El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
No le quedaba otra que duplicar una. Quizá necesitara regresar y, de ser así, ya no tendría que manipular la cerradura una segunda vez.
Mamoru se apoyó sobre una rodilla y sacó una caja de herramientas del tamaño de un estuche de lápices. La abrió y extrajo una llave en bruto con una única muesca. Gramps le había enseñado a salpicar hollín sobre una llave sin duplicar antes de introducirla en la cerradura, pero Mamoru prefería utilizar la levadura con la que Maki hacía sus pasteles. Sería más fácil distinguir los puntos donde necesitaba hacer las muescas.
Cubrió la llave de polvo blanco y la introdujo con sumo tiento en la cerradura. El mayor problema que podía surgir en un momento como aquel eran los propios latidos de su corazón. Cuanto más nervioso se ponía, más riesgo corría que un mero temblor de manos frustrase todo el trabajo.
Sacó la llave y divisó una fina línea en el polvo. No todos podían distinguir ese detalle; tenías que saber lo que estabas buscando. La línea representaba la silueta de la cerradura. Mamoru sacó una lima, marcó esa línea y comenzó a esculpir la silueta. El éxito residía en tomarse el tiempo necesario, probar las veces que hiciera falta, y asegurarse de que el diseño era perfecto. Para el chico, la cerradura era como la dama que destacaba por sus principios. Hacía falta paciencia y tacto para desarmarla.
Al cuarto intento, Mamoru pudo sentir que las cinco muescas encajaban con la cerradura y, hecho esto, giró la llave muy lentamente. En cuanto lo hizo, oyó que el perno se movía. Le llevó veinte minutos en total.
Guardó la llave en el bolsillo, y sopló con suavidad en el interior de la cerradura. Estaba seguro de que nadie se molestaría en comprobar nada, pero quería borrar cualquier rastro que apuntara al uso de levadura. Entonces, se puso en pie y abrió la puerta.
Cuando Mamoru penetró en el apartamento, se encontró con un tipo de oscuridad muy distinta. Podía distinguir una fragancia dulzona pero muy tenue. La fallecida había dejado tras ella un olor a perfume. Mamoru se quedó inmóvil y sacó una diminuta pero potente linterna que arrojaba un fino haz de luz, un chisme que había comprado en Akihabara [5]. La encendió y la ajustó hasta la máxima potencia para poder orientarse con facilidad. El apartamento estaba dotado de un minúsculo recibidor, con apenas el espacio suficiente como para que un invitado pudiese quitarse los zapatos. A la derecha, quedaba un zapatero sobre el que descansaba un jarrón vacío. Tras este, en la pared, colgaba una copia de un cuadro de Marie Laurencin.
A Mamoru le crispaba los nervios esa chica de cara pálida que le devolvía la mirada desde el marco. Su prima también era admiradora de la pintora y tenía varios libros biográficos en su colección. La estética era de inspiración romántica, pero no del tipo que uno admiraría en lugares oscuros. Mamoru estaba seguro de que jamás llegaría a apreciar su obra.
En cuanto la linterna barrió el espacio que quedaba justo ante él, se vio invadido por una sensación de júbilo. Su pie derecho rozaba un paragüero metálico. Suerte que Mamoru permaneció inmóvil, de lo contrario, habría tropezado contra el objeto y, probablemente, despertado a los vecinos de rellano. Lo rodeó con sumo cuidado y se adentró en la siguiente habitación.
Se trataba de una cocina concebida a idéntica escala que el recibidor. Dos tazas y platillos, secos desde hacía mucho, todavía esperaban ser recogidos en el escurridero emplazado junto al fregadero. Una mesa blanca y dos sillas; una lámpara de techo de un tono rojizo que colgaba lo suficientemente baja como para darse un buen golpe en la cabeza. Un horno asomaba sobre un frigorífico pequeño, ambos de color blanco, al igual que el armario que quedaba al lado. Más allá, se levantaba otra puerta marcada por una pegatina que decía: «Baño».
Mamoru la abrió y entró. Una vez comprobó el espacio para asegurarse de que no hubiese ninguna ventana que delatara su presencia, encendió la luz que, fluorescente, resplandeció a regañadientes.
Estaba claro que Yoko Sugano era muy ordenada y que le gustaba el blanco y el rosa. Los artículos de tocador y las zapatillas de casa eran de color rosa pastel y quedaban bien colocados en el diminuto cuarto de color hueso. Un único pelo largo colgaba del borde de la bañera. Mamoru supuso que pertenecía a Yoko y que, por lo tanto, la chica debió de tener una increíble melena.
Fue entonces cuando recayó en que ignoraba por completo qué aspecto tenía la joven, cómo llevaba el pelo, o si era alta o baja. No había asistido al funeral y los periódicos no publicaron ninguna fotografía suya. Estaba casi seguro de que su tío tampoco había podido contemplar su físico en la décima de segundo que precedió el accidente.
Aquel pensamiento amenazaba con derrumbar su valentía de un manotazo, como si de un castillo de naipes se tratase. ¿Qué diablos estaba haciendo allí? Se arrastró fuera del cuarto de baño, dejó la puerta entreabierta y la luz encendida: nadie podría vislumbrar la luz desde la calle, y aquello iba a facilitar la inspección del resto del apartamento. Había una puerta más al otro lado de la cocina, y ahí terminaba todo. La habitación a la que conducía dicha puerta medía unos cuatro metros cuadrados, superficie cubierta por un suelo de parqué. Estaba sobriamente amueblada con una cama sencilla y una cómoda bajita. Junto a la ventana, quedaban dispuestas una silla y una mesa de escritorio. La alfombra que ocupaba el centro del cuarto hacía juego con el armario portátil de plástico que, con toda probabilidad, habría comprado en una de esas cadenas de muebles y artículos de decoración donde se adquirían trastos que uno mismo debía montar en casa. La cremallera que lo abría estaba medio bajada.
Mamoru supuso que la madre de Yoko había hurgado en sus cosas en busca de algo con lo que vestirla para el velatorio. Al acercarse, percibió una agradable fragancia.
¿Por dónde empezar? Se había planteado la misma pregunta de antemano y, pese a que su plan inicial era dar con un diario, se dispuso a buscar un álbum de fotos. Sentía la obligación de conocer el aspecto de Yoko antes de seguir inmiscuyéndose en su vida. Localizó un álbum en la balda inferior de una estantería. Estaba cargado de fotografías, principalmente de mujeres. En una serie que parecía conmemorar algún antiguo viaje, figuraba un grupo de chicas vestidas con ropa de excursión. Posaban para el fotógrafo, con el índice y dedo corazón alzados a modo de signo de la paz, y con unas cataratas de telón de fondo. Determinó que Yoko Sugano debía de ser la chica pálida y alta con el pelo largo y liso cuyo rostro aparecía una y otra vez a lo largo del álbum. En algunas fotografías, asomaba junto con otra chica, ambas ataviadas con quimonos, que se le parecía bastante. Supuso que se trataba de su hermana pequeña. Probablemente las instantáneas fueran tomadas durante las últimas fiestas de Año Nuevo, cuando Yoko regresó a casa.
Decidió poner el álbum en su sitio, pero una tarjeta cayó de un bolsillo integrado en la contracubierta. Era un viejo carné de estudiante de una academia. Aquella fue la prueba definitiva de que Mamoru había acertado a la hora de poner cara a Yoko. Le pareció una chica preciosa. No de esas que, al cruzarse con ellas en la calle, uno sentía el impulso de acercarse y preguntar lo primero que se le pasara por la cabeza… Al contrario, era más bien una mujer de una belleza tan imponente que cortaría de raíz las iniciativas de cualquier galán. Parecía una de esas azafatas que trabajaban en ferias y congresos.
«Encantado de conocerte. Siento mucho que sea en estas circunstancias mientras me entrometo en tu vida», se lamentó el chico.
Ahora que Mamoru reparaba de nuevo en la estantería, se percató de que estaba llena a rebosar. Algunas novelas románticas y de misterio, aunque gran parte de la colección la acaparaban volúmenes relacionados con el aprendizaje de idiomas: varios diccionarios, que permitían suponer que Yoko estudió inglés y francés; manuales de introducción a la interpretación; ejemplares destinados a la preparación de exámenes específicos y a la formación en el extranjero.
[5] Akihabara, barrio de Tokio ubicado entre los distritos de Chiyoda y de Taitó, famoso en todo el mundo por albergar una densísima concentración de tiendas de artículos eléctricos y electrónicos. {N. de la T.)