Esta vez hay muchas cartas. ¿De cuándo son?

—Es el correo de dos semanas —dijo Harry.

—Bueno, Harry, te lo agradecemos —dijo la señora Cox.

—Y yo también —añadió Alice—. Si tú no lo trajeras a la casa yo tendría que ir a buscarlo.

Harry regresó a la camioneta y bajó por el largo camino, deteniéndose de nuevo para mirar la Sierra Alta, y luego se dirigió al rancho siguiente, que estaba casi a un kilómetro de distancia. El senador tenía una buena extensión de terreno, aunque en su mayoría estaba dedicado a pasto de secano, lleno de agujeros causados por las ardillas listadas. La tierra era buena, pero no había suficiente agua para regarla.

Al llegar a la valla del siguiente rancho, Harry vio que George Christopher estaba haciendo algo incomprensible en los naranjos. Pensó que probablemente los estaba preparando para la fumigación. Cuando Harry abrió la valla de entrada, Christopher se acercó pausadamente. Era un hombre corpulento, de la altura de Harry, pero dos o tres veces su anchura, con el cuello muy grueso. La cabeza era calva y bronceada, pero Christopher no tendría mucho más de treinta años. Llevaba una camisa de franela a cuadros, pantalones oscuros y botas llenas de barro.

Harry dejó la saca en el suelo, y Christopher frunció el ceño.

—¿Otra vez traes esa porquería, Harry? —le preguntó sin apartar la vista de los largos cabellos y la barba extravagantemente arreglada, al tiempo que fruncía más el ceño.

Harry le sonrió.

—Sí, cada dos semanas, como un reloj. Lo llevaré a la casa.

—No es necesario.

—Me gusta hacerlo. —No había una señora Christopher, pero George tenía una hermana más o menos de la edad de Alice Cox, a la que le gustaba hablar con Harry. Era una chica muy lista, con la que resultaba agradable hablar y que tenía muchas noticias sobre el valle de Harry.

—De acuerdo. Ten cuidado con el perro.

—Desde luego. —Harry nunca se preocupaba por los perros.

—¿Te has preguntado alguna vez lo que las empresas publicitarias darían por tu cabeza? —le preguntó Christopher.

—Lo negociaré con ellos con una condición: que me digan por qué el gobierno les hace pagar menos para que puedan hacernos perder más tiempo. ¿Y tus impuestos?

El semblante ceñudo de Christopher se suavizó y casi sonrió.

—Adelante, Harry. Las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar, y la causa del contribuyente es la más perdida de todas. Cerraré la valla después de ti.

Final de la jornada. Harry entró en las salas de clasificación, detrás de la oficina de correos. Había una nota para él en el tablón de anuncios:

«Peludo: el Lobo quiere verte. Gina XXX.»

Gina, alta, negra, de postura erecta y huesos largos, la única persona de color en el valle, que Harry supiera, estaba tías el mostrador. Harry le hizo un guiño y luego llamó a la puerta del supervisor.

Cuando entró, el señor Wolfe le miró fríamente.

—Feliz día de reparto de basura, Harry —dijo Wolfe.

La entrevista empezaba mal, pero Harry sonrió.

—Gracias, y feliz día para usted también, señor.

—No es gracioso, Harry. ¿Por qué separas la correspondencia comercial y la reservas para entregarla un día cada des semanas?

Harry se encogió de hombros. Podía haberle explicado que clasificar la propaganda le ocupaba tanto tiempo que no tenía oportunidad de charlar con sus clientes, de manera que había empezado a dejar que se acumulara. Así es como había empezado, pero se había hecho popular entre la gente.

—Todo el mundo está contento con este sistema —se defendió Harry—. La gente puede leer la propaganda o arrojarla a la chimenea.

—Es ilegal retener el correo de un ciudadano —dijo Wolfe.

—Si alguien se ha quejado, lo borraré de la lista. Me gusta que mis clientes sean felices.

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