El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
Nigel aprovechó la oportunidad para subir hasta la habitación de Fen y telefonear a Helen. Cuando entró vio a Robert, que estaba leyendo, pero el otro se limitó a saludarlo con la cabeza y reanudó la lectura.
La misma Helen atendió la llamada. Sin andar con rodeos, Nigel la puso al tanto de lo ocurrido. Luego en el otro extremo del hilo hubo un largo silencio.
– Oh, Dios mío -murmuró Helen, al fin-. ¿Cómo fue?
– Por ahora parece un suicidio -mintió Nigel por segunda vez en la noche.
– Pero ¿por qué?
– Vaya uno a saber, querida. Lo ignoro -otra pausa, y después Helen dijo, lentamente:
– No puedo decir que lo sienta, aunque esté mal por mi parte. Me…, me ha tomado tan de sorpresa. ¿Saben cuándo ocurrió? Aquí ha habido un revuelo terrible, y Jane tuvo que reemplazarla, y se cortaba cada cinco minutos. Sheila está furiosa.
– Fue hace un par de horas.
Una exclamación ahogada.
– Un par de horas… ¡Oh Dios!
– Helen, querida, ¿está bien? ¿Quiere que vaya?
– No, querido, gracias. Estoy perfectamente. Supongo que la policía querrá interrogarme.
– Eso temo. Van a ir a verla mañana.
– Bueno, Nigel. Ahora debo colgar. Aún no he terminado de quitarme el maquillaje. Hace frío, y prácticamente no tengo nada encima.
– Dios la bendiga, querida. ¿La veo mañana?
– Sí, por supuesto -Nigel colgó el teléfono y descendió al piso de abajo.
Parsons, el portero, estaba a punto de marcharse cuando llegó. Se conservaba tal como Nigel lo recordaba: un hombrón de aspecto formidable, gafas de armadura gruesa, cuya actitud agresiva, invariablemente feroz, no podía estar más reñida con el cargo que ocupaba en el colegio. Nigel sospechaba que, como todos sus colegas, había leído en innumerables libros sobre Oxford la declaración de que si el portero es el rey sin corona de su colegio, y tal concepto había influido profundamente en su apariencia, sin que los largos años de amarga experiencia con efecto contrario hubieran podido desarraigarlo. Su actitud para con los estudiantes era de abierta intimidación, mezclada de forma incongruente con las expresiones de servilismo convencionales, y únicamente respetaba a aquellos que no se dejaban intimidar. Cualquiera que fuese la generación, estos últimos eran muy contados, pero como Nigel había estado entre ellos ahora encontró una buena acogida.
El portero fue preciso y categórico en sus declaraciones. Yseut había llegado al colegio a las ocho menos seis minutos automáticamente había mirado el reloj ya que después de las nueve no se permite la entrada a mujeres-, yendo, a juzgar por lo que había visto, directamente al cuarto de Mr. Fellowes. Robert Warner había llegado a las ocho y cinco, preguntando por las habitaciones de Fen, y también fue directamente allí, no sin antes asegurarse de que lo esperaban. Ningún otro extraño había entrado en el colegio desde la hora de la cena, aunque Mr. Fellowes había traído un invitado por la tarde, a eso de las seis y media, creía. Algunos miembros del colegio entraron y salieron como de costumbre, pero Parsons no recordaba quiénes ni tampoco las horas. Después de prestar declaración se retiró con dignidad dejando al inspector un poco más complacido consigo mismo.
– Bueno, ya está -dijo Fen, cuyo desasosiego había ido en aumento-. Gracias a Dios ahora puedo subir y ponerme cómodo -todos emprendieron la retirada.
Robert dejó su libro y se levantó al verlos entrar. Después de saludarlos por turno, se interesó cortésmente en la marcha de la investigación. Desplomándose en un sillón, Fen le pidió que sirvieran whisky para todos. Los demás se sentaron con un poco más de compostura. Spencer tomó las impresiones digitales de Robert.
– Y ahora, Mr. Warner -dijo el inspector-, unas preguntas, por favor.
– Cómo no.
– ¿Usted conocía a la…, a Mrs. Haskell?
– Sí. La conocí en Londres, en una reunión de la profesión hará algo más de un año. Seguimos viéndonos algunas semanas desde entonces, y al poco tiempo ella se marchó para venir a instalarse aquí. Desde entonces la relación quedó interrumpida, aunque por supuesto nos veíamos a veces, cuando venía a Oxford.
– ¿Qué lo trajo esta vez, Mr. Warner?
– Dirijo una nueva pieza, de la que también soy autor, en el Teatro de Repertorio.
– Ajá. ¿Y llegó?
– El domingo. Los ensayos no comenzaron hasta el martes, pero quería tener un día libre para entrar en ambiente y familiarizarme con la compañía.
– ¿Y qué puede decirme sobre sus relaciones con Miss Haskell?
Robert pareció intranquilo.
– Eran bastante poco cordiales. Yseut no era persona que se hiciera querer, y apenas llegué empezó a perseguirme con la intención de revivir el pasado. Como por mi parte no tenía el menor interés en revivirlo, ni nada parecido, las cosas se complicaron un poco. Además no valía mucho como actriz, no podía o no quería hacer caso a mis indicaciones, y se pasaba criticando la obra y la dirección a mis espaldas. En conjunto, no tengo reparos en admitir que para mi personalmente era un estorbo.
El inspector no pudo evitar un sobresalto ante semejante estallido de franqueza, que por alguna razón vaga sentía indecente.
– De mortuis nil nisi malum -añadió Robert, siguiendo un impulso tardío.
– ¿Debo entender, señor, que en ningún momento alentó a la joven en…, este…, sus pretensiones?
– Absolutamente.
– ¿No lo visitó en su cuarto la noche del miércoles? Espero que sepa disculparme por formular preguntas tan íntimas, pero le aseguro que, a menos que su respuesta tenga algo que ver con el caso, no ahondaré en el interrogatorio por ese lado.
Robert pareció sorprendido, pero Nigel no hubiera podido decir si la sorpresa era o no verdadera.
– No -contestó-, a no ser que haya entrado mientras dormía. De cualquier manera, lo cierto es que no la vi.
– Esa noche, la del miércoles, Mr. Warner, ¿estuvo…, estaba usted…?
– El inspector -explicó sir Richard, cortando en seco el desesperado intento del otro de dar con un eufemismo conveniente- quiere saber si esa noche durmió con Miss West.
– No -dijo Robert, imperturbable-, realmente no.
– Ahora bien, señor -prosiguió el inspector-. Estuvo presente en la reunión. ¿Sin duda fue testigo del incidente con el revólver?
– Sí, por supuesto. Es más participé en ese incidente. La muy… -dominándose, continuó-, Yseut insistió en que golpeara a Graham por habérselo quitado. Para entonces estaba bastante bebida.
– Ajá. ¿Y qué hizo después de la fiesta? ¿Fue de los últimos en retirarse?
– Creo que sí. Rachel y yo subimos directamente a nuestras habitaciones, cambiamos algunos comentarios sobre las reuniones aburridas en general y sobre Yseut en particular, y nos dimos las buenas noches. Después me desvestí, fui al baño, tomé unas aspirinas para prevenir cualquier posible efecto de lo que había tomado -«típico de él», pensó Nigel- y me metí en la cama. Leí una media hora, luego me dormí.
– Y a la mañana siguiente, ¿se levantó temprano?
– Alrededor de las ocho, si a eso lo llama temprano. Yo no.
– Cuando bajé pregunté por usted -intervino Nigel, sospechando-. El conserje me dijo que no lo había visto, y el maître que no había bajado a desayunarse.
– Ah, ¿sí? -respondió Robert, fríamente-. Da la casualidad que salí a pasear, y por otra parte muy rara vez me desayuno.
– ¿Y no volvió a su cuarto antes de las diez? -preguntó el inspector.
– No. ¿Para qué iba a volver? Rachel no es como yo; nunca se levanta temprano, y no esperaba verla antes de las diez y media.
– ¿Encontró a alguien durante su paseo?
– Me crucé con varias personas, pero ninguna conocida. Y si me permite, inspector -añadió en tono desagradable-, le diré que si lo que intenta demostrar es que pasé la noche con Yseut, no le envidio el trabajo.