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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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Y ahí acababa la cinta.

Pertenecía a ese hombre, de eso no cabía duda. Una voz que Mamoru no podía quitarse de la cabeza… El mismo hombre que llamó a su casa contactó también con Yoko Sugano.

¿Cuándo la llamó? ¿Cuánto tiempo pasó antes de su muerte?

«No puedes escapar.»

La chica no solo se mudó, sino que también cambió su número de teléfono. ¿Qué sería ese Canal de Información? ¿Tendría algo que ver con todo el dinero que había ganado?

Las preguntas acribillaban su mente sin darle tregua.

Decidió que ya tenía suficiente por el momento. Por fin contaba con unas cuantas pistas por dónde empezar a investigar. Las palabras del desconocido debían de encerrar algún tipo de significado.

Mamoru se marchó del apartamento y se encaminó hacia la intersección donde había tenido lugar el accidente. Se quedó allí durante un rato y, a continuación, se arrodilló para atarse los cordones de las zapatillas. Cuando se puso en pie, reparó en un coche de color gris plata que cruzaba lentamente la intersección para detenerse al otro lado, junto a la zona de recreo. La puerta se abrió y el conductor se apeó. A Mamoru le picó la curiosidad, de modo que se escabulló hacia un lado de la carretera y observó con atención.

Se trataba de un hombre trajeado, alto y de hombros anchos. Aunque estuviera de espaldas, Mamoru pudo advertir que no era joven. El humo de color púrpura que se escapaba de su cigarrillo ascendía en espiral. ¿Qué estaría haciendo allí a aquellas horas de la noche?

Como imitando los movimientos que Mamoru había ejecutado antes, el hombre se quedó inmóvil en medio del silencioso cruce, sin apartar la vista del semáforo. De repente, se volvió hacia donde acechaba Mamoru que se apresuró a agazaparse en la oscuridad. Pudo distinguir el mentón cuadrado del desconocido, un pelo bien peinado y unos aladares de color grisáceo.

Al cabo de cinco minutos, el hombre se montó en su coche y desapareció. Mamoru echó a correr en dirección a casa. El olor a tabaco pendía aún del aire cuando cruzó la intersección.

* * *

– ¿Canal de Información?

Mamoru comenzó su jornada laboral del domingo clasificando las revistas que habían agotado sus tres semanas en depósito en la sección y debían ser devueltas a los editores. La Sección de Libros estaba abarrotada de clientes, y el ambiente era tan estridente como bullicioso. Mamoru y Sato estaban muy atareados.

Sato frunció el ceño al escuchar un nombre desconocido para él.

– No me suena nada. ¿Estás seguro de que es el nombre de una revista?

– Sí, estaba catalogada como «ejemplar de», así que debe de tratarse de una revista o de un libro. Estaba seguro de que tú lo sabrías.

La voz del contestador automático había mencionado «otro ejemplar» de Canal de Información encontrado «en una librería de segunda mano».

– Me parece un título demasiado raro como para que corresponda a un libro. -Sato parecía estar disfrutando con el acertijo.

– Y probablemente no tendría mucho gancho comercial -añadió Mamoru.

– Seguro que quedó descatalogado tras unos cuantos meses. Pero conozco los nombres de todas las revistas que han durado al menos un año. ¿Tienes ese ejemplar?

– No, nada más que la referencia. Es posible que saliese a la venta durante el pasado año.

– Nada nos impide hacer una consulta, aunque puede que no figure en ninguna base de datos. Tal vez sea algún tipo de publicación clandestina y, de ser así, no nos llevará a ningún sitio sin el típico subtítulo extraño que complementará la referencia.

«¿Una publicación clandestina?» ¿Por qué no se le había ocurrido tal cosa? Yoko Sugano era una chica hermosa, tal vez, modelo. Y todo ese dinero en su cartilla de ahorros… ¡Jamás habría podido ganar semejantes sumas con un empleo a media jornada cualquiera!

Mientras Sato y él sacaban las revistas anticuadas de sus envoltorios, el primero suspiró.

– Todas estas chicas tan preciosas acaban en revistas como estas. Cuesta no compadecerse de ellas. ¡Pero mira cuántos títulos hay! ¡Es como buscar una aguja en un pajar!

– Sí, supongo que tienes razón.

– ¡Hola, chavales! ¿Trabajando duro? -Makino, el guarda encargado de la seguridad en la Sección de Libros, deambulaba por la escalera de servicio. Aquel día, presumía de traje y corbata. Su forma de vestir le resultaba encomiable a Mamoru, no por lo que llevaba sino por cómo lo llevaba. Fuera cual fuese el atuendo, todo le quedaba como un guante. Cuando elegía un traje de corte británico, parecía un auténtico ejecutivo, de ésos que disponían de un vestidor enorme y se jactaban de una impresionante colección de ropa. Si se decantaba por una chaqueta fina y unos vaqueros desgastados de cuyos bolsillos asomaban sus apuestas, pasaba perfectamente por un corredor de apuestas de pacotilla de camino a casa tras una carrera.

– Estad alerta. A vuestros fieles clientes se les echan encima los exámenes finales y están muy inquietos.

– Eh, que yo también encajo con ese perfil -intervino Mamoru.

– Pues a apechugar, colega -farfulló Sato, pero Makino no estaba dispuesto a dejar que se saliese con la suya.

– ¿Y lo dice un tipo que ha tardado ocho años en acabar una carrera y aún no tiene un trabajo decente?

– ¿Cómo que no? Esto es un trabajo.

– Pues a eso me refería. ¿Piensas trabajar toda la vida a media jornada en una librería? Jamás cotizarás lo suficiente como para cobrar una pensión en condiciones cuando te jubiles y andes todo el día amargando la vida a tu mujer -resopló Makino-. Ya sabes lo que dicen de la gente que lee demasiado, ¿verdad? Si es mujer, que acaba siendo una solterona, y si es hombre, un eunuco.

– Venga ya, estás chapado a la antigua -rió Mamoru.

En ese preciso instante, Sato dio un brinco.

– ¡Mamoru! Creo que acabo de dar con la persona que resolverá el enigma de Canal de Información.

– ¿En quién estas pensando?

– Pues, en Madame Anzai, por supuesto. Ella nos lo dirá… Si es que no ha roto ya con ese novio suyo, claro.

– ¿Si no ha roto, dices? Qué manera tan suave de ponerlo -bromeó Makino.

Masako Anzai era toda una institución en la Sección de Libros. La veterana llevaba incluso más años trabajando allí que Sato. Era carismática e imponente, de ahí que se hubiese ganado el mote de Madame. Lo cierto era que no le haría ninguna gracia enterarse de que Sato había pensado en ella por una referencia a mujeres a las que se les pasa el arroz.

– Por ese Sato no muevo ni un dedo, pero si se trata de Kusaka… -Esa fue su respuesta cuando le preguntaron acerca de la misteriosa publicación.

– ¿Te suena de algo?

– Dame unas horas y estoy segura de que averiguaré algo. Pero ya sabes que no es fácil localizarlo. -Se refería a uno de sus novios que además de escritor, coleccionaba revistas-. Le gustaría abrir una hemeroteca en un futuro y la verdad es que ya ha creado una base de datos que no tendría nada que envidiar al servicio de documentación de cualquier periódico…

Mientras continuaba seleccionando las revistas, Mamoru se preguntó cuál sería el fruto de aquella búsqueda. ¿Qué tendría ese Canal de Información para causar tantas desgracias a Yoko Sugano? Si efectivamente se trataba de una publicación clandestina, ¿podría haberla utilizado alguien para hacerle chantaje?

No era más que una joven estudiante. Quizás se hubiese visto arrastrada, sin darse apenas cuenta, a una situación desafortunada, tal vez engatusada por alguien con un pico de oro que le prometiera montones de dinero. Al menos, ese era el tipo de historias de las que se hacían eco en programas de televisión y revistas.

Puede que el acosador la interceptara aquella fatídica noche en el cruce. Era posible que hubiese intentado escapar al verse perseguida.

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