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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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– ¿Y después pasó algo más? -quiso saber Robert.

– Nada, salvo que con gran sorpresa de todos el decano comenzó a asistir a los servicios religiosos, y fue un sólido creyente el resto de sus días. Ah, y ahora que me acuerdo, debería haber agregado algo más: que el documento que relata la muerte de John Kettenburgh dice que el instigador de la sangrienta persecución fue el organista de entonces, un tal Richard Pegwell. Pero claro que no podría asegurar si eso guardaba alguna relación con el otro asunto.

Permanecieron en silencio mientras Fen corría la cortina negra y encendía las luces. Acercándose discretamente, Robert le susurró una pregunta sobre la situación del lavabo más próximo.

– Al pie de la escalera, a la derecha, querido amigo. Vuelve después, ¿verdad?

– Por supuesto. No tardaré más de un minuto -Robert hizo una inclinación de cabeza y se marchó.

– Una historia muy agradable -comentó sir Richard-. O a la inversa, muy desagradable. ¿Qué le pareció, Mrs. Fen? Estoy seguro de que usted es la persona más sensata de cuantos estamos acá.

– Me agradó -respondió la aludida-, y Mr. Wilkes supo contarla. Pero, sin ánimo de ofender, les diré que me pareció demasiado arreglada y artificial para ser cierta. Como bien dijo Mr. Wilkes, los fantasmas verdaderos suelen ser aburridos, faltos de iniciativa, aunque les aseguro que por mi parte jamás me crucé con ninguno, ni para el caso lo deseo -prosiguió su labor.

Fen la miró con esa mezcla de triunfo, orgullo y cariño del hombre que contempla cómo su perro sostiene un bizcocho en equilibrio en la punta del hocico.

– Ésa es exactamente mi opinión -dijo. Y después, desconfiado-: Dígame una cosa, Wilkes, confío en que no será producto de su imaginación.

Impávido, Wilkes meneó la cabeza.

– No -replicó-, no la inventé. Todavía viven dos o tres personas que podrían confirmar lo que he dicho. El asunto, como expliqué, se mantuvo en reserva, probablemente por eso usted no lo conocía.

– ¿Y piensa que hay alguna probabilidad de que…, la…, eso vuelva a aparecer? -preguntó Nigel, para arrepentirse en seguida. A la claridad de la luz eléctrica la pregunta pareció bastante más tonta de lo que habría sonado minutos antes.

Sin embargo, Wilkes le respondió muy serio.

– Quizá no en la misma forma. Aún hoy los sacos de huesos asustan, pero en el fondo la gente se cree capaz de comprenderlos y enfrentarlos. Probablemente ocurra de algún otro modo. Al fin de cuentas, lo esencial es el crimen, cualquiera que sea el método elegido. Un crimen engendra siempre otro crimen; o sea que el saldo jamás se cubre. Y si uno lo piensa un poco, John Kettenburgh todavía tiene muchas cuentas que saldar. Por eso me atrevo a decir que algún día, tarde o temprano…

Fue en ese instante cuando oyeron el disparo.

6

ADIÓS, BIENAVENTURANZA DE LA TIERRA

La desnudez de la carne, aunque indomable, se sonrojará

La extrema desnudez del hueso sonríe

desvergonzada,

El asexual esqueleto se burla de mortajas y féretros.

Thomson.

En la habitación se había hecho un silencio tal que por un momento el ruido del disparo pareció ensordecedor. Sólo cuando se hubo repuesto de la impresión inicial, comprendió Nigel que había partido de abajo: del cuarto de Donald Fellowes. Como broche de la historia que acababan de oír, no era un sonido muy estimulante. Hasta el flemático sir Richard tuvo un sobresalto.

– ¿Serán esos bandidos de estudiantes que andan traveseando por ahí, Fen? -preguntó.

– En ese caso -repuso el aludido, levantándose resueltamente, tendrán que oírme. Tú espera aquí, querida -añadió, a su mujer-, que voy a ver qué ha sido.

– Lo acompaño -anunció sir Richard.

– Y yo -dijo Nigel.

Mrs. Fen asintió en silencio y reanudó su labor. Wilkes nada dijo, absorto en la contemplación del fuego que moría en la chimenea. Cuando salían del cuarto, sir Richard extrajo su reloj y, como el propio Nigel diría posteriormente, se volvió hacia él con aire grave y decidido.

– ¿Qué hora tiene? -le preguntó.

– Exactamente las ocho y veinticuatro -respondió Nigel, tras echar un rápido vistazo al suyo.

– Perfecto. Habrá pasado un minuto. Las ocho y veintitrés es un cálculo bastante aproximado.

– ¿No le parece que se está adelantando a los acontecimientos?

– Conviene saber la hora -respondió sir Richard, sin dar más explicaciones. Y ambos siguieron a Fen por la escalera.

Abajo encontraron a Robert Warner, que en ese momento salía del lavabo con una expresión de cómica ansiedad en el rostro.

– ¿Qué fue ese estrépito? -preguntó-. Me pareció un disparo.

– Eso precisamente es lo que vamos a averiguar -contestó Fen-. Creo no equivocarme al decir que salió de aquí.

La puerta de la derecha, que daba a una salita y tenía la inscripción «Mr. D.A. Fellowes» en letras blancas en la parte superior, estaba entreabierta. Fen la abrió de par en par, y los demás entraron tras él. El cuarto no contenía nada de particular. Como la mayoría de las habitaciones del colegio, tenía pocos muebles y un único rasgo desusado: el piano de cola que se veía en el rincón de la derecha. A la izquierda había un biombo, cuyo propósito debía de ser sin duda evitar las corrientes de aire, que como Nigel no había olvidado abundaban en el colegio, pero un fugaz vistazo detrás permitió comprobar que no ocultaba a nadie, ni nada. Frente a la ventana de la pared opuesta, a la derecha, había un pequeño escritorio; una mesa con un par de sillas de apariencia incómoda en medio de la gastada alfombra; y a la izquierda estaba la chimenea, flanqueada por dos sillones tapizados en chintz. Completaba el montaje una enorme biblioteca, en uno de cuyos estantes languidecían unos cuantos libros solitarios, y en otro una alta pila de música, libros de himnos, antífonas y cánticos. Aliviaban apenas la austeridad de las paredes, revestidas con feos paneles de roble oscuro, contadas y pequeñas reproducciones de grabados modernos, y en la penumbra de la hora el ambiente daba una impresión de profunda melancolía. Pero la estancia era fiel reproducción de muchas otras, y como nadie la ocupaba, ni Donald Fellowes ni ninguna otra persona, Nigel apenas le dedicó una mirada, apresurándose en cambio a seguir a Fen y a sir Richard por la puerta de la pared opuesta, la del dormitorio.

También esta segunda puerta estaba entreabierta, y al cruzar el umbral se encontraron en un cuartucho frío, poco acogedor, en forma de ataúd y amueblado aún con más economía que la salita que acababan de dejar. Pero por el momento ninguno notó esos detalles.

Porque junto al umbral había un hombre, con los ojos clavados en el cuerpo exánime de Yseut Haskell, caída en el suelo con un agujero negro en mitad de la frente y la parte superior del rostro ennegrecida y chamuscada.

Como sucede con la gran mayoría de la gente, Nigel a menudo había tratado de imaginar cuál sería su reacción frente a la muerte violenta. Y también como la mayoría, se complacía siempre en imaginarse tranquilo, sereno, indiferente casi, en esa eventualidad. De modo que el agudo espasmo de náusea que lo acometió de pronto frente a aquella forma exangüe tomó completamente desprevenido a la parte de su yo consciente. A tropezones volvió a la salita, y se dejó caer en una silla con el rostro entre las manos. Por entre el incontrolable remolino de sus pensamientos y sospechas, oyó decir a sir Richard, con una amabilidad que se le antojó exagerada en las circunstancias:

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