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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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El anciano no necesitó más de cinco minutos para forzar la cerradura. Mamoru tuvo la sensación de estar presenciando un truco de magia, pero Gramps lo miró con semblante ceñudo.

– Tu madre y tú deberíais instalar una cerradura más sólida -le advirtió-. Esta parece de juguete.

Al día siguiente, Gramps apareció con una nueva cerradura para la puerta. Cuando se dispuso a colocarla, el chico intervino.

– ¿Crees que sería capaz de hacerlo?

– ¿Te gustaría intentarlo?

– ¡Sí!

– Bien -dijo Gramps-. Serás capaz de cualquier cosa siempre que te lo propongas.

Fue así como Mamoru empezó a aprender los entresijos del oficio. Su primer cometido fue familiarizarse con los diferentes tipos de cerraduras y sus correspondientes mecanismos. Existía en el mercado una miríada de modelos muy distintos entre sí que además variaban dependiendo del país donde los fabricaran. A este vasto campo de estudio venía a añadirse el hecho de que los tipos de tecnología empleados eran tan dispares como avanzados. Mamoru empezó a tratar con dispositivos de combinación numérica así como con candados de bicicletas o cerraduras de automóviles. Después, Gramps le enseñó todo lo que sabía sobre cerraduras de tambor de pines, el tipo más común. Mamoru aprendió a abrir cerraduras con la ayuda de dos trozos de alambre e incluso se confeccionó su propia ganzúa. Fue iniciado a la impresión de llaves, a la duplicación de las mismas, materia en la que perfeccionó su destreza realizando centenares de copias. Llegó incluso a aprender la técnica de desarmar cerrojos con una llave distinta a la original. Un proceso que le recordó al de hacer entrar en razón a una persona muy tozuda. Y como colofón, aprendió a manipular una cerradura con combinación para extraer el código cifrado que la abría.

Ahora que lo pensaba, Mamoru se daba cuenta de que ni las cerraduras ni las llaves solían ser un hobby muy común entre niños, pero para él resultó ser una verdadera pasión. No tenía nada más en lo que ocupar su tiempo libre. Y lo que fue una afición nacida de la casualidad se convirtió en todo un rompecabezas al que iba a dedicar los diez años siguientes de su vida.

En el mes de octubre del año anterior, justo cuando las últimas hojas caían de los árboles, Gramps murió de un infarto. Mamoru sintió que el mundo se le caía encima.

Gramps le había regalado un juego nuevo de herramientas pocos días antes. El chico se preguntaba si, de algún modo, el anciano presintió que le había llegado su hora. Aquel día, le preguntó:

– ¿Sabes por qué te he enseñado a forzar cerraduras?

Mamoru estaba tan embelesado con su nuevo juego de herramientas que no prestó demasiada atención a la pregunta.

– Por mi insistencia, supongo.

– No. ¿Acaso no recuerdas lo que te dije la primera vez que te encomendé una tarea? Puedes hacer cualquier cosa siempre que te lo propongas. -Lanzó una profunda mirada al chico antes de proseguir-: Jamás me has hablado de tu padre.

– Pensaba que ya lo sabías todo -contestó el chico, confuso-. Todo el mundo está al tanto de lo que sucedió.

– Y todavía hay personas que te lo recuerdan, ¿verdad?

– Algunas. Pero no tantas como antes.

– La gente olvida. Todos acaban olvidando tarde o temprano.

– Yo también procuro olvidarlo.

– ¿Te has divertido aprendiendo los trucos del oficio?

– Sí.

– ¿Por qué?

Mamoru reflexionó unos segundos antes de responder.

– ¡Porque nadie más puede hacerlo!

Gramps asistió y tomó las manos del chico entre las suyas.

– ¿Alguna vez has contemplado la posibilidad de usar tus conocimientos para robar o hacer daño a alguien?

– ¡Nunca! -Mamoru estaba indignado-. ¿Crees que sería capaz?

– No, desde luego que no. Mira, hay muchas cosas que te he enseñado y que ya no sirven de nada. Los tiempos cambian, y cada día sacan nuevos tipos de cerraduras y llaves. Ya verás como dentro de poco, el oficio tal y como lo conocemos habrá desaparecido. -Mamoru tuvo la sensación de que el anciano estaba melancólico-. Pero eso no significa que con el tiempo olvides todo lo que has aprendido. No eres como los demás. Tú eres especial. Puedes ver cosas que otros prefieren no ver. Puedes adentrarte en lugares donde jamás se atreverían a entrar los demás. Pero tú, sí. Puedes hacer cualquier cosa que te propongas.

Gramps miró a Mamoru a los ojos.

– Podrías haber hecho lo que te viniese en gana con todo lo que has aprendido y, sin embargo, no lo has hecho. Jamás se te ha pasado por la cabeza. Creo en ti y por esa razón te he enseñado todo lo que sé. Las llaves, Mamoru, protegen todo aquello que uno considera valioso. Tu padre -continuó con tono triste-, no poseía la destreza de abrir cerraduras, ni tampoco tenía en su poder una llave maestra. No obstante, hizo lo que no debería haber hecho. Robó dinero. Alguien le entregó la llave de una caja que protegía algo importante. Depositó su confianza en él, y tu padre lo traicionó. Abrió esa cerradura cuando no debería haberlo hecho jamás.

»Tendrás que sufrir las consecuencias de lo que tu padre hizo hasta que te conviertas en adulto. No será fácil. Pero no es eso lo que me preocupa. Tu padre no era malo, sino débil. Y todos llevamos dentro esa debilidad. Tú también. Y cuando te des cuenta de que está ahí, entenderás lo que él hizo. Lo que me inquieta es que los demás presupongan que tú seguirás sus pasos.

Mamoru miró a Gramps a la cara. No pudo ni quiso interrumpir el monólogo del anciano.

– Mi experiencia me dice que existen dos tipos de personas: aquellos que no hacen lo que no quieren aunque se les presente la oportunidad y aquellos que no se rinden hasta que consiguen lo que quieren. Ignoro por cuál de los dos apostaría. Lo que sí te puedo asegurar es que cuando inventas excusas para justificar lo que has hecho o no, estás cometiendo un grave error.

»Mamoru, jamás utilices a tu padre como excusa. Ni se te ocurra. Algún día entenderás de donde viene la debilidad de tu padre y lo triste de sus acciones.

Gramps volvió a tomar a Mamoru de la mano, en esta ocasión, del mismo modo que lo había hecho la primera vez que le enseñó a empuñar las herramientas. Tenía las manos secas y lisas, y sorprendentemente fuertes.

«¿Cuál he de utilizar?». Esa fue la primera pregunta que Mamoru se planteó frente al apartamento de Yoko Sugano. No necesitaba más luz que la fluorescente que manaba de la lámpara del rellano. De todos modos, no había cerradura cuyo interior se pudiese conocer a simple vista.

No obstante, a Mamoru le bastó un solo vistazo para determinar la mala calidad de la cerradura que tenía enfrente. Miró a la izquierda, a la derecha: las puertas de los pisos vecinos llevaban el mismo modelo. Se trataba del mismo cerrojo endeble e incluso menos efectivo que el que se utilizaba para equipar las puertas de las viviendas sociales. El pestillo era la única pieza que se salvaba del conjunto. Aun así, Mamoru sabía que tanto la puerta como el cerrojo tenían sus años. Bastaría con pasar una tarjeta de crédito por la ranura y un buen empujón para abrirla. No era, ni por asomo, el tipo de material que elegiría una joven para sentirse segura en su propia casa. Las cerraduras decían mucho sobre las intenciones del propietario de un inmueble. Mamoru reparó en que la cerradura solo estaba ensamblada con dos remaches pese a que hubiese agujeros para tres.

Las cerraduras de cilindro hacían funcionar el mecanismo de pasador mediante una combinación de pines de distintas dimensiones. Al introducirse la llave correcta en la hendidura cilíndrica, los pines se veían propulsados hacia arriba y, una vez alineados, era posible hacer rotar el tambor que abría la cerradura. Mamoru no había traído consigo el llavero en el que guardaba todas sus llaves, y el corazón le dio un vuelco al darse cuenta de lo mucho que lo necesitaba ahora.

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