El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
O -una nueva idea le asaltó- puede que cometiera suicidio, que se tirase bajo las ruedas de un coche porque ya no era capaz de aguantar más. Cabía imaginar que esas quejumbrosas palabras que precedieron su muerte «¡Es horrible, horrible! ¿Cómo ha podido?» no fueran más que un lamento.
Mientras esperaba a que el novio de Madame se manifestase, Mamoru tuvo la oportunidad de presenciar cómo Makino, que tenía mucho olfato para eso, pillaba in fraganti a unos cuantos ladrones.
En una de esas ocasiones, dos colegialas intentaban ocultar un libro de fotografías de una conocida banda de rock bajo un jersey holgado. Makino les dio un golpecito en el hombro en el instante en el que pusieron el pie en la escalera mecánica que conducía hasta la planta superior. Las chicas se quedaron de hielo frente a la gigantesca pantalla que, en ese momento, mostraba imágenes de las aguas gélidas de un lago canadiense.
– ¡Vaya par de idiotas! -apuntó Madame desde la caja registradora mientras observaba cómo se llevaban a las chicas a la oficina-. Van a echarlas del instituto.
Ninguna de las culpables mostraba la menor señal de inquietud.
– ¿Crees que serán muy duros con ellas? Ese tipo de chicas no actúa como si hubiese cometido un delito.
– No, tienes razón. Y la policía tampoco se lo toma muy en serio, pero los centros escolares sí que toman medidas. -Las chicas llevaban los uniformes del mejor instituto privado de todo Tokio-. Makino dice que si se trata de un centro cuya política es estricta, contactan con los padres en el momento en el que se comete la menor infracción, y los obligan a esperar en el pasillo junto a sus hijas hasta que un claustro de profesores decide qué tipo de castigo infligirles. Y esas reuniones a puerta cerrada pueden durar horas. Casi me parece castigo suficiente.
– ¿Y entonces las expulsan?
– Eso he oído.
– ¿Tan duros son con un par de chiquillas que solo responden a un impulso? -Mamoru empezaba a apiadarse de aquellas chicas.
– Hum, impulso… -Madame se ajustó las gafas que habían acabado deslizándose por el puente de la nariz. Ladeó la cabeza y prosiguió-: Llámame anticuada si quieres y es posible que, al fin y al cabo, no se trate más que de un conflicto generacional, pero yo creo que el término «impulso» se ha quedado obsoleto. Los chicos de hoy en día roban con toda la intención; no hay nada impulsivo en ello. Creen que pueden disculparse y alegar que se han dejado llevar por una tentación momentánea. Pero eso no soluciona las pérdidas de hasta 4.5 millones de yenes que se producen cada año.
– ¿Tanto se pierde en hurtos de este tipo? -Mamoru sabía que existía un montón de rateros, pero no tenía ni idea de a cuánto podían ascender las pérdidas.
Madame Anzai asintió.
– Facturamos 20 millones de yenes al mes por un espacio de 300 metros cuadrados lo cual, dicho sea de paso, no es un resultado muy alentador.
– ¿20 millones de yenes no es lo suficientemente alentador? -Mamoru no daba crédito.
– Bueno, desde que Takano está al mando, el volumen de negocio ha conocido un leve incremento. Aun así, la empresa ha de pagar a los empleados y demás costes ¿no? Al final, el beneficio actual solo asciende a 4.4 millones mensuales. Eso significa que si los hurtos nos cuestan 4.5 millones al año, tenemos que trabajar un mes entero para cubrirlo.
»Y ocurre lo mismo en otros departamentos. Es incluso peor en la Sección de Audio. En definitiva, con este tipo de bromas pesadas, de impulsos como tú los llamas, cualquier tienda que sea más pequeña que la nuestra puede irse a pique.
De modo que todo aquel conjunto de pequeños hurtos sumaba semejante cantidad.
– Me he enterado de que algunos de los chicos incluso se reúnen para comerciar con los artículos que nos roban. ¡Están vendiendo artículos robados!
Makino regresó en el momento en que Madame ponía punto y final a su discurso.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó.
– Le rogaron a Takano que no llamase al centro. Sus padres ya están de camino, así que supongo que les echarán un buen sermón y se irán a casa. -Makino parecía decepcionado-. Estoy seguro de que no es la primera vez que lo hacen, solo que en esta ocasión han sido más lentas y he podido pillarlas con las manos en la masa. Apuesto a que ya lo han hecho delante de mis narices sin que yo me diese cuenta.
– ¡Este Takano es un blandengue con las chicas! -exclamó Madame en voz alta, para que todos la escuchasen.
El otro caso de robo era diametralmente opuesto al de las colegialas. Un joven que afirmaba ser miembro de un grupo de teatro del que nadie había oído hablar fue interceptado en posesión de una colección de obras de teatro y una revista especializada que ofrecía un extenso reportaje fotográfico sobre los entresijos del montaje. El total de ambos artículos ascendía a 12.000 yenes.
Este caso, sin embargo, no era tan concluyente como el anterior. Makino pilló al culpable antes de que abandonara la tienda aunque de camino a los ascensores. No hizo ningún intento por escapar, sino que alegó su intención de pagar, abrió la cartera y mostró que llevaba encima 30.000 yenes. Amenazó a Makino con demandar a la tienda por calumnias.
Mamoru observó con ansiedad la escena desde detrás de la estantería de publicaciones recientes. Sabía que Laurel había recibido amenazas similares antes, y que incluso se habían puesto en marcha algunas acciones judiciales contra los grandes almacenes. También estaba al tanto de que la dirección había sancionado a ciertos empleados involucrados en esos incidentes.
En esta ocasión, no obstante, la suerte estuvo de parte de Makino, puesto que el sospechoso también llevaba dos videojuegos de la segunda planta. Llamaron a la policía y resultó que el ratero contaba con antecedentes: ¡tenía en su haber un total de ocho condenas!
– Ya le tenía echado el ojo. Sabía que tarde o temprano lo pillaría -explicó Makino-. Hoy ha sido demasiado descuidado. No suele operar de ese modo.
– ¡Han sido tus superpoderes sensoriales! -sonrió Mamoru.
Más tarde, cuando discutía el arresto con Sato, este le dijo:
– Makino está imparable esta semana. Ya ha desenmascarado a cuatro rateros. Quizá tenga algún tipo de sexto sentido.
Mamoru tuvo noticias de Madame Anzai durante la pausa del almuerzo. Entró con una libreta en la mano en el almacén donde el chico bebía una taza de café.
– Mi novio dice que por supuesto que existe una revista llamada Canal de Información.
– ¿En serio? -Mamoru se levantó de un salto, emocionado, derramando todo el café. Madame se apartó bruscamente para no mancharse.
– Vaya. ¿Tan importante es para ti?
– Sí que lo es.
– Aunque tiene un origen algo dudoso. El primer número salió a finales del año pasado, y solo le han seguido tres ejemplares más. Fue distribuida por los canales convencionales, pero la editorial, de la que nadie ha oído hablar por cierto, dejó de publicarla.
– ¿Qué tipo de revista era? ¿De qué editorial se trata?
– Mi novio dice que solo hay un registro. Los números están agotados, de modo que no lo sé. Lo que sí está claro es que no es el tipo de revista que pondrías en manos de un niño. Toma. -Le tendió la libreta-. Aquí está el nombre y la dirección de la editorial. Y esto de aquí es información sobre los editores. Pero dudo que consigas hablar con ellos.
Mamoru sostuvo la libreta como si fuese un billete para viajar alrededor del mundo.
– Estoy segura de que te encantaría ponerte con ello ahora mismo -añadió Madame, ceñuda-. Por desgracia, ya sabes la cantidad de trabajo que tenemos hoy Mamoru sabía que andaban faltos de personal. Las tardes de los fines de semana eran muy ajetreadas y una de las chicas ya se había marchado a casa con dolor de cabeza.
– Pero… -Madame había ocultado su mano izquierda detrás de la espalda. En cuanto la asomó, a Mamoru se le iluminó el rostro-. Aquí tienes tu permiso para marcharte antes. Takano me dijo que hiciese cualquier cosa que necesitases.