El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
Sin embargo, ningún diario a la vista. Era posible que Yoko nunca hubiera tenido uno. Tampoco encontró ni agendas ni libretas de direcciones. ¿Las llevaría consigo en el bolso el día del accidente?
¿Y las cartas?
Mamoru avistó el tablón que colgaba sobre la cabecera de la cama y una especie de sobre destinado a archivar la correspondencia. No contenía muchas cartas. «Hoy en día, todo el mundo se comunica por teléfono», pensó, incapaz de recordar la última vez que él mismo había escrito una carta.
Entre los pocos papeles guardados, encontró la tarjeta de un salón de belleza y una postal enviada por una amiga que le escribía desde el extranjero. «¿Qué tal te va? Me lo estoy pasando genial…». En este sobre donde se almacenaba el correo recibido, no se conservaba más que una carta firmada por Yukiko Sugano. Había unos cuantos pétalos de rosa esparcidos por el papel y la caligrafía era redonda, de una mujer joven. El sucinto mensaje informaba de que todos estaban bien, que Yukiko tenía un nuevo trabajo y que si Yoko la visitaba durante las vacaciones de septiembre, podría conocer al bebé de Ayako. Las últimas líneas denotaban cierta preocupación por Yoko. No la había encontrado muy bien cuando hablaron por teléfono. ¿Tenía algún problema? Mamoru sintió que se le cerraba la boca del estómago.
Había apostado que averiguaría algo yendo a casa de Yoko. No tenía que haber prestado atención a esa llamada telefónica. ¿Acaso imaginaba que la chica tenía algo que ocultar?
«¿Qué pensarían si dieran con mis herramientas para forzar cerraduras en mi habitación?», se preguntó. Tal vez lo confundiesen con un criminal. Y entonces, se hallaría en un buen brete.
Dejó escapar un suspiro, se sentó en el suelo y volvió a echar un vistazo a su alrededor. Hizo una comparación mental con la habitación de su prima Maki: desde esa perspectiva, la humildad del cuarto en el que se encontraba se hizo patente a la vez que conmovedora. La televisión y la radio eran vetustas, pertenecían a una época que había pasado a la historia hacía mucho. Probablemente las hubiese comprado de segunda mano. El escueto equipamiento audiovisual estaba desprovisto de grabadora de vídeo. La pantalla de la lámpara era poco elegante y algo anticuada, y las cortinas no podían ser de un género más económico.
Era un edificio decrépito. Mamoru encontró dos agujeros en la pared por donde se filtraba el agua. Los grifos de la cocina y del cuarto de baño estaban anticuados, y el suelo cubierto de arañazos. Se preguntó cuánto pagaría de alquiler por ese cuchitril. Imaginaba que Yoko recibía dinero de sus padres y salía adelante con lo que ganaba en un hipotético empleo a media jornada. No, la vida no era de color de rosa. Las estudiantes que podían permitirse una vida de lujos y ropa de diseño eran más bien la excepción que confirmaba la regla.
«¿Qué hay del dinero?»
A Mamoru no le agradó la idea de fisgonear hasta tal extremo en la vida privada de la chica, pero hizo de tripas corazón y reflexionó sobre el asunto. ¿Cuál podía ser la situación económica de Yoko?
Supuso que su única oportunidad de averiguar algo era estando allí, de modo que empezó a rebuscar en los cajones. En el segundo cajón del escritorio encontró un montón de facturas, una hoja en la que se detallaban los gastos de la casa y dos cartillas. Una de ellas había sido cancelada, por lo que examinó detenidamente la que parecía más nueva. Estaba claro que el nivel de vida de Yoko se caracterizaba por su austeridad. Acababa los meses con un saldo disponible que rozaba el 0, unos cientos de yenes de excedente como mucho. Una vez al mes, efectuaba un depósito de unos 80.000 yenes que, con total seguridad, le mandaban sus padres. Pocos días después, solía registrarse una transferencia en concepto de salario. El pasado mes ganó 103.541 yenes. Mamoru se remontó a fechas anteriores. Las cifras coincidían en septiembre, agosto, julio… No obstante, en el pasado mes de abril, la cartilla reflejaba una curiosa operación.
Había conseguido reunir en su cuenta mucho más dinero. Yoko había realizado un importante ingreso.
Resaltaban cantidades que oscilaban entre los 250.000 y los 600.000 yenes, e ingresos en efectivo en los que no se especificaba concepto alguno. No había nada anormal en cuanto a los pagos regulares que realizaba. En cambio, cada vez que el saldo rondaba los 500.000 yenes, se retiraba gran parte del dinero. Mamoru siguió hojeando la cartilla hasta alcanzar una página en la que se detallaba una relación anual de ingresos y reintegros. Había realizado un total de siete depósitos de 500.000 yenes cada uno. Una suma equivalente había sido retirada en abril, con lo cual, aún le quedarían unos tres millones de yenes ahorrados.
Mamoru volvió a echar un vistazo a su alrededor. ¿Cómo podía esa chica poseer un saldo millonario en su cuenta bancaria y llevar un estilo de vida tan sobrio? Hojeó la vieja cartilla y descubrió que la serie de depósitos colosales se inició en febrero del año anterior. Durante los quince meses siguientes, es decir, hasta abril de aquel año, Yoko Sugano había ahorrado hasta el último yen para acumular una suma astronómica de dinero.
¿Por qué ahorrar tantísimo dinero? ¿A qué se dedicaba para generar cantidades tan ingentes?
A continuación, el chico abrió la libreta en la que se detallaban los gastos domésticos. Todo quedaba debidamente plasmado y clasificado por meses. Destacaba una entrada el día doce de abril destinada a «los costes de la mudanza» y «fianza». Ahí había ido a parar el dinero del primer depósito de 500.000 yenes. Solo hacía seis meses que se había mudado a aquel apartamento.
Durante quince meses, ganó importantes sumas de dinero, y la fecha de la mudanza coincidía con el momento en el que los ingresos cesaban. Aquel dato paralizó todos sus pensamientos, cual aguja de un tocadiscos sobre un vinilo rayado.
«Gracias por asesinarla. Se lo estaba buscando.»
Pero ¿qué había hecho?
Mamoru colocó en su sitio las cartillas, se cruzó de brazos, y reflexionó sobre el nuevo hallazgo. Mientras contemplaba la idea de buscar algún dato más, reparó en la tenue luz rojiza que resplandecía en la oscura habitación.
Era el contestador automático. El diodo encendido apuntaba a la existencia de mensajes. Mamoru hurgó en el teléfono hasta dar con la diminuta cinta que se escondía en el interior del aparato.
Quizás hubiese algo ahí.
Encendió la linterna, rebobinó la cinta y empezó a escucharla desde el principio.
«Soy Morimoto. Me voy de viaje, así que no iré mañana a clase. Ya me contarás qué nota has sacado cuando regrese. Y no te apures, te traeré algo.»
Se oyó un tono agudo y, a continuación, una nueva voz.
«Hola, soy Yukiko. Llamaré más tarde. ¿Por qué no consigo localizarte nunca?».
La siguiente voz era de un hombre.
«Soy Sakamoto, del Instituto Hashida. Gracias por acudir el otro día a la entrevista. Me alegra anunciarle que ha superado con éxito el proceso de selección. Si es posible, nos gustaría empezar la semana que viene. Por favor, llámeme en cuanto oiga este mensaje.»
A continuación sonó otra voz de hombre, algo más animada esta vez.
«Así que has cambiado de número de teléfono sin avisar.» Esa voz afónica… Era la del siniestro hombre que había llamado a casa de Mamoru… El mismo que dijo: «Gracias por asesinarla. Se lo estaba buscando». Mamoru escuchó con atención.
«Me ha llevado algún tiempo, aunque tampoco me ha costado demasiado hacerme con tu nuevo número de teléfono y tu dirección. ¿Qué se le va a hacer? Quería comunicarte que he encontrado otro ejemplar de la revista Canal de Información en una librería de segunda mano. Me das pena, de verdad que sí, pero no puedes escapar. ¡Hasta pronto!».