El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
Él le brindó al librero su más fría y más aristocrática mirada.
– Se disculpará con la dama, o haré que se arrepienta mucho, de verdad.
Pero el librero era claramente un idiota delirante, porque no aceptó la oferta que Turner le daba, en su estimación, muy generosamente. En vez de eso, echó hacia delante la mandíbula agresivamente y anunció:
– No tengo nada de lo cual disculparme. Esa mujer vino a mi tienda…
– Ah, demonios -murmuró Turner. Ahora no había forma de evitar la desgracia.
– … Perturbó a mis clientes, me insultó…
Turner apretó la mano en un puño y la dirigió directamente a la nariz del librero.
– Ah, Dios Bendito -suspiró Miranda-. Creo que le rompió la nariz.
Turner la fulminó con una mirada mordaz antes de bajar la mirada hacia el librero en el piso.
– Creo que no. No sangra lo suficiente.
– Lástima -murmuró Miranda.
Turner la agarró del brazo y la arrastró hacia él. La sanguinaria y pequeña moza iba a conseguir que la matara.
– Ni una otra palabra hasta que salgamos de aquí.
Los ojos de Miranda se ensancharon, pero cerró sabiamente la boca y le permitió sacarla de la tienda. Cuando pasaron por el escaparate, sin embargo, ella vislumbró La Morte D’Arthur y exclamó:
– ¡Mi libro!
Eso fue el colmo. Turner se detuvo intempestivamente.
– No quiero oír otra palabra acerca de su condenado libro, ¿me oye usted?
La boca de Miranda se abrió.
– ¿Entiende lo que acaba de suceder? Golpeé a un hombre.
– ¿Pero acaso no concuerda que él necesitaba que lo golpearan?
– ¡No tanto como usted necesita que la estrangulen!
Ella retrocedió, claramente agraviada.
– Al contrario de lo que sea que usted piensa en mí -exclamó él-, no paso mis días reflexionando sobre cuándo y dónde aplacaré mi agresividad.
– Pero…
– Pero nada, Miranda. Usted insultó al hombre…
– ¡Él me insultó!
– Estaba solucionando el asunto -dijo entre dientes-. Por eso me trajo aquí, para solucionarlo todo. ¿No es así?
Miranda frunció el ceño y movió el mentón con un brusco y reacio movimiento.
– ¿Qué demonios era el problema con usted? ¿Qué si ese hombre hubiera tenido menos restricción? Qué si…
– ¿Pensó que mostraba restricción? -preguntó ella, atónita.
– ¡Al menos tanto como la tuvo usted! -La cogió de los hombros y casi la comenzó a sacudir-. Bendito Dios, Miranda, ¿se da cuenta de que hay muchos hombres que no parpadearían antes de golpear a una mujer? O algo peor -agregó él de manera significativa.
Esperó su respuesta, pero ella lo miraba fijamente, sus ojos inmensos e impasibles. Y tuvo el mayor presentimiento de que veía algo que él no.
Algo en él.
– Perdón, Turner -dijo ella entonces.
– ¿Debido a qué? -preguntó él menos que amablemente-. ¿Por hacer una escena en medio de una tranquila librería? ¿Por no callarse cuando debía hacerlo? Por…
– Por trastornarle -dijo quedamente-. Lo siento. No está bien que lo haya hecho.
Sus suaves palabras cortaron limpiamente su enojo, y él suspiró.
– Simplemente no lo haga otra vez, ¿lo jura?
– Lo prometo.
– Bien. -Se dio cuenta de que aún la sostenía por los hombros y aflojó su agarre. Entonces se dio cuenta de que sus hombros se sentían muy bien. Sorprendido, la soltó del todo.
Ella inclinó la cabeza a un lado cuando una expresión preocupada cruzó su rostro.
– Por lo menos creo que lo prometo. En verdad trataré de no hacer nada que lo altere como en esta ocasión.
Turner tuvo una repentina visión de Miranda intentando no trastornarlo. La visión lo contrarió.
– ¿Qué le ha sucedido? Dependemos de su sensatez. Sólo Dios sabe que ha salvado a Olivia más de una vez de un problema.
Ella apretó fuertemente los labios, y luego dijo:
– No confunda sensatez con mansedumbre, Turner. No son la misma cosa. Y con seguridad ciertamente no soy sumisa.
Notó que ella no era desafiante, simplemente indicaba un hecho, uno que sospechó su familia había inadvertido por años.
– No se preocupe -dijo con cansancio-, si alguna vez tuve la noción que usted era sumisa, tenga la seguridad de que me ha desengañado de ello esta tarde.
Pero que Dios lo ayudara, ella no estaba convencida.
– Si veo algo que es obviamente una injusticia -dijo ella seriamente-, no puedo sentarme y no hacer nada.
Iba a matarlo. Estaba seguro de ello.
– Sólo intente alejarse de lo obviamente descarriado. ¿Podría hacerlo por mí?
– Pero no creo que esto sea algo particularmente descarriado. E hice…
Él alzó la mano.
– Nada más. Ni otra palabra del tema. Me quitará diez años de vida hablar sobre esto. -La tomó del brazo y se dirigió hacia la casa.
Querido Dios, ¿qué estaba mal en él? Su pulso aún estaba acelerado, y ella ni siquiera estuvo en peligro. No realmente. Dudaba que el librero pudiera dar un buen puñetazo. ¿Y además, por qué diablos estaba tan preocupado por Miranda? Por supuesto que se interesaba por su bienestar. Era como una hermana pequeña para él. Pero entonces trató de imaginarse a Olivia en su lugar. Todo lo que podía sentir era una apacible diversión. Algo estaba muy mal si Miranda podía ponerlo así de furioso.
CAPÍTULO 6
– Winston estará aquí enseguida. -Olivia entró majestuosamente en el salón rosado con aquella declaración, ofreciendo a Miranda una de sus sonrisas más alegres.
Miranda alzó la vista de su libro, una manoseada y decididamente nada glamurosa copia de Le Morte d’Arthur que había tomado prestada de la biblioteca de Lord Rudland.
– ¿En serio? -murmuró, incluso aunque sabía muy bien que se esperaba que Winston llegase aquella tarde.
– ¿En serio? -la imitó Olivia. -¿Eso es todo lo que puedes decir? Perdón, pero tenía la impresión de que estabas enamorada del chico, oh, discúlpame, ahora es un hombre, ¿no es así?
Miranda volvió a su lectura.
– Te dije que no estaba enamorada de él.
– Bueno, pues deberías estarlo -replicó Olivia-. Y lo estarías, si te dignaras a pasar algún tiempo con él.
Los ojos de Miranda, que se habían estado moviendo con determinación por las palabras de la página, se detuvieron de golpe. Alzó la vista.
– Perdón, pero, ¿no está en Oxford?
– Bueno, sí -dijo Olivia, restándole importancia al comentario con un movimiento de la mano como si las sesenta millas de distancia no tuvieran trascendencia-, pero estuvo aquí la semana pasada, y apenas pasaste tiempo con él.
– Eso no es verdad -replicó Miranda-. Dimos un paseo a caballo por Hyde Park, fuimos a Gunter a por helados, e incluso tomamos una barca por el Serpentine aquel día en que hizo tanto calor.
Olivia se dejó caer en una silla cercana, cruzándose de brazos.
– No es suficiente.
– Te has vuelto loca -dijo Miranda. Agitó ligeramente la cabeza y la giró de vuelta a su libro.
– Sé que vas a quererlo. Sólo necesitas pasar algo de tiempo en su compañía.
Miranda apretó los labios y mantuvo los ojos firmemente sobre el libro. Aquella no era una conversación que pudiese llegar a nada sensato.
– Estará aquí sólo durante dos días -meditó Olivia-. Vamos a tener que trabajar rápido.