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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Pero no tenía valor para hacerlo. O, se dijo a sí mismo, la amabilidad necesaria. Joyce era elegante, sí, pero uno no se acuesta con un jarrón de cristal de Steuben. Se levantó y fue al grabador de vídeo.

—¿Quieres ver algunas de las otras escenas?

Ella vaciló un momento. Le miró atentamente y luego, con idéntico cuidado, vació su vaso y lo dejó sobre la mesita.

—Gracias, Tim, pero será mejor que me vaya a dormir. Mañana tengo mucho trabajo.

Se despidió sonriente, y Tim pensó que su sonrisa era un poco forzada.

El torbellino estaba intolerablemente atestado. Masas de todos los tamaños se arremolinaban, curvando el espacio en una compleja topología que cambiaba sin cesar. Los satélites y planetas interiores estaban llenos de cicatrices: cráteres bajo las atmósferas de la Tierra y Venus, desnudos muros circulares y lagos helados de magma extendidos de un lado a otro en las superficies de Marte, Mercurio y la luna de la Tierra.

Aquí existía incluso la posibilidad de huida. Los campos de gravedad alrededor de Saturno y Júpiter podían arrojar de nuevo un cometa hacia el frío y la oscuridad. Pero Saturno y Júpiter estaban mal colocados, y el cometa continuó cayendo, acelerando, hirviendo.

¡Hirviendo! Bolsas de sustancias químicas volátiles estallaron y arrojaron chorros de polvo y cristales de hielo. Ahora el cometa se movía en una nube radiante que podría haberlo protegido del calor, pero no lo hizo, sino que la niebla captó la luz del sol a través de millares de kilómetros cúbicos y la reflejó de nuevo sobre la cabeza del cometa desde todas direcciones.

El calor en la superficie del núcleo fue absorbido hacia el interior. Más bolsas de gas se rompieron y actuaron como toberas de maniobras en una nave espacial, lanzando la cabeza del cometa a un lado y a otro. Las masas tiraban de él al pasar, perdido, ciego, cayendo... El cometa moribundo cayó más allá de Marte, invisible dentro de una nube de polvo y cristales que tenía el mismo tamaño de Marte.

En la Tierra, un telescopio lo descubrió como un punto difuminado cerca de Neptuno.

MARZO: INTERLUDIOS

Ninguno de los astronautas caminó sobre roca lunar sólida, porque en todos los lugares a los que fueron había «suelo» bajo sus pies. La presencia de esta capa de polvo se debe a que la Luna ha sido bombardeada por meteoritos a lo largo del tiempo geológico. Los continuos impactos han pulverizado de tal manera la superficie que han creado una capa residual de cascotes rocosos de varios metros de espesor.

Dr. John A. Wood, Instituto Smithsoniano

Fred Lauren realizó delicados ajustes en el telescopio. Era un instrumento de gran tamaño, un refractor de diez centímetros sobre un pesado trípode. El piso le costaba demasiado dinero, pero lo necesitaba por el lugar en que se hallaba. Sus únicos muebles eran un sofá barato, algunos cojines en el suelo y el gran telescopio.

Fred observó una ventana a oscuras a unos cuatrocientos metros de distancia. Ella debería volver pronto a casa, como siempre. ¿Qué podría estar haciendo? Se había marchado sola, pues nadie se había presentado para buscarla. La idea le asustó primero y luego le hizo sentirse angustiado. ¿Y si hubiera encontrado un hombre en alguna parte? ¿Si hubieran ido a cenar y luego a su apartamento? En aquel momento el desconocido podría estar tocándole los pechos con sus puercas manos. Tendría unas manos velludas, ásperas, como las de un mecánico, y las deslizaría hacia abajo, acariciándole la suave curva de su vientre.

¡No! Ella no era de esas, no dejaría que nadie le hiciera algo así, de ninguna manera.

Pero todas las mujeres lo hacían. Incluso su madre. Fred Lauren se estremeció. Un recuerdo que rechazaba le vino a la mente. Se vio cuando tenía nueve años recién cumplidos, el día que entró en la habitación de su madre para pedirle que rezara con él, y la encontró tendida en la cama, con el hombre al que llamaba tío Jack encima de ella, emitiendo quejidos y retorciéndose, y el tío Jack había saltado del lecho.

—¡Maldito bastardo, voy a cortarte los testículos! ¿Quieres mirar? ¡Ya lo creo que vas a mirar! ¡Quédate ahí, y si dices una palabra te cortaré lo que tienes entre las piernas!

El había mirado, y su madre dejó que aquel hombre...

La ventana se iluminó. ¡Ella había vuelto a casa! Fred contuvo el aliento. ¿Estaría sola?

La mujer llevaba una gran bolsa de víveres, que dejó en la cocina. Fred pensó que a continuación se serviría una copa. Ojalá no bebiera tanto. Parecía fatigada. La observó mientras ella se preparaba un martini y llevaba la coctelera a la cocina. Fred no la siguió con el telescopio, aunque podría haberlo hecho. Prefería esperar.

Ella tenía un rostro triangular, con grandes pómulos, la boca pequeña y grandes ojos oscuros. Su cabello rubio, largo y flotante, estaba teñido. Su vello púbico era muy negro. Fred le había perdonado aquella pequeña decepción, pero al principio le había sorprendido.

Regresó con la coctelera y una cuchara de cristal. En una tienda de regalos, en la misma calle, había una cuchara para cóctel de plata, y Fred la miraba a menudo, tratando de reunir el valor suficiente para comprársela. Tal vez ella le invitaría a su apartamento. Pero no lo haría hasta que él le hiciera regalos, y él no podría hacerlo porque sabía lo que a ella le gustaba y, naturalmente, ella querría saber cómo se había enterado. Fred Lauren alargó la mano para tocar a la mujer a través del espejo mágico de su telescopio... pero sólo mentalmente, sólo en su anhelo desesperado.

Ahora, ahora iba a hacerlo. Ella no tenía suficientes vestidos buenos para llevar al trabajo. Trabajaba en un banco, y aunque los bancos permiten que las chicas lleven pantalones y todas las cosas desagradables con que las chicas se visten últimamente, ella no lo hacía. Colleen era distinta. Fred sabía su nombre. Quería abrir una cuenta en su banco, pero no se atrevía. Ella se vestía bien para lograr ascensos y había sido promovida a la sección de cuentas nuevas, y Fred no podría hablarle allí. Estaba orgulloso de su ascenso, pero hubiera preferido que siguiese de cajera, porque entonces él podría entrar, acercarse a su ventanilla y...

Ella se quitó el vestido azul y lo colgó cuidadosamente en el único armario. Su piso era muy pequeño, constaba sólo de una habitación con un baño y una cocina y comedor juntos. Dormía en el sofá.

Sus enaguas estaban raídas. El la había observado mientras las remendaba por la noche. Bajo las enaguas llevaba unas bragas negras con puntillas. Fred podía ver el color a través de las enaguas. A veces, las bragas eran rosas con listas negras.

Pronto se daría un baño. Los baños de Colleen eran prolongados. Fred podría trasladarse a su casa y llamar a la puerta antes de que ella hubiera terminado. Sin duda abriría la puerta, porque confiaba en la gente. Una vez había abierto la puerta vestida sólo con una toalla, dejando atónito al empleado de la telefónica que había llamado, y otra vez fue el vigilante del edificio. Fred supo que podía imitar la voz del vigilante. Le siguió a un bar y le oyó hablar. Ella abriría la puerta...

Pero no podía hacerlo. Sabía lo que haría si ella le abría la puerta. Sabía lo que ocurriría después. Esa sería la tercera vez, el tercer delito sexual. Entonces le encerrarían con todos aquellos hombres, aquellos animales. Fred recordaba lo que los hombres enjaulados le habían llamado y cómo se habían aprovechado de él. Gimoteó y ahogó el sonido, como si ella pudiera oírle.

La mujer se puso una bata. Mientras se hacía la cena en la cocina, se sentó en el sofá y encendió el televisor. Fred cruzó la habitación para encender su propio aparato y sintonizar el mismo canal, y luego regresó rápidamente al telescopio. Ahora podía mirar por encima del hombro de la mujer, ver la imagen de su televisor y escuchar el sonido, y era como si Fred y su chica estuvieran juntos viendo la televisión.

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