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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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Mamoru se dirigió al vestuario. Su corazón rebosaba de agradecimiento hacia Madame Anzai, su novio y Takano.

* * *

Una mujer con tono animado respondió a la llamada.

– ¡Love Love, dígame!

Mamoru miró la libreta que Madame le había entregado. La caligrafía era nítida, así que no podía tratarse de un error: «Yoshiyuki Mizuno, editor».

– Perdone, creí que este era el teléfono de los Mizuno.

– Sí, es este.

– Busco a Yoshiyuki Mizuno.

– Es mi marido.

Mamoru dejó escapar un suspiro de alivio.

– Me gustaría hablar con él sobre una revista que solía publicar: Canal de Información.

– ¿Qué quieres saber? -repuso con tono de guasa la mujer tras un breve silencio.

– Me temo que no puedo explicárselo por teléfono. Me llamo Mamoru Kusaka. Soy estudiante… No quiero causar ninguna molestia.

– Bien, pues será mejor que te pases por aquí. Regentamos una cafetería llamada Love Love. ¿Conoces la dirección? Toma papel y lápiz.

No hubo necesidad de apuntar nada. La cafetería estaba situada en una ubicación excelente, frente a una estación de tren. La fachada era blanca y resaltaba por unas ventanas y toldos de estilo occidental. En su interior, las enormes aspas de un ventilador de techo giraban despacio.

El local estaba atestado de jóvenes clientes. Sonaba música de fondo. Mamoru reparó en una gramola.

– ¡Anda! ¡Qué chico tan mono! -Una señora alta, delgada, de unos treinta y tantos años lo saludó. Llevaba un jersey holgado, vaqueros ajustados y sandalias de cuero. A simple vista, no llevaba maquillaje, pero Mamoru percibió la fragancia de su perfume. Su cabello negro le rozaba los hombros y a un lado asomaba un mechón de color castaño claro.

– Soy Akemi Mizuno, la mujer de Yoshiyuki. Eres Mamoru, ¿verdad? Si quieres saber algo sobre Canal de Información, estoy segura de que podré ayudarte. Fui yo quien la financió y perdió el dinero cuando el proyecto se fue al traste.

– ¿Está aquí el señor Mizuno?

Akemi se echó a reír.

– No tengo ni idea de dónde estará. Una vez que sale, es imposible saber cuándo regresa.

Akemi estaba detrás de la barra, y Mamoru tomó asiento frente a ella. Le puso una taza de café.

– ¿Y qué busca un jovencito tan bueno como tú en una revista tan obscena como esa? Sé que los chicos necesitáis divertiros de vez en cuando, pero hay un montón de revistas y vídeos que puedes conseguir con mucha más facilidad.

– ¿De modo que Canal de Información es una revista porno?

– Fue clasificada como tal pero, por lo visto, no era lo suficientemente obscena para triunfar en el mercado. Un buen planteamiento, pero nada que lo respaldase. Eso es lo que Yoshiyuki te dirá.

– ¿Le queda algún ejemplar?

La expresión de júbilo abandonó el rostro de Akemi.

– Ya veo que hablas en serio ¿Por qué no me lo cuentas todo? Tengo la sensación de que si no lo haces, me veré metida en un buen lío.

Mamoru se lo explicó todo. Al menos, todo lo que había tramado de camino a la cafetería. Le dijo que un amigo suyo había encontrado un ejemplar en una librería de segunda mano, y que este le habló de la fotografía de una chica que guardaba un pasmoso parecido con su hermana, desaparecida hacía mucho.

– ¿Y por qué no la compró tu amigo? Así podría habértela enseñado.

– No me afirmó con seguridad que se tratase de ella. Ten amigos para esto…

Akemi tomó su propia taza de café, luciendo una manicura perfecta. Se quedó absorta en sus cavilaciones.

– ¿Está segura de que no le queda ningún ejemplar? -insistió Mamoru-. Si pudiera hacerme con uno…

Akemi lo miró fijamente.

– Hace unos pocos meses, alguien vino pidiendo un ejemplar de la revista. Era mucho mayor pero, por lo visto, perseguía el mismo objetivo que tú. En su momento no le di importancia aunque sonaba tan serio como tú ahora. Nos quedaban algunos ejemplares, y los compró todos.

»Estoy convencida de que algún pariente suyo aparecía como modelo en uno de esos números. Una hija o una nieta, quizás. Quería comprarlas todas para detener su circulación. Yoshiyuki y yo tuvimos una pelea por ese motivo. Yo dije que no importaba lo mucho que le pagara a esas chicas, que lo que estaba mal, estaba mal.

– ¿Entonces no le queda ningún ejemplar? -Mamoru sintió que el alma se le caía a los pies.

– Tenemos un ejemplar de cada número. Yoshiyuki insistió en conservarlos. ¿Estás seguro de que quieres verlos? ¿No existe otro modo de encontrar a tu hermana? Si tu amigo tenía razón, va a ser un golpe muy duro para ti.

– No me importa. Por favor, muéstremelas.

Akemi condujo al chico hasta la trastienda, y entraron en una especie de oficina. La mesa estaba llena de archivos, y había un calendario en una de las paredes.

Akemi Mizuno era una mujer de negocios. Su marido parecía ser el tipo que, contando con la financiación que su esposa podía asegurarle, no dudaba en embarcarse en cualquier aventura que se le antojase.

– Aquí están. Interrumpimos la publicación después del cuarto número. -Akemi extendió las revistas sobre la mesa y dejó a Mamoru solo para que les echara un vistazo.

Canal de Información era el tipo de revista que alguien ojearía en una de esas tiendecitas abiertas de noche y, a poder ser, de espaldas a la cajera. Escrutó con mucha atención cada una de las páginas, antes de pasar al siguiente número. Se alegró de que nadie más pudiera ver lo que estaba haciendo.

Entonces, dio con lo que buscaba.

Cuando Mamoru regresó a la barra, Akemi estaba charlando con un cliente. Alguien acababa de introducir una moneda en la gramola, y sonaba una canción que le era familiar. Venía a decir algo así como: «todos llevamos una máscara tras la que escondernos, y que dejamos caer solo cuando nadie más puede contemplar nuestro verdadero rostro…»

– ¿Has encontrado lo que buscabas? -Akemi se volvió para mirarlo.

Mamoru asintió.

– ¿Sabe quién escribió este artículo?

Extendió el segundo número de Canal de Información. Había una fotografía en la que aparecían cuatro mujeres de cintura para arriba. Hablaban y reían. Todas eran hermosas. Sus pieles y cabellos resplandecían en la arenosa superficie del papel.

La segunda mujer empezando por la izquierda era Yoko Sugano; Mamoru la reconoció gracias a las fotografías que había hallado en su apartamento. Bajo la imagen, figuraba un titular destacado: «Sus servicios cuestan una fortuna y conocen todos los subterfugios para salirse con la suya. Las amantes de alquiler se desnudan para los lectores».

Y bajo el titular, destacaban las declaraciones de las entrevistadas. La primera rezaba así: «Somos prostitutas modernas: nos pagas para que nos enamoremos de ti».

* * *

La dirección que Akemi proporcionó a Mamoru quedaba a media hora de distancia, a las afueras de la ciudad. La estación de tren de la zona disponía de una única salida, y conducía hasta un pequeño barrio que nada tenía que ver con aquel en el que residían los Asano. El anticuado vecindario arraigado en la tradición tokiota se veía sustituido por una flamante urbanización donde las hileras de árboles custodiaban unas calles perfectamente pavimentadas.

Mamoru se detuvo en una inmobiliaria para preguntar. Un hombre de mediana edad, con un traje de punto, se sentaba tras un mostrador, leyendo el periódico. Con suma amabilidad, dibujó un mapa en el reverso de una vieja guía.

– Queda a diez minutos a pie -afirmó.

Mamoru llegó a una casa verde. Pese al diseño moderno, el deterioro quedaba patente en los bordes del tejado y los marcos de las ventanas, y la puerta se había salido de sus goznes y se derrengaba hacia la pared. En lugar de cortinas, unas maltrechas persianas venecianas entorpecían la vista. A juzgar por los cristales, las ventanas llevaban al menos un año sin limpiar.

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