El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
– No, señor -dijo en tono suficiente-. Recuerde que la bala penetró en sentido horizontal. Para eso se habría necesitado una coincidencia fantástica.
– Si las coincidencias no fuesen fantásticas, no habría accidentes -insistió Nigel, picado, negándose a ver la tercera posibilidad-. La gente no suele tomar más que las precauciones ordinarias.
– No, Nigel, eso no sirve -dijo Fen-, en ese sentido no hay ninguna evidencia.
Nigel optó por un silencio malhumorado.
– Entonces -sentenció sir Richard-, no queda más que una alternativa.
Un silencio cargado de presagios siguió a sus palabras, roto al fin por el inspector que, asestando un fuerte puñetazo a la mesa, exclamó excitado:
– Pero ¡no, eso tampoco puede ser! El Williams ese dice que nadie entró ni salió después que vio a la muchacha. Nadie bajó de sus habitaciones, profesor…
– ¡Eh, un momento! -saltó Nigel-. Alguien bajó. Robert Warner vino al baño, dos o tres minutos antes de que sonara el disparo.
– Hum -el inspector no se dejó impresionar.
– Sí, exactamente, inspector -dijo sir Richard-. Es imposible que alguien haya disparado contra la muchacha y hecho todo ese trabajo de falsificación en el medio minuto, aproximadamente, que pasó hasta que nosotros llegamos. Además, estoy seguro de que la coartada de Warner es genuina. Lo oí hacer funcionar el depósito justo cuando bajábamos, y en el preciso instante en que nosotros llegábamos abajo, él descorría el cerrojo.
De mala gana, Nigel asintió.
– Y en la habitación no había nadie escondido, y aunque alguien haya estado aquí esperando cuando ella llegó, no podría haber escapado después de cometido el hecho.
A Nigel se le ocurrió una tercera posibilidad.
– La ventana -dijo en un esfuerzo por superar sus dos yerros anteriores.
– Sí -concedió el inspector, aunque no muy convencido-. Es decir, que quien lo hizo se ocultó aquí antes, mató a la chica, esperó a que Williams llegara, y después, cuando fuera no había digamos moros en la costa, escapó. Pero corrió un riesgo enorme.
– Y esa teoría tampoco explica cómo tuvo tiempo para preparar la superchería -añadió sir Richard. Suspirando, Nigel decidió guardar para sí futuras ideas.
– Sin embargo -decidió el inspector-, vale la pena ahondar un poco más en esa teoría. Es seguro que si alguien salió por la ventana dejó huellas. Aparte de eso, no sé, no sé…
– Suicidio -dijo sir Richard-, estamos de acuerdo en que es muy improbable, por lo del anillo, y porque la joven estaba de rodillas, y por todo eso del revólver; sin contar el enigma de por qué iba a elegir esta habitación para matarse. Un accidente, es prácticamente imposible, lo mismo que, en apariencia, un asesinato. De manera que la única conclusión es…
– La única conclusión es -lo interrumpió el inspector- que la cosa no ocurrió. Quod -añadió pesaroso, en súbita reminiscencia de sus días de estudiante- absurdum est.
7
¿Quién puede decir qué ladrón o enemigo
En el refugio de la noche
Machacará mi pena por lograr su presa
O por inquina malvada y vil?
Campion.
– Bueno -dijo sir Richard, muy resuelto-, eso significa que hay algo que se nos ha escapado. Simplemente tendremos que seguir adelante y ver qué es.
El inspector exhaló un suspiro. Un caso de suicidio servido en bandeja acababa de evaporarse, y ahora vislumbraba complicaciones en el futuro. Por el momento preguntó:
– Entonces ¿por dónde empezamos? Aparte de la acostumbrada rutina de establecer las horas y demás, y de hablar con el portero y con ese tal Williams.
– La investigación, como la caridad, empieza por casa -dijo Fen con tono de hastío.
– Por lo que veo -prosiguió el inspector- habrá que averiguar quién o quiénes tenían motivos para matar a la joven, e interrogar a los sospechosos si los hay.
– ¿No sería preferible no tomar ningún partido todavía? -sugirió sir Richard-. Al fin y al cabo no sabemos si murió asesinada.
– Pero, señor -protestó el inspector, con un deje de impaciencia-, ¿sobre qué otra base le parece que debemos comenzar?
Sir Richard se quedó mirándolo como si acabara de emerger de un capullo de gusano de seda, pero no contestó por la sencilla razón de que no se le ocurría ninguna respuesta.
– Creo que la idea es buena, inspector -intervino Fen, sin mayor entusiasmo-. Pero no en este agujero, por favor. Subamos a mis habitaciones.
– Ese Mr. Warner, ¿no está ahí también?
– Ah, sí. Lo había olvidado. Bueno, ¿qué tal si interrogamos a Williams y al portero aquí abajo, y después subimos a ver a Warner? Una vez que terminemos con él podemos pedir a los otros dos que suban.
– ¿Mr. Fellowes y Mr. Barclay? Sí, parece razonable -el inspector concedió su aprobación con reservas-. Pero no sé si convendría interrogar a los testigos en el ambiente menos confortable.
– Hasta cierto punto tiene razón -dijo Fen, cada vez con menos entusiasmo-. Pero si mienten es mucho más probable que se crean seguros y bajen la guardia al urdir sus mentiras en las profundidades de un sillón. ¡Qué monótono es todo esto! -concluyó con tono sorprendido.
– Y falta otra cosa -insistió el inspector-. Hay que avisar a la familia. ¿Tiene parientes en Oxford la muchacha?
Sólo entonces, por primera vez esa noche, Nigel pensó en Helen. Las dos hermanas eran tan distintas, y por otra parte se habían llevado tan mal, que no le sorprendió comprobar que había olvidado por completo el lazo familiar que las unía. El corazón le dio un vuelco.
– Tiene una hermana -informó-. Helen. También pertenece a la compañía.
El inspector tomó la inevitable nota.
– Tenemos que comunicarnos con ella. Supongo que el número del teatro estará en la guía.
– Sí, pero…, ¿habrá algún inconveniente en que sea yo quien le dé la noticia? Somos buenos amigos, ¿sabe?, y…
El inspector le disparó una mirada severa, pero terminó accediendo.
– Está bien, señor -dijo-. Eso sí, yo en su lugar no entraría en detalles sobre las circunstancias que han rodeado el hecho. Naturalmente habrá que formularle unas cuantas preguntas. Supongo -consultó con ansiedad un diminuto reloj de pulsera femenino- que ahora estará trabajando.
– Sí. Y, pensándolo bien, no veo la necesidad de avisarla hasta después de la función.
– Opino lo mismo. Y los padres, ¿viven? -formuló la pregunta como si sospechara estar en presencia de una especie de autogénesis.
– No, murieron. Tengo entendido que hay una tía lejana, que las tomó a su cuidado; pero en realidad las conozco desde hace tan poco que no sé mucho al respecto. Y por supuesto las dos cumplieron su mayoría de edad.
Asintiendo, y a falta de algo concreto que decir, el inspector produjo unos ruidos vagos con la nariz. Sir Richard sacudió de un hombro a Fen, que se había quedado dormido y se despertó como el lirón del cuento, con un pequeño chillido.
– Propongo -dijo apresuradamente- que Nigel nos hable sobre la muchacha, sobre su círculo de amistades y las relaciones que existían entre ellos; en fin, todo lo que haya podido saber estos últimos días. Supongo -añadió, dirigiéndose al inspector- que no está bajo sospecha, ya que sir Richard y yo podemos corroborar su coartada, y a menos que hubiese recurrido a algún dispositivo de poleas y electroimanes, no pudo haber cometido el crimen.
Los demás soltaron exclamaciones afirmativas, y después que Fen les hubo ofrecido cigarrillos, y que cada uno tuvo el suyo encendido, Nigel les dijo lo que sabía [2].
Todos escucharon atentamente, incluso Fen, recobrado de su sopor. Y aun cuando cambió de posición varias veces, no dejó las manos quietas y adoptó un aire cada vez más sombrío. Era evidente que no perdía palabra. Preciso como buen periodista, Nigel habló con fluidez y soltura, evocando sin dificultad detalles de las conversaciones. Pese a ello, la exposición fue larga, y cuando terminó eran cerca de las diez. El inspector tomaba notas con cansadora persistencia. Sir Richard se tiraba del bigote, escuchando con la mitad de su mente mientras la otra mitad analizaba una nueva teoría que se le acababa de ocurrir sobre la habilidad dramática de Massinger.
[2] Lo que dijo Nigel Blake fue una versión abreviada de lo incluido en los capítulos II, III y IV. No se omitió ni agregó nada. E.C.