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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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Subió los tres escalones y se encontró frente a una puerta en la que una placa anunciaba: «Nobuhiko y Masami Hashimoto». Nobuhiko Hashimoto era el nombre que Akemi le había dado.

Mamoru pulsó el polvoriento timbre en el preciso instante en que alguien lo interpelaba.

– Está roto.

Se volvió sobre sí mismo y se encontró con un hombre que asomaba su incipiente barba por una de las ventanas.

– El electricista no viene a arreglarlo. ¿Puedes creerlo?

Ya había caído la tarde, pero el hombre entrecerraba los ojos molesto por la luz, como si acabara de levantarse.

– La puerta no está cerrada. Entra. Necesitas que te firme algo, ¿no? -Apenas hubo acabado su frase cuando su cabeza desapareció dentro.

Mamoru abrió la puerta y aguardó en el diminuto vestíbulo. El zapatero estaba irremediablemente dañado. Era como si, en un arrebato de ira, alguien hubiese lanzando un objeto contra el mueble. Quizá una de las botellas de licor amontonadas en el suelo. Daba la impresión de que se acababa de celebrar una fiesta.

– ¿Dónde estás? -preguntó el hombre.

– ¿Es usted Nobuhiko Hashimoto? -se aventuró Mamoru, que procuraba mantener la compostura.

– El mismo. ¿Dónde firmo?

– No soy un mensajero. He venido a hacerle algunas preguntas acerca de este artículo. -En cuanto Mamoru sacó la copia de Canal de Información, el hombre sufrió un tic en uno de los párpados-. Siento haber venido sin avisar, pero hay algo que necesito saber.

– ¿Quién te ha dado mi nombre?

Cuando Mamoru explicó que Akemi Mizuno lo enviaba, su interlocutor esbozó una mueca y le lanzó una mirada severa.

– ¿No eres demasiado joven para este tipo de cosas? -Y entonces estalló en lúgubres carcajadas.

– Me dijo que fue usted quien llevó a cabo esta entrevista.

Hashimoto cerró los ojos. Se llevó la mano a la sien.

– Escucha, tengo resaca. Algún día lo entenderás. La cabeza me va a estallar. Lo último que quiero hacer ahora mismo es hablar de trabajo.

– Solo escuche lo que he venido a decirle -imploró Mamoru-. No estoy aquí por una simple cuestión de curiosidad.

El hombre le miró de hito en hito con semblante suspicaz. Sus ojos se posaron brevemente en la revista antes de verse arrastrados hacia el chico.

– De acuerdo. Será mejor que entres.

La cocina, o lo que en su día tuvo que ser una, quedaba a la derecha del estrecho vestíbulo. Era más bien una cloaca: la encimera se veía engullida por pilas de platos sucios, salpicada de restos putrefactos de comida; el suelo también quedaba cubierto por un dédalo de botellas de licor vacías. Y para rematar el panorama, un enjambre de moscas estaba de patrulla. Mamoru se preguntó cuánto tiempo se tardaría en limpiar aquella habitación.

El hombre condujo a Mamoru hasta el salón que, en realidad, parecía una oficina patas arriba. El espacio quedaba acondicionado por una gran mesa sobre la cual se apilaban más botellas y un ordenador gris. Junto a esta, una mesita que sostenía una impresora. Una estantería corredera que se alzaba hasta el techo y revelaba toda una colección de libros. Había tantos volúmenes que a Mamoru le recordó la Sección de Libros en Laurel. El único título que tuvo tiempo de identificar fue Honrarás a tu padre, de Gay Tálese. El libro se había convertido en todo un supervenías el año anterior, y Mamoru ya había tenido la ocasión de leerlo, movido por la curiosidad de averiguar qué recomendaciones haría el autor a los que no tenían ningún padre al que honrar.

Toda la habitación estaba descuidada y cubierta de polvo. Lo único que parecía alardear no ya de impoluto pero sí de aceptable era el cristal de las botellas a las que aún les quedaba algo de líquido dentro.

Mamoru se sentó en el sofá dispuesto frente a la mesa. Regurgitaba relleno de los abundantes agujeros, y manchas indescifrables se esparcían aquí y allá cual islotes de un archipiélago. Mamoru decidió que no utilizaría el cuarto de baño bajo ningún concepto.

– Entonces, ¿a qué has venido exactamente? -Hashimoto tomó asiento frente a Mamoru y encendió un cigarrillo. Aparentaba unos treinta y tantos años, pero su semblante decía que había perdido todo propósito en la vida. Ni siquiera se pasó la mano por su pelo despeinado en un vano intento por estar presentable.

Mamoru tomó una decisión cruciaclass="underline" iba a contar toda la verdad. Empezó desde el principio. Se lo contó absolutamente todo, desde el extraño de las llamadas anónimas hasta las últimas palabras pronunciadas por una agonizante Yoko Sugano.

Hashimoto escuchó con atención, fumando un cigarrillo tras otro. Cuando no le quedaba más que la colilla, la utilizaba para encender otro, antes de arrojar el que ya no necesitaba a una lata vacía.

– Entiendo-dijo-. Así que Yoko Sugano ha muerto.

– Sí, salió en los periódicos. -Mamoru no pretendía ser grosero, pero su tono denotaba una crítica implícita. No entendía que alguien que se ganaba la vida escribiendo artículos no leyera la prensa.

Hashimoto le lanzó una mirada cargada de excusas.

– Sí, bueno, lo cierto es que ahora no leo mucho. No ocurre nada medianamente emocionante y lo que hasta ahora leía estaba tan mal redactado que acabé perdiendo el interés.

– Pero sabe quién es Yoko Sugano. La fotografía, la entrevista… ¿Verdad?

No proporcionaban los nombres de las protagonistas del reportaje, sino que las llamaban señorita A, señorita B y así sucesivamente.

Hashimoto desvió la mirada hacia la ventana, casi como si hubiese olvidado que Mamoru estaba allí.

– Sí, es ella. -Se volvió hacia su invitado y continuó con tono sosegado-: Yoko Sugano era parte de esa entrevista. Yo estuve allí hablando con ella. La recuerdo porque, aunque ganaba menos dinero que las demás, era la más bonita.

Mamoru se sintió tan aliviado que la cabeza le dio vueltas.

– Entonces, ¿también conocía a las demás?

– No, tuve que buscar mujeres dispuestas a hablar conmigo. Les pagué una buena cantidad, por supuesto. Cada una recibió 100.000 yenes por dos horas de entrevista, sin contar la cena y el taxi.

– ¿Por qué tanto dinero?

– Para que pudiese utilizar sus fotografías. -Hashimoto se echó a reír en cuanto reparó en la expresión de desconcierto de Mamoru-. No les conté nada de eso, está claro. Se supone que guardarían el anonimato. Les dije que tomaría fotografías pero no las publicaría. Estaban acostumbradas a ganar dinero sin hacer prácticamente nada, aunque deberían haber sabido que yo no haría semejante inversión sin esperar nada a cambio. -A Hashimoto se lo veía disfrutar-. Cuando el reportaje vio la luz, todas protestaron. Yoko Sugano también llamó.

– ¿Y qué le dijo?

– «¿Cómo has podido? ¡Me has arruinado la vida!». Cosas por el estilo. Y yo contesté: «No te preocupes, mujer. Tu círculo de amigos no encaja con el público objetivo de la revista y jamás se toparán con tu fotografía. Nadie lo sabrá nunca». Ella empezó a llorar. Era obvio que no tenía lo que debía tener para realizar un trabajo de semejantes características.

Mamoru sabía que Yoko estaba aterrada. Se mudó de casa y cambió de número de teléfono. Rememoró el mensaje en su contestador automático: «No puedes escapar».

– ¿Y las cuatro se conocían de antes de la entrevista?

– No creo. Supongo que se hicieron amigas después. A mí no me gustaría nada congeniar demasiado con alguien que conozca ese aspecto de mi vida.

Hashimoto se puso de pie con una idea en mente. Recogió una de las botellas esparcidas en el suelo y escarbó entre las pilas de papeles que se acumulaban en la mesa hasta dar con un vaso sucio que se ocultaba bajo unos cuantos volúmenes sobre economía.

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