El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
– Por favor, ¿quiere decirme quién es usted y qué hace aquí?
Una voz tosca respondió con calma:
– Sí, señor, cómo no, y el profesor podrá decir que no miento. Me llamo Joe Williams, señor, y estoy arreglando la piedra que hay en la arcada, del otro lado. Estaba guardando las herramientas y preparándome para volver a casa, cuando oí el disparo, y vine corriendo para aquí, a ver qué pasaba. Debió de ser apenas un minuto antes de que ustedes llegaran.
– No ha tocado nada, ¿verdad?
La voz respondió con un deje burlón.
– No creo. Pero di una vuelta por el cuarto, y por el otro, y no había nadie escondido aquí dentro, a menos que esté ahí, en el ropero. Y puede tener la seguridad de que no aparte los ojos de ahí. Nadie salió de esta habitación desde que llegué. Me cree, ¿no, profesor?
– Williams dice la verdad, Dick -asintió Fen-. Trabaja en el colegio desde hace años, en pequeños menesteres, y no lo creo propenso a sufrir ataques de manía homicida.
– ¡Dios me libre!
– Encienda la luz, Fen -pidió sir Richard.
– ¿Y el oscurecimiento?
– Oh, al infierno con eso. No debemos tocar nada.
– De todos modos, el oscurecimiento existe.
– Bueno, está bien -Nigel oyó que alguien corría la cortina de la única ventana, y un haz de luz se filtró en la salita por la puerta entreabierta. Dominándose con esfuerzo, se levantó y fue a oscurecer la ventana de ese otro cuarto, preguntándose interiormente si no estaría destruyendo alguna pista valiosa.
En el dormitorio, sir Richard decía:
– Bueno, antes que nada tengo que llamar a la Jefatura. ¿Dónde hay un teléfono cerca?
– En mi cuarto -respondió Fen-. El portero lo comunicará. Será mejor que ponga a Wilkes y a mi mujer al tanto de lo ocurrido, pero no deje que bajen. Diga a Dolly que si quiere esperarme un rato, subiré en cuanto pueda. Y a ese molesto viejo, que se vaya a dormir.
– Perfectamente. Mantenga los ojos abiertos hasta que vuelva y, por amor del cielo, no embarulle las cosas.
– Nunca embarullo las cosas -protestó Fen, ofendido.
– Williams, conviene que vaya a la portería y me espere ahí. Tendremos que interrogarlo dentro de un rato.
– Está bien, señor -respondió Williams, en tono desaprensivo-. De todos modos, falta hora y media para que cierren. Eso sí, si puede interrogarme a mí primero… -añadió, esperanzado.
– Dígale a Parsons que bajo mi responsabilidad le traiga cerveza de la despensa -dijo Fen.
– Gracias, señor, gracias -Williams salió del dormitorio, pero al ver a Nigel se detuvo y emitió un silbido-. ¡Vaya, si es nada menos que Mr. Blake! ¿Qué tal, señor, cómo está después de tanto tiempo? Me alegro mucho de volver a verlo.
– Estoy muy bien, Williams, gracias; ¿tú?
– Mal no me va, señor, podría ser peor. Todavía puedo ganarme el pan, como dicen -y después, bajando la voz-: Feo asunto este, señor. La chica era guapa como ella sola. Amiga de Fellowes. La he visto entrar aquí antes varias veces. Llegó no hará más de veinte minutos, y tiene que ver las «buenas noches» que me dio.
– ¿La viste entrar? Eso puede ser importante.
– La vi con estos ojos, señor. Era ella, estoy seguro. Pero supongo que no está bien que hable de eso antes de que la policía me interrogue. Aunque apuesto a que no les dará mucho trabajo. Es un suicidio, más claro no puede estar.
– ¿Te parece?
– ¿Qué otra cosa puede ser? Nadie entró ni salió de este cuarto desde hace por lo menos media hora: ella fue la única. Y no pueden haberle disparado desde el jardín porque la ventana estaba cerrada cuando llegué.
Nigel sintió que una oleada de alivio inmenso lo recorría de pies a cabeza.
– No deja de ser un consuelo -murmuró-. Significa que no hay nadie implicado.
– Ajá, tiene razón. Pero, digo yo, ¿qué motivo puede haber tenido para tomar esa decisión? ¡Me gustaría saber! Una chica tan guapa, tan educada, hubiera jurado que no tenía una sola preocupación en el mundo. En fin, me voy. Lo veré después, señor, seguramente -saludó y se marchó arrastrando las pesadas botas por los escalones, hasta que sus pasos se perdieron en el patio.
«Por lo menos alguien conservaba las ilusiones que forjó sobre Yseut», pensó Nigel con amargura. Sin duda muy pocas de sus relaciones lamentarían su muerte. Se preguntó dónde andaría Donald, y cómo tomaría la noticia. Después, haciendo un esfuerzo, entró en el dormitorio, aunque por el momento se abstuvo cuidadosamente de volver a mirar el cadáver.
Entre Fen y sir Richard tenía lugar un coloquio breve, susurrado. Robert Warner estaba cerca, mirando alrededor con metódica concentración. Casi con un sobresalto Nigel advirtió su presencia. Habían entrado juntos hacía menos de cinco minutos, pero la impresión de ver a Yseut había desalojado cualquier otro pensamiento de su cerebro. Aventurándose a echar otra mirada al cadáver, comprobó aliviado que esta vez las náuseas no venían.
Sir Richard se volvió hacia Robert.
– No querría retrasarlo, Mr. Warner -dijo.
– Perdón -respondió Robert-. Ya sé que estoy de más aquí, pero ocurre que…, bueno, que la impresión ha sido fuerte y me siento…, como diré…, responsable en parte por Yseut.
– Ah, ¿sabe quién es? -preguntó bruscamente sir Richard.
– Sí, por supuesto. Yseut Haskell, actriz del teatro de repertorio local.
– Ya veo -dijo sir Richard, ahora en tono más cordial-. En ese caso seguramente podrá ayudarnos. Pero le agradecería que no se quedara aquí. Quizá no le importe aguardar un momento en las habitaciones de Fen; no puedo hacer nada hasta que llegue la policía. Estoy seguro de que no pondrá objeciones si le consume su whisky y sus cigarrillos.
– No, de ningún modo, considérese en su casa -dijo Fen, distraído. Recorría lentamente el cuarto, examinando con displicencia los muebles-. Qué húmedas son estas habitaciones -añadió luego-, habrá que tomar medidas. Hablaré con el tesorero al respecto.
– Mr. Blake… -dijo sir Richard, dirigiéndose a Nigel.
– No, por favor, permita que Nigel se quede -lo interrumpió Fen-. Quiero que monte guardia conmigo. Porque supongo -continuó, en un arranque esperanzado- que no me echará.
Sir Richard sonrió.
– Por supuesto. Pero no crea que va a poder meterse a detective en este caso. El veredicto obvio es suicidio.
– ¿Sí? -dijo Fen, mirándolo con curiosidad-. De todos modos, si no tiene inconveniente, me agradaría vigilar esto.
– Como quiera. Yo voy a telefonear. No deje entrar a nadie -y con esto se marchó escalera arriba seguido de Robert.
Sólo entonces Nigel se sintió suficientemente restablecido para mirar alrededor. Yseut yacía de lado, con las piernas dobladas bajo el cuerpo lo mismo que el brazo izquierdo, en tanto el derecho aparecía extendido con la palma hacia arriba. Cerca de esa mano se veía un revólver pesado, empavonado, y uno de los dedos lucía un anillo de curioso diseño. La joven vestía abrigo castaño oscuro y falda verde, zapatos castaños y medias de seda, pero aparentemente no había traído sombrero, ni guantes o bolso. Estaba caída delante de una cómoda que tenía un cajón abierto, mostrando el desordenado contenido, y encima de la cual había un espejo de mano, un cepillo con su correspondiente peine y un frasco de loción para el cabello que, a juzgar por las apariencias, debía de ser un artículo de lujo. El resto del dormitorio ofrecía poco interés al ojo inexperto de Nigel. Había una cama, un lavabo y un ropero, una alfombrita junto a la cama, una mesilla de noche con su respectiva luz, un libro y un cenicero que contenía dos o tres colillas viejas, y por el piso estaban desparramados varios zapatos. Sobre la silla colocada a los pies de la cama había una camisa arrojada descuidadamente. En el aire flotaba aún el olor de la pólvora. Aparentemente la ventana estaba cerrada, pero por el momento no podían confirmar el detalle.