El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
Nigel volvió su atención a los restos de Yseut Haskell. «Qué raro», pensó, «la muerte le ha arrebatado hasta el último vestigio de personalidad». Aunque, mirándolo bien, no era tan raro ya que su personalidad había estado centrada casi exclusivamente en su sexo, y ahora, sin vida, hasta eso había desaparecido, dejándola neutra, una vulgar figura de arcilla, repentinamente patética. La joven había sido atractiva. Pero ese «había sido» no era un tributo convencional rendido frente a la muerte, sino la admisión franca del hecho de que sin vida el cuerpo más hermoso queda reducido a un objeto desprovisto de interés. «Nosotros», reflexionó Nigel, «somos vidas.» Y por incongruente que parezca, en ese momento nació en él una nueva y firme convicción sobre la naturaleza del amor.
Miró a Yseut de nuevo; la vio cantando y bailando; recordó el comentario de Helen, «No es mala, ¿sabe?, sólo un poco tonta»; y a pesar del rencor que la muerta había sabido despertar a su paso, deseó fervientemente poder resucitarla.
«Ay, morir, y marcharnos sin saber dónde;
Yacer fríos, impedidos, y pudrirnos…»
Así como para Claudio la virginidad no era nada en comparación con la muerte, del mismo modo para Nigel todas las demás consideraciones palidecían junto a ella… Irritado, desechó esos pensamientos; no era ocasión para citas literarias. Si a Yseut la habían asesinado… Dirigió a Fen una mirada interrogante, pero el experto, adivinando la pregunta no dicha, se limitó a murmurar: «Parece un suicidio», y siguió examinando el suelo alrededor del cadáver.
Sir Richard volvió restregándose las manos.
– Su esposa va a esperar -dijo a Fen-. La dejé conversando con Warner. Y conseguí convencer al viejo Wilkes de que se fuera a su habitación. La policía llegará de un momento a otro, y entonces, a Dios gracias, mi responsabilidad oficial habrá terminado.
Fen asintió en silencio. Después, bruscamente, dijo:
– ¿De dónde demonios viene ese ruido? Nigel, por favor, ¿quieres ir y decirles que se callen?
Unas trompetas atronaban el aire de la noche con los compases de Las obras de paz del héroe, aparentemente desde el cuarto de enfrente. Nigel había olvidado lo de la radio que oyeron antes, esa misma noche. Cruzó la galería y llamó a la puerta; después, convencido de que si había respuesta no podría oírla por el estrépito, entró directamente.
Su sorpresa no tuvo límites al reconocer a Donald Fellowes y a Nicholas Barclay como los dos ocupantes de la habitación. Estaban apoltronados en sendos sillones frente al fuego, escuchando la radio colocada sobre una mesa junto a ellos. Nigel quedó inmóvil al verlos, y Nicholas gesticuló grotescamente en busca de silencio, pero Nigel lo ignoró, impaciente.
– Yseut ha muerto -anunció con rudeza innecesaria y después, a Donald-: En su cuarto. Y por amor de Dios, apaguen esa radio. No oigo ni lo que digo.
Nicholas apagó el receptor, diciendo:
– ¡Bueno, bueno! -por todo comentario.
Donald no habló, ni reaccionó en forma visible para Nigel, excepción hecha de una palidez repentina.
– ¿Que ha muerto? ¿Qué quiso decir? -balbució por fin-. ¿Y por qué en mi cuarto?
– Murió de un disparo en la cabeza.
– ¿Asesinada? -preguntó Nicholas, para en seguida añadir calmosamente-. No me sorprende. ¿Y a usted, Donald?
– No, maldito sea, a mí tampoco.
– Los indicios -informó Nigel- apuntan al suicidio.
Sólo entonces demostró Donald genuina emoción.
– ¿Suicidio? -repitió.
– Sí, ¿le sorprende?
Enrojeciendo, Donald tartamudeó:
– Yo…, este…, ya sabe que nadie la quería. Y nunca me pareció de la clase de personas que…, que pueden llegar a eso -de pronto sepultó la cara entre las manos-. ¡Oh Dios! -gimió.
Incómodo, Nigel no supo qué decir.
– Supongo que podré ir allí -dijo Donald, al cabo de un momento.
– No creo que alguien le impide la entrada. Al fin de cuentas es su habitación. Y sin duda la policía querrá interrogarlo cuando llegue.
– ¡Oh! -exclamó Nicholas-. ¿Así que todavía no está aquí? ¿Cuándo ocurrió?
– Hará unos diez minutos. Sir Richard Freeman se ha hecho cargo de todo por ahora, y Fen lo está ayudando.
Nicholas se mordió los labios con expresión solemne.
– El detective aficionado del colegio, ¿eh? De manera que creen que es un suicidio. Hará unos diez minutos…, entonces; Donald, tiene que haber sido ese ruido que oímos. Pero la radio estaba tan fuerte que apenas nos dimos cuenta; y usted dijo que debía de ser algún grupo de alumnos que se hacían los graciosos. ¿Cree que querrán interrogarme a mí también? -preguntó a Nigel-. ¿O le parece que puedo marcharme?
– Imagino que, tarde o temprano, querrán ver a todos los que estaban relacionados con Yseut de alguna forma. Me parece que le conviene quedarse.
– No volveré allí -dijo Donald, de pronto-. No…, no quiero verla…
– Está bien, muchacho -intervino Nicholas. Nos quedaremos aquí, a consolarnos mutuamente. Así si alguno de los dos trata de salir corriendo a tomar el primer barco para Ostende, el otro podrá impedírselo. Nos veremos, Nigel.
Asintiendo, Nigel se marchó. «Las reacciones de esos dos hombres», pensó, «han sido típicas de sus respectivos temperamentos: la locuacidad de Nicholas es habitual en él.» Le llamaba la atención, sin embargo, que no hubieran denotado más sorpresa al saber la noticia. Casi casi, se diría que la estaban esperando.
Halló a Fen y a sir Richard en la salita, empeñados en fingir actividad, si bien no había prácticamente nada que hacer hasta tanto llegasen el forense, los fotógrafos y los de dactiloscopia. Nigel los puso al tanto de la presencia de Nicholas y Donald en el otro cuarto, y sir Richard, tras formular algunas preguntas respecto de sus identidades y vinculación con Yseut, aprobó la actitud de Nigel con una inclinación de cabeza.
– Es imposible vigilarlos a todos -dijo-, y si hay otro responsable aparte de la joven, tratar de escapar ahora sería una locura.
Al cuarto de hora se presentó la policía, que en seguida asumió el control de la situación. El inspector, un hombrecito despierto y astuto, de voz ronca, apellidado Cordery, formuló las preguntas de rigor y examinó el lugar del hecho. Luego sostuvo una conferencia con sir Richard, mientras los demás se ocupaban de las fotografías y las impresiones digitales. El forense, hombre alto, lacónico y grave, examinó por encima el cadáver y después esperó pacientemente a que el resto terminara con lo suyo.
– Busquen en todos los sitios probables -había dicho el inspector-. Por ahora, claro está, no tendremos más que las huellas de la chica a fines de comparación.
El informe preliminar del médico fue breve y categórico.
– Lleva muerta de veinte minutos a media hora -anunció-. La causa del fallecimiento es obvia, a menos que estemos frente a algún veneno desconocido para la ciencia. Posiblemente la bala se alojó en algún punto detrás del cerebelo. El ángulo de penetración ha sido casi llano, diría. No puedo agregar nada hasta practicar un examen más detenido; y, por supuesto, habrá que hacer la autopsia.
Nigel, que había dedicado los últimos minutos a ver cómo uno de los sargentos se entretenía con un tarro de polvo, cepillos de pelo de camello, placas de vidrio y ungüentos de olor desagradable, pronto se hastió del pasatiempo y volvió junto a Fen.