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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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– … así que como ven -concluyó Nigel-, hay móviles para elegir, si es que realmente la asesinaron -y se echó hacia atrás con la satisfacción del deber cumplido, hizo una aspiración profunda y encendió otro cigarrillo.

– Hablando de todo un poco -terció sir Richard, pesaroso-, qué tarde se ha hecho. Habrá que dejar gran parte del trabajo para mañana, Cordery.

– Sí, señor, de acuerdo. Sugiero establecer las horas con la mayor exactitud posible, y ver a Mr. Warner, ya que ha tenido la gentileza de esperar. En cuanto a los otros dos caballeros -miró alrededor con aire de duda-, me parece que podríamos dejarlos para mañana. Tal vez Mr. Blake quiera avisarles…

– Fellowes no se moverá del colegio en toda la noche -aseguró Fen-. Ahora no puede salir a menos que escale la tapia por el lado del cobertizo para bicicletas o cruce el jardín del presidente -su actitud se tornó apologética-. Esto es lo que pasa cuando se tiene un sistema que es mitad monástico, mitad no -añadió apesadumbrado y sin que viniera al caso.

– Oh, bueno -dijo el inspector, sin ocultar su fastidio-. Entonces también lo veremos ahora. Pero no hay motivo para retener a Mr. Barclay, si no quiere quedarse -principiaba a experimentar una ligera confusión-. Y digo yo, ¿quién es ese Barclay a fin de cuentas? -preguntó con irritación justificable-. ¿Y qué tiene que ver con todo esto?

– Está bien, Cordery -respondió sir Richard, con el nerviosismo de quien intenta tranquilizar a una criatura neurótica y excitable-. Barclay era amigo de la muerta, y dio la casualidad que estaba en el colegio en el momento del hecho.

– Ah, ya veo. Bueno, si Mr. Blake quiere…

– Sí, sí, inspector -sin darle tiempo a continuar, Nigel cruzó al cuarto de enfrente, preguntándose por qué razón lo elegirían siempre como recadero. Encontró a Donald y a Nicholas rodeados de botellas de cerveza, jugando a las cartas, el primero malhumorado y con todo el aspecto de haber bebido más de la cuenta, Nicholas con su habitual expresión de urbanidad en el rostro delgado y moreno. A Nigel principiaba a irritarle el amaneramiento de Nicholas, que al verlo entrar preguntó, alzando las cejas:

– ¿Y bien? ¿Cómo marcha eso? ¿Han arrestado a alguien ya? «Y de haber terminado en el cepo por esa pregunta, lo tendríais bien merecido» -añadió como para sí, levantando una mano en ademán vulgar, afeminado.

– Hasta ahora -mintió Nigel-, todo indica un suicidio.

Encogiéndose de hombros, Nicholas, que captó la nota de desagrado en la voz de Nigel, guardó silencio.

– Y no hay ningún motivo especial para que se quede, si no quiere.

– Mi estimado amigo -respondió Nicholas-. De haberlo querido, me habría ido hace rato. En las circunstancias actuales, pienso quedarme. Este asunto me interesa.

– Como guste -replicó Nigel, de mala manera, y salió de la habitación maldiciendo mentalmente a Nicholas.

Además no le había gustado nada la expresión de Donald, que, sospechaba, no estaría muy sobrio cuando la policía lo interrogase. Eso causaría mala impresión, pero también, probablemente, le soltaría la lengua. Y, sin embargo, ¿qué razón tenía él, Nigel, para sospechar de Donald (o, para el caso, de cualquiera), y de qué lo encontraba sospechoso? Comprendió entonces que, de no haber sido por Fen, el caso ya estaría archivado como un suicidio más. Por un momento se sintió tentado de dudar de la capacidad de Fen: ¿no estaría, después de todo, haciendo una montaña de un grano de arena? Pero recordando el brillo de concentración casi sobrenatural que había captado en las pupilas de Fen, y repasando la evidencia acumulada, no tuvo más remedio que admitir que allí había algo turbio. Devanándose los sesos en busca de una solución, volvió a la salita de Donald.

El inspector lo aguardaba, contemplando su libreta con un aire de gravedad teatral. Recibió sin entusiasmo la noticia de que Nicholas había decidido quedarse, preguntándose interiormente si se acostaría esa noche. Había tenido un día movido en la Jefatura, y como por otra parte llevaba poco tiempo casado con una mujer joven, su actitud era en cierto modo excusable. Resuelto, pero a disgusto, volvió a aplicarse a su deber.

– Veamos, señor -dijo-, según su declaración varias personas tenían razones para no simpatizar con la muerta. Deje que las enumere -fue contándolas con los dedos-. Primero Mr. Robert Warner. Conocía a Miss Haskell desde hace un tiempo, y según usted vivió un romance con ella -a punto de dar expresión sonora a su desaprobación, lo pensó mejor, y considerándolo inapropiado se apresuró a convertir al sonido recién nacido en una tos larga y artificial-. Además -prosiguió- la joven lo estuvo asediando desde su llegada, y aparentemente antes de anoche lo colocó en una situación comprometedora, ya que él anda en amoríos con otra joven, Miss Rachel West -se detuvo espantado ante las complicaciones eróticas del caso y pasó a la persona siguiente de su lista.

– Segundo la misma Miss West, por las razones antedichas: esto es, porque estaba celosa de Miss Haskell a causa de su anterior relación con Mr. Warner. Tercero Mr. Donald Fellowes, que aunque enamorado de Miss Haskell se enfureció cuando prefirió a Mr. Warner, y que además desaprobaba el atrevido comportamiento de la joven en escena.

– ¡Oh, vamos! -protestó Nigel, al oír tan alarmante descripción, pero el inspector prosiguió impertérrito.

– Cuarto Miss Jean Whitelegge, enamorada de Mr. Fellowes y que, a la vez que resentida por el hecho de que él quisiese a Miss Haskell, consideraba además que Miss Haskell estaba pisoteando los sentimientos de Mr. Fellowes -el inspector parecía cada vez más estupefacto a medida que ahondaba en las actividades de la Venus Pandemos. Nigel tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar la carcajada.

– Quinto Mr. Nicholas Barclay, que consideraba que Mr. Fellowes malograba su talento dejándose llevar por su pasión por Miss Haskell, y que en general no simpatizaba con la joven. En realidad esto último no se puede considerar móvil, señor -agregó abandonando por un momento el tono oficial-. Y, en cuanto a la primera parte, confieso no comprender su punto de vista.

Sir Richard, a punto de embarcarse en una disposición del valor del artista para la sociedad, lo pensó mejor y guardó silencio.

– Le diré -respondió Nigel- que esa fue mi impresión. Y por supuesto que puede haber otras personas, desconocidas para mí, que hayan tenido motivos mucho más poderosos para odiar a Yseut. No era lo que se dice popular.

– Así parece. Pero creo que para empezar tenemos suficiente.

– Confío -siguió diciendo Nigel- en que no me habré hecho acreedor a media docena de represalias por haberles dicho todo eso.

– No, señor, de ningún modo. Ha respondido a un interrogatorio oficial dando sus impresiones, nada más. Nadie podría culparlo de nada, aun cuando esas impresiones resultasen correctas a la larga -miró a Nigel con la severidad de un inquisidor de la Edad Media que trata de hacer retractarse a un puñado de cátaros intransigentes. Nigel, empero, no se dejó impresionar.

A esa altura de la conversación un agente se asomó por la puerta.

– Ha llegado el capitán Graham, señor -anunció-. ¿Lo hago pasar?

– Sí, Elbow, en seguida.

Peter Graham tenía todo el aspecto de un penitente. Esfumada su alegría juvenil, líneas de desacostumbrada y por lo tanto algo incongruente ansiedad le surcaban la frente. Saludó a Nigel cariacontecido y se sentó en el borde de la silla, con las manos en el regazo.

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