El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
Sí, dijo, el revólver era suyo. Había notado su falta al día siguiente de la fiesta, mientras ordenaba sus habitaciones. Esa noche, explicó sin que viniera al caso, pero por inferencia lógica, había bebido con exceso, y se afligió bastante al descubrir su desaparición. Sí, estaba enterado de lo ocurrido, pobre muchacha, y en parte se sentía un poco responsable. Pero, caramba, uno no puede prever esas cosas, y sin duda el resultado habría sido el mismo aun cuando nadie se hubiera enterado de que tenía un revólver. Además, añadió, no fue quien sacó el arma del cajón y la esgrimió a la vista de todos. Interrogado sobre la razón por la que no denunció la pérdida a la policía, dijo que, en primer lugar, no se había sentido muy bien esos días, y que, segundo, alguien podía haber tomado el revólver para gastarle una broma, pensando devolverlo después. Cuando le preguntaron si tena alguna idea sobre quién lo había tomado, respondió que no.
Después le formularon unas preguntas sobre sus relaciones con Yseut, pero aparte del hecho de que ella le había dirigido la palabra en el tren, que la había visto en el bar la noche del lunes, y que se había contado entre sus invitados, no podía dar otra información. Aunque reconocía que era bonita, no le había parecido gran cosa. De sus asuntos privados nada sabía. En la reunión Yseut bebió bastante y se enfureció cuando le quitó el arma, pero ya se sabe cómo son esa clase de reuniones, y el alcohol, afirmó, ejerce un efecto extraño en las mujeres. La noticia de la muerte de Yseut lo había impresionado, y no lograba ver qué motivo pudo inducirla a eliminarse, ni para el caso a hacerlo.
En realidad, pensó Nigel, su asombro parece verdadero. Cuando se levantó para marcharse pidió que le devolvieran el revólver, pero le dijeron que lo necesitaban como prueba. Una vez que Spencer le tomó las impresiones digitales, salió con una expresión de vivo pesar en el rostro.
– Habrá que verificar todo eso -dijo el inspector después que la puerta se cerró-. Puede que sepa más de lo que dice, pero primero nos ocuparemos de los que tienen motivos más obvios, y dejaremos a los demás para luego. Debo reconocer que eso de que ella se abalanzara contra él en esa forma, conociéndose tan poco, suena raro -exhaló un suspiro; era fastidioso, pensó, tener que llevar una investigación con el jefe de Policía delante todo el tiempo.
Fen no había formulado ninguna pregunta durante el interrogatorio, si bien escuchó con atención relativa. Pero ahora su actitud había cambiado, se lo veía decididamente animado, y en consecuencia sir Richard, con la fe ciega de los primeros mártires cristianos, había optado por no prestar ninguna atención.
– Sus huellas concuerdan con las viejas que había en el tambor y la culata -anunció Spencer, que las había estado comparando-. También hay algunas menos recientes de la muerta, seguramente de cuando empuñó el arma en la fiesta.
Williams fue el siguiente interrogado, mostrando claras huellas de las dos horas que acababa de pasar haciéndole los honores a la cerveza del colegio, e inclinado a la locuacidad. La chica había entrado, creía, unos veinte minutos antes de oír el disparo, pero no podía decir la hora exacta. Le había dicho «buenas noches», y por considerarla una mercancía bastante pasable (sin querer hablar mal de los muertos, se apresuró a añadir), había devuelto el saludo con una sonrisa.
– ¿Alguien más pasó por el corredor entre la hora en que ella entró y el momento en que oyó el disparo?
– Sí, señor, un caballero alto, moreno, más bien delgado. Pero al darme la vuelta vi que subía directamente a las habitaciones del profesor.
– Robert Warner -acotó sir Richard.
– ¿A qué hora habrá sido eso?
– A los cinco o diez minutos, poco más o menos, después de entrar ella, supongo. No podría asegurarlo.
– ¿Y en ese intervalo no vio a nadie más; podría jurarlo?
Williams rumió la pregunta un momento, haciendo rechinar los dientes. Por fin dijo:
– No, señor, a nadie más. De eso estoy seguro.
El inspector se volvió hacia Fen.
– ¿Dónde da esa arcada, señor? ¿A otros alojamientos?
– Entrando, a la derecha, está la despensa -explicó Fen-; a la izquierda una salita, una escalera que lleva a un dormitorio pequeño que hay justo encima de la despensa, y después viene un pasaje que desemboca detrás, en el patio.
– Y ese patio, ¿dónde da?
– Es un patio cerrado. Sólo hay una puerta que se abre a la calle.
– ¿Y supongo que esa puerta está abierta?
– Hasta las ocho de la noche, sí.
– Ajá -el inspector parecía complacido-. Dígame una cosa, Williams. Durante el tiempo que ha mencionado, ¿no entró alguien por ese patio?
Williams lo miró indignado.
– No me parece probable. En ese caso tenía que pasar por donde yo estaba. Mr. Fellowes y un caballero llegaron por ese lado, y entraron en la otra salita temprano, justo antes de que ustedes vinieran a la hora de cenar, pero nadie más.
– Bien, ahora díganos qué hizo cuando oyó el disparo.
– Vine aquí corriendo a todo lo que me daban las piernas, y encontré a la chica como la vieron ustedes -respondió prestamente Williams.
– ¿No puede ser más preciso? -pidió Fen-. ¿Qué quiere decir con eso de «a todo lo que me daban las piernas»? Exactamente, y en detalle, ¿qué hizo?
– Le diré, señor. Iba a irme, casi no había luz y no podía hacer nada más, cuando oí el disparo. Entonces levanté la cabeza para escuchar mejor y me dije, «¿Oíste eso, o te pareció?», y entonces guardé las herramientas en mi caja y las dejé en la escalera y me vine derecho aquí.
– A eso no llamaría yo «a todo lo que me dan las piernas» -objetó sir Richard-. ¿Cuánto tardaría en guardar las herramientas?
Williams se revolvió inquieto.
– No sé, señor, no sabría decir.
– Se lo preguntaré de otro modo. ¿Cuánto tiempo le parece que estuvo en el dormitorio antes de que nosotros llegáramos?
– Oh, nada más que uno o dos minutos.
– Ajá. Y nosotros llegamos poco después de dos minutos. Eso no concuerda con lo que acaba de decirnos, Williams.
El hombre pareció asustado, como si lo hubieran encontrado con el arma humeante en la mano.
– Dígame, Williams -terció Fen-. Desde donde estaba, ¿podría ver las ventanas de esta habitación o las del cuarto de enfrente?
– En realidad no las miré, señor. Pero de cualquier manera estaba tan oscuro que aunque hubiera mirado no habría visto nada.
Fen asintió.
– ¿Sonó muy fuerte el disparo?
– Francamente, señor, la radio hacía un bochinche bárbaro, no sé si se acordará. No, creo que no sonó muy fuerte. Por lo menos no tanto como para que uno pegara un salto, ¿me entiende?
– ¿Vio, u oyó, a Mr. Warner cuando bajó al lavabo?
– No, señor, no lo vi, pero la escalera tiene alfombra y estaba mirando a otro lado, así que era difícil que lo viera. A lo mejor oí que cerraba la puerta, pero no puedo jurarlo.
– Como ayuda no es mucha -comentó el inspector cuando hubieron despedido a Williams-. Pero supongo que no había por qué esperar otra cosa. Aunque algo hay: hemos establecido que nadie entró en esta habitación después de la joven.
– Claro que estamos suponiendo -intervino Fen- que se quedó en una u otra de estas habitaciones desde el momento en que entró hasta que la mataron.
– ¿Y a qué otra parte podría haber ido?
– Podría haber subido por la escalera, hasta la puerta de mi habitación (sin entrar), o bien ido al lavabo.
El inspector recibió la nueva complicación sin tratar de ocultar su desagrado.
– Habrá que investigar eso -admitió de mala gana, aunque si lo hubieran instado a explicar cómo iba a cumplir ese propósito, habría terminado por confesar que no tenía la menor idea-. Sí, habrá que investigarlo, pero más adelante, creo. Por el momento será mejor ver de una vez a Parsons, el portero, y tratar de dilucidar la cuestión de las horas.