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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Era un programa sobre un cometa.

Las manos del hombre eran grandes, esbeltas, suaves, más fuertes de lo que parecían. Se movían expertamente sobre el cuerpo de Maureen. Ella gimió y de súbito atrajo al hombre hacia sí, arqueándose y envolviéndole entre sus largas piernas. El la apartó poco a poco y siguió acariciándola, actuando sobre ella como... las toberas de un módulo lunar. Aquella imagen extraña y discordante permaneció en su mente, mientras los labios y la lengua del hombre exploraban sus senos. Llegó por fin el momento, y ella pudo perderse en él. Ahora no pensaba en ninguna técnica, pero él la tenía. Nunca perdía el dominio de sí mismo. No terminaría hasta que ella lo hubiera hecho, podía estar segura de ello, y ahora no había tiempo para pensar, sólo las oleadas de una sensación estremecedora...

Le pareció como si volviera a casa después de un largo viaje.

Permanecieron tendidos, cada uno respirando el aliento del otro. Finalmente, él se movió. Maureen le cogió por los cabellos rizados, alzándole la cabeza. De pie, aquel hombre tenía su misma estatura: los astronautas no suelen ser muy altos. Cuando estaba encima de ella, su cabeza le llegaba a la garganta. Ella se incorporó para besarle y exhaló un suspiro de satisfacción.

Ninguna idea extraña cruzaba ya la mente de Maureen. Ojalá le amara, se dijo. ¿Por qué no le quiero? ¿Porque es tan vulnerable?

—Dime, Johnny. ¿Tu mente se distrae alguna vez?

El pensó la pregunta antes de responderla.

—Cuentan una anécdota de John Glenn... —Se apoyó en un codo—. Los médicos espaciales trataban de averiguar todo lo que podríamos soportar sin perder eficacia. Había un montón de cables conectados al cuerpo de Glenn para que pudieran observar los latidos de su corazón y la respiración mientras se entrenaba en un simulacro de vuelo Géminis. De improviso empezaron a arrojar un chorro de virutas de hierro que caían sobre una bandeja metálica en movimiento, justo a su espalda. El ruido era infernal, y siguió durante mucho rato. El corazón de Glenn se sobresaltó y aparecieron grandes alteraciones en la representación gráfica, pero él ni siquiera se movió. Continuó entrenándose durante todo el programa y al final llamó a los médicos hijos de perra.

Esperó a que ella terminara de reír y luego, un poco tristemente, añadió:

—No podemos distraernos. Oye, si vamos a ver tu programa debemos levantarnos.

—Supongo que sí. Tú primero.

—De acuerdo. —Se inclinó para besarla de nuevo y saltó de la cama.

Ella oyó el ruido de la ducha y pensó en unirse a él, pero ahora Johnny no estaría interesado. Había dicho algo inconveniente y ahora él estaría recordando su frustrada carrera, frustrada no porque hubiera cometido algún error, sino porque el país había dejado en suspenso la exploración espacial.

Encontró su bata en el lugar donde él, previsoramente, la había dejado. No podemos distraernos. Cada cosa a su tiempo, y hacerla perfectamente. Tanto si se paseaba a lo largo de un Skylab averiado para repararlo en órbita como si dirigía una aventura amorosa, lo hacía correctamente. Y nunca tenía prisa.

Cuando se conocieron, Baker estaba en la oficina astronáutica de Houston, y le nombraron agente de enlace entre el senador Jellison y el grupo. Johnny Baker tenía esposa y dos hijos adolescentes, y se había portado como un perfecto caballero, llevando a Maureen a cenar cuando convocaban al senador, acompañándola durante la semana que el senador estaba en Washington, llevándola a Florida para ver un lanzamiento...

Fue un perfecto caballero hasta el momento en que tuvieron que regresar a la habitación de su hotel, donde ella se había dejado el monedero, y todavía no estaba segura de quién había seducido a quién. Maureen no se acostaba con hombres casados. No le gustaba acostarse con hombres a los que no amaba. Pero, dejando el amor aparte, había algo en Johnny que le atraía, y Maureen estaba indefensa ante ello. Aquel hombre tenía un solo objetivo y la capacidad de ir tras él a toda costa. Por otra parte, ella era joven, había estado casada una vez y no había hecho ningún voto de castidad. Al diablo con lo que pensaran los demás. Maureen saltó de la cama y conectó el televisor, para romper la cadena de pensamientos, pero éstos siguieron agolpándose en su mente. «No soy una puta, se dijo. El se divorciará la semana próxima, y yo no tengo nada que ver con ello. Ann nunca estuvo enterada de nuestra relación, y sigue sin saberlo. Pero es posible que, de no ser por mí, él no la hubiera dejado marchar. Puede que yo tenga la culpa, pero ella nunca lo ha sabido. Todavía somos buenas amigas.»

Ann le había dicho que su marido ya no era el mismo.

—Ha cambiado desde la misión espacial. Anteriormente nuestra vida fue dura, porque él estaba constantemente entrenándose y nos veíamos poco, pero aún me pertenecía un poco. Después tuvo su oportunidad, todo salió bien y mi marido se convirtió en un héroe... pero lo perdí.

Ann no podía comprenderlo. Maureen, sí. El cambio no se debía a la misión espacial, sino a que ya no había más misiones. Johnny Baker había trabajado toda su vida, se haba entrenado intensamente para una sola cosa, y ya nadie iba a repetirla...

Una meta en la vida. Un poco a la manera de Tim Hamner. Johnny tuvo una meta, y a lo mejor Maureen había tratado de participar un poco de ella. Pero ahora Johnny había agotado aquella meta, y lo más importante en la vida de Maureen Jellison era la lucha con una estúpida dama de Washington. Todavía se sentía molesta cada vez que pensaba en ello.

La dama se llamaba Annabelle Cole y era una mujer liberada. Seis meses atrás se había interesado por la extinción del caracol, y dentro de seis meses puede que le preocupara el declive de la tradición artística entre los aborígenes australianos. De momento se limitaba a culpar a los hombres de todo lo malo que había ocurrido en el mundo. Nadie replicaba a sus excentricidades. No se atrevían. No eran pocos los negocios que se concretaban en las fiestas de Annabelle.

Maureen debió mostrarse desagradable la noche en que Annabelle la abordó en busca del apoyo de su padre. Quería que el Congreso destinara fondos para el estudio de matrices artificiales, a fin de liberar a las mujeres de la esclavitud a sus cuerpos súbitamente alterados. Y Maureen le dijo que tener bebés formaba parte de la relación sexual y que si deseaba librarse del embarazo podía dejar de hacer el amor. Luego le sorprendió haber sido capaz de decir eso, ella que jamás había estado embarazada.

Tal vez su padre perdiera algunos contactos importantes debido a la escasa diplomacia de Maureen, pero ella se las ingeniaría para impedirlo. Dentro de seis meses, cuando Annabelle encontrara una nueva causa, Maureen daría una fiesta e invitaría a alguien cuyo conocimiento fuera imprescindible para Annabelle. Lo tenía todo planeado. Y aquel era precisamente el problema: ¡como si una pelea con Annabelle Cole fuera el acontecimiento más importante en su vida!

—Prepararé algo para beber —dijo Johnny—. Será mejor que te duches, el programa empezará en seguida.

—Ya voy —respondió ella, mientras pensaba en las posibilidades de una vida en común con aquel hombre. Casarse con él, impulsarle a una nueva carrera, hacer que dirigiera un negocio o escribiera sus memorias. Haría bien cualquier cosa que intentara... Pero ¿por qué no podía encontrar ella metas propias?

La estancia era inequívocamente masculina, con libros y modelos de los aviones de combate que Johnny Baker había pilotado, y un Skylab con las alas rotas. Había también una gran foto enmarcada de un hombre embutido en un voluminoso traje espacial avanzando por el vacío a lo largo de una de aquellas alas, una forma sin rostro, extraña, desconectada de la nave espacial, arriesgándose a sufrir la muerte en las condiciones más solitarias posibles si se descuidaba un solo instante. Debajo de la foto colgaba la medalla de la NASA.

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