El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
– Déjeme pensar…, cuando me despedí de Nicholas en el pasillo sería la una y media -dijo-. Y en desvestirme no puedo tardar mucho más de diez minutos. Pongamos la una y cuarenta.
– La una y cuarenta, aproximadamente -repitió el inspector, tomando otra nota-. ¿Y cómo se llamaba el dueño del arma…, el caballero que dio la reunión?
– Capitán Peter Graham.
– Ah, sí. ¡Elbow! -el inspector llamó al agente de guardia en la entrada-. Llame al Mace and Sceptre, ¿quiere?, y dígale al capitán Graham que haga el favor de venir hasta aquí en cuanto pueda -Elbow desapareció en cumplimiento de la misión-. Y ahora, Spencer -dijo el inspector, aflojando la tensión-, a ver esas impresiones.
– Sí, señor. Hay varias en el cañón, y en el tambor, aunque lógicamente todavía no he podido identificarlas. En las balas no hay nada, lo mismo que en el gatillo y la culata, aparte de las huellas de la mano derecha de la muerta, por supuesto: el pulgar en el gatillo, los dedos en la parte de atrás y el lado derecho de la culata.
– Curiosa disposición, ¿no? -observó sir Richard.
– A primera vista, así parece, señor -dijo el inspector. Tomando el revólver se lo llevó a la frente, sosteniéndolo por la parte trasera de la culata y con el pulgar en el gatillo-. Pero en realidad es la única forma cómoda de sostenerlo, si uno quiere disparar contra sí mismo como aparentemente era la intención de la joven.
– ¿No había nada en el percutor? -preguntó Fen-. ¿Ningún indicio de que amartillaron el revólver, o algo así?
– Verá, señor, es difícil asegurarlo. El percutor tiene la superficie rayada, y ahí las impresiones no toman bien. Pero creo estar en condiciones de afirmar que no ha sido tocado -Fen asintió, para quedar sumido en silencio melancólico.
– ¿Algo más en la habitación? -inquirió el inspector.
– Una colección de huellas viejas, que supongo pertenecen a la persona que vive aquí -el sargento miró en derredor, desaprobando lo que veía, como si esperara ver a algún ermitaño barbudo, indescriptiblemente sucio, acurrucado en un rincón-. Las de la chica en los picaportes de las dos puertas, en los cajones de ese escritorio y en los cajones de la cómoda que hay en el dormitorio, al lado de la ventana.
– Hum. Parece que anduvo buscando algo. Claro que no hay que olvidar que existen unas prendas llamadas guantes -comentó el inspector, en forma totalmente superflua-. Pero aparte del detalle del anillo, que es bastante raro, lo confieso, creo que estamos en presencia de un simple caso de suicidio.
– No, no, inspector -saltó Fen, que hasta entonces había estado estudiando el insípido Modigliani colgado de la pared más próxima-. Lo siento, pero no estoy de acuerdo.
Al principio el inspector lo miró con el ceño fruncido; después, con resignación infinita, dijo:
– ¿Entonces, señor?
– Todo se opone a la teoría del suicidio. Prescindiendo por ahora de los interrogantes de por qué querría la joven quitarse la vida, por qué no dejó la nota característica de los suicidas, por qué eligió un ambiente tan poco decorativo para matarse, y finalmente por qué lo hizo, interrumpiéndose en medio (fíjese que no he dicho al final, sino en medio) de una búsqueda especialmente intensa (recuerde que uno de los cajones estaba abierto)…
– ¿Y no puede ser -lo interrumpió el inspector- que haya encontrado el revólver en ese cajón (hasta ahora ignoramos quién lo hurtó) y que se pegara el tiro siguiendo, digamos, un impulso?
– No digo que sea imposible; pero lo considero sumamente improbable. De cualquier forma, analice la evidencia material. Y use el sentido común -añadió Fen, casi frenético-. ¡Ay, Señor! Mire…, espere un momento que se lo demostraré con un ejemplo práctico -y salió corriendo de la salita para reaparecer al cabo de un minuto arrastrando de la mano a su esposa. Cuando ella hubo saludado al inspector con una sonrisa serena, Fen tomó el revólver y tendiéndoselo, dijo:
– Dolly, ¿quieres hacer el favor de suicidarte un momento?
– Cómo no -Mrs. Fen no se inmutó ante la extraña petición; muy por el contrario, tomó el revólver con la mano derecha, apoyando el índice en el gatillo, y se lo llevó a la sien derecha.
– ¿Ve? -exclamó Fen, triunfante.
– ¿Aprieto el gatillo? -preguntó Mrs. Fen.
– Claro -dijo su esposo, distraído, pero sir Richard saltó de la silla con un grito ronco.
– ¡No, está cargado! -exclamó, arrebatándole el arma.
– Gracias, sir Richard -respondió Mrs. Fen, con una sonrisa-, pero Gervase es tan olvidadizo que de ningún modo pensaba hacerlo. ¿Me necesitan para algo más, señores?
El inspector meneó la cabeza, aún no repuesto de su asombro, y miró furibundo a Fen, a quien el incidente había dejado impávido.
– Perfectamente, entonces -dijo Mrs. Fen-. Gervase, vuelvo arriba. Trata de no retrasarte mucho, y no despiertes a los chicos cuando entres -dedicando una sonrisa de aprobación a cada uno por turno, se marchó.
Fen cortó en seco el torrente de reproches que afluía a los labios de sir Richard, diciendo:
– ¿Comprende lo que quiero decir? Hagan la prueba con cualquier mujer, y verán que todas hacen lo mismo [1]. Lo otro es psicológicamente imposible, aunque admito que, en abstracto, uno no lo vería así; y es evidente que aquí alguien se ha pasado de listo. Además, vean lo que pesa el arma, oprimir el gatillo requiere un esfuerzo considerable. Traten de apretarlo sosteniendo el arma en la posición que sugieren las huellas, y verán cuánto les cuesta. Y piensen un poco: ¿alguno de ustedes elegiría un método tan complicado y difícil para suicidarse? No, no es ni remotamente probable. La única forma de eliminar la dificultad sería amartillando el revólver. Y como bien ha dicho Spencer, en este caso no hicieron eso.
– No, señor -convino Spencer, sintiendo que esperaban algo de él.
– Después está, por supuesto, el anillo. ¿A quién, por imaginativo que sea, se le va a ocurrir suicidarse llevando un anillo en esa posición tan terriblemente incómoda en la misma mano con que empuña el revólver? A nadie, por supuesto. Los suicidas, invariablemente, llegan a todos los extremos con tal de asegurar su propia comodidad. Para mí salta a la vista que, vaya a saber por qué, alguien deslizó ese anillo en el dedo de la muchacha después de muerta y, si no me equivoco, a ese alguien le corría bastante prisa. Por último, está el hecho de que la chica se hallaba arrodillada cuando recibió el tiro; arrodillada delante de la cómoda, que como vieron es un mueble bastante bajo.
El inspector alzó la vista, interesado.
– ¿Y cómo sabe eso?
– Por la posición del cadáver ¿no se da cuenta? Si hubiera estado de pie cuando recibió el disparo, el peso del cuerpo al caer le habría doblado una pierna, pero no las dos, y menos todavía en esa forma, tan… ordenada, por así decir. Y además consideren el efecto del impacto de una bala de grueso calibre en una persona que está arrodillada; la echaría violentamente hacia atrás, con las rodillas actuando como pivotes. Le pregunté al doctor si notó señas de esfuerzo en los tendones de la rodilla, y efectivamente las había. Et voilá.
Nigel lo miraba boquiabierto, el inspector parecía en el colmo de la desdicha, y sir Richard asentía con la cabeza.
– Felicitaciones, Gervase -dijo-. Y bien, ¿dónde nos lleva eso?
– ¿Accidente? -sugirió tímidamente Nigel.
El inspector recibió con alivio la feliz manifestación de una inteligencia inferior a la suya, y miró a Nigel con desprecio olímpico.
[1] Si el lector quiere ensayar personalmente el experimento, verá que la afirmación de Fen es correcta. E.C.