El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
»Esas chicas preciosas con sus ropas de diseño… Cuando las tienes frente a ti te da la sensación de que no serían capaces de matar una mosca. Fueron educadas por buenos padres, en buenos hogares. Asistieron a escuelas decentes y todas tuvieron novio. ¡Pero si incluso contribuyeron a las obras de caridad que se celebran a finales de año! Se sienten orgullosas de lo que hacen para ganarse la vida. ¿Puedes creerlo? ¡Orgullosas! Se jactan de que su objetivo son los hombres solitarios. Los que llegan a sus apartamentos vacíos, los que no tienen a dónde ir los domingos y van a comprar de noche a la tienda donde llenan sus carritos de platos precocinados. Se divierten arrebatando a esos hombres todo lo que tienen. Se ríen de ellos porque para agradarlas se gastan una pasta en una simple prenda que ellas acaban tirando en la basura de una estación de tren.
Hashimoto estaba enfadado. Se inclinó hacia adelante y, apestando a alcohol, señaló a Mamoru con el dedo.
– Jovencito, esas mujeres son escoria. No siento ni una pizca de simpatía por ellas. Si una de ellas ha muerto, se ha llevado su merecido.
Antes de marcharse, Mamoru dio a Hashimoto la dirección y el número de teléfono de su tía y tío.
– ¿Estaría dispuesto a contar esa misma historia a nuestro abogado e incluso a declarar ante la policía? -preguntó.
– Supongo que tendré que hacerlo -repuso este, encogiéndose de hombros-. Tal vez alguien fuese detrás de Yoko Sugano. O puede que ya no pudiese más y optase por acabar con su miserable vida. ¿Y necesitas que lo demuestre?
– Eso es.
Hashimoto hurgó en un armario y sacó una abultada carpeta que lanzó a Mamoru.
– Ahí están las transcripciones de la entrevista y todas las fotos. -Las imágenes eran nítidas; en el reverso aparecían los nombres de cada chica: Yoko Sugano, Fumie Kato, Atsuko Mita y Kazuko Takagi-. Si te sirve de algo, todo tuyo.
– Genial.
– Ahora que lo pienso, alguien más se pasó por aquí por la misma historia. Me explicó que quería demandar a la estafadora que lo desplumó, que necesitaba todos los datos que le pudiera proporcionar sobre ella. Le verdad es que fue muy generoso por la copia que le facilité de ese mismo expediente. -Hashimoto alzó la botella, en un gesto triunfal-. No sé si ha inciado acciones legales. Llama de vez en cuando y, eso sí, jamás olvida mandarme más whisky.
– Bien, pues haremos lo que podamos para complacerlo.
– Haz lo que te parezca correcto -masculló Hashimoto entre risas.
Al reparar en la carpeta que yacía sobre la mesa, Mamoru recordó que Akemi Mizuno había mencionado que otra persona se interesó por el mismo asunto.
– Oiga, ese benefactor suyo, ¿no se trataría de un hombre mayor, por casualidad?
– Sí, justamente. Un tipo entrado en años. ¿Cómo lo has sabido?
– Creo que dio con usted por la misma vía que yo. Compró al editor de la revista los ejemplares sobrantes. ¿Le dijo a cuál de las chicas pretendía demandar?
Hashimoto dio un golpecito con el dedo en la fotografía de Kazuko Takagi.
– A esta.
Aún con su ejemplar de la revista en la mano, Mamoru se puso en pie.
– Guarde el expediente de momento. Ya le contactaré cuando lo necesitemos. Llame a este número si por motivos de trabajo ha de salir de la ciudad -explicó, apuntando al número que acababa de escribir en la libreta.
Hashimoto permaneció sentado y agitó los brazos hacia todo el desorden que lo rodeaba.
– Hablas con demasiada seriedad para no ser más que un crío. ¿Acaso tengo pinta de irme de viaje?
– Tiene razón. ¿Sobre qué está escribiendo ahora mismo?
– ¿A ti qué te parece? -rebatió Hashimoto, alzando la botella de whisky.
– No sabría qué decir.
– Yo tampoco. Mi mujer se ha largado, ¿sabes?
Las ebrias carcajadas de Hashimoto lo escoltaron hasta la salida.
– Firmad aquí… y aquí. ¿Habéis traído vuestros sellos [6]?
En un movimiento perfectamente acompasado, las dos chicas sentadas frente a Kazuko negaron con la cabeza. Una de ellas, cuya tez pálida le confería un aspecto enfermizo, no dejaba de apartarse del rostro un grasiento cabello. La otra padecía un grave caso de acné que le salpicaba toda la cara.
– Pues entonces, he de pediros vuestras huellas dactilares -prosiguió, esbozando la más radiante de las sonrisas para resaltar su cutis libre de impurezas-. Lo siento, pero os tendréis que manchar de tinta. -Ambas hicieron lo que se les pedía. Kazuko aguardó hasta que cumplieron con el requisito y, hecho esto, les tendió unas toallitas para que pudiesen borrar el rastro de tinta azul de sus dedos-. Muy bien. El contrato está completo. Tal vez os parezca algo caro, pero se trata de una cuota anual. Si hacéis cuentas, veréis que no os cuesta más que los productos de belleza que normalmente compráis. La transferencia es automática y solo asciende a diez mil yenes al mes. ¡Ni lo notaréis!
»También tengo un obsequio para vosotras. -Kazuko sacó dos vales de color verde claro del bolso y entregó uno a cada chica-. Un tratamiento especial en nuestro salón de belleza estética. No tiene fecha de caducidad, de modo que podéis ir cuando queráis. Hay masajes faciales y corporales en los que empleamos lo último en cremas de belleza. Queda entre nosotras, no le digáis a nadie que os los he dado solo por firmar el contrato. Se supone que no puedo regalarlos -aseguró, esbozando una sonrisa picara, como para que la confidencia sonara lo más honesta posible. Ellas se echaron a reír al unísono.
Kazuko sabía perfectamente que si esas chicas aparecían por el salón estético, dejarían de reír de inmediato. La invitación que les había regalado solo cubría el gasto de los albornoces, de uso obligatorio, y del refresco que les servirían en la sala de espera. Kazuko había omitido precisar que el vale no incluía los masajes.
Había avistado a las chicas deambular por la Sección de Cosméticos de unos lujosos grandes almacenes. Esta planta estaba plagada de tantos mostradores individuales cuantas marcas existían en el mercado de belleza. En cada uno de ellos aguardaba un asesor estético. Kazuko se había quedado rezagada atrás, sin perder de vista a sus presas mientras estas echaban un vistazo antes de dirigirse a otra zona de las galerías.
Abordó a sus objetivos e inició su charla comercial con tono suave y profesional, dejándolas suponer que ella también era asesora de belleza. Después, solo tuvo que acompañarlas del brazo hasta la elegante cafetería que quedaba al margen de la zona de ventas y, en cuestión de minutos, el trato quedó cerrado.
– Tenéis mucha suerte. Ambas poseéis unos rasgos preciosos -empezó Kazuko nada más acomodarse las tres en una mesa. Fingió estudiar sus caras con mucho interés-. Y es que claro, la fisonomía de un rostro traza el límite de nuestras competencias. Ni la cirugía plástica lo puede arreglar todo. Algunas de mis dientas tienen el mentón demasiado cuadrado… Menudo reto.
En este punto, Kazuko alzó la mirada al techo y las manos al aire, en un gesto de frustración. Las dos chicas no pudieron contener la risa.
– Cuando mujeres así piden mi ayuda, me da un apuro… Lo único que puedo aconsejarles es intentar disimular el problema con algo de maquillaje. ¿Qué fue de la mujer con semejante mentón? Ahora luce un aspecto mejorado. ¿Y qué hay de vosotras dos? Bien, os quedaréis de piedra cuando veáis el partido que podéis sacar a vuestra belleza.
Una vez que Kazuko hubo guardado las solicitudes, trípticos, datos bancarios y documentos con la debida autentificación aportada mediante huellas dactilares, tendió la mano hacia la cuenta. Pero, de súbito, se detuvo en seco y añadió:
– Tengo que marcharme. Aún he de ver a otras dientas. ¿Conocéis una agencia llamada HeartLux?
[6] Cada ciudadano japonés cuenta con un sello personal, o Hincan Toruko, que lleva grabado su nombre y apellido. Es imprescindible para realizar numerosos trámites y viene a sustituir lo que en Occidente desempeña el acto de firmar. (N. de la T.)