El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
– ¿Y qué libro sería?
Olivia la fulminó con la mirada.
– Ya sabes cuál.
– ¿Podría ser ése que habla del Imperio Otomano, o el que va sobre tramperos en Canadá, o aquél que habla de la filosofía de Adam Smith?
– El del Smith ese -contestó bruscamente Olivia.
– ¿En serio? -preguntó Winston, girándose hacia su gemela con renovado interés-. No tenía ni idea de que te gustaran ese tipo de cosas. Este año leímos La Riqueza de las Naciones. Es una mezcla bastante interesante de filosofía y economía.
Olivia sonrió apretadamente.
– Estoy segura de que sí. Me aseguraré de darte mi opinión una vez termine de leerlo.
– ¿Hasta dónde has leído? -Preguntó Turner.
– Sólo unas pocas páginas.
O al menos eso fue lo que Miranda creyó oír. Era difícil estar segura debido a lo apretado de los dientes de Olivia.
– ¿Quieres una galleta, Olivia? -preguntó Turner, y luego le sonrió de manera fugaz y burlona a Miranda, como diciendo: Los dos estamos juntos en esto.
Parecía un jovencito. Lucía joven. Parecía… feliz.
Y Miranda se derritió.
Olivia cruzó la habitación y se sentó al lado de Winston, pero por el camino se inclinó y le susurró en la oreja a Miranda:
– Estaba intentando ayudarte.
Sin embargo, Miranda aún se estaba recuperando de la sonrisa de Turner. Sentía como si el estómago se le hubiese caído a los pies, la cabeza le daba vueltas, y parecía como si su corazón estuviese latiendo en una sinfonía completa. O bien estaba enamorada o había pillado la gripe. Echó una mirada furtiva al cincelado perfil de Turner y suspiró.
Todos los signos apuntaban hacia el amor.
– Miranda. ¡Miranda!
Alzó la vista hacia Olivia, quién decía su nombre impacientemente.
– Winston quiere conocer mi opinión sobre Las Riquezas de las Naciones cuando acabe de leerlo. Le dije que tú lo leerías conmigo. Estoy segura de que podremos conseguir otra copia.
– ¿Qué? Oh, sí, de acuerdo, me encantará leerlo. -Fue sólo cuando vio la sonrisa de satisfacción de Olivia que Miranda se dio cuenta de a lo que acababa de acceder.
– Vaya, Miranda -dijo Winston, inclinándose sobre la mesa y dándole golpecitos en la mano con la suya-. Tienes que contarme cuánto has disfrutado la temporada.
– Estas galletas están deliciosas -declaró Turner en voz alta, alargando la mano para coger una-. Perdóname, Winston, ¿podrías mover el brazo? -Winston devolvió el brazo a su antigua posición, y Turner cogió una galleta y se la metió con rapidez en la boca. Sonrió ampliamente-. ¡Maravillosas como siempre, señora Cook!
– Te prepararé otro plato para ti en sólo unos minutos -le aseguró ella, radiante ante el halago.
Miranda esperó a que terminara el intercambio y entonces le dijo a Winston.
– Ha sido adorable. Simplemente me hubiese gustado que hubieses estado aquí más a menudo para disfrutarla con nosotros.
Winston se giró hacia ella con una perezosa mirada que debería haberle hecho dar un salto el corazón.
– Al igual que yo -dijo- pero me quedaré durante la mayor parte del verano.
– No tendrás mucho tiempo para las damas, me temo -interpuso Turner amablemente-. Por lo que recuerdo, mis vacaciones de verano las pasaba de juerga con los amigos. Era enormemente divertido. No querrás perdértelo.
Miranda lo miró de forma rara. Turner sonaba casi demasiado alegre.
– Estoy seguro de que lo fue -contestó Winston-. Pero también me gustaría ir a algunos de los eventos de la sociedad.
– Buena idea -dijo Olivia-. Querrás adquirir un poco de saber estar entre la sociedad.
Winston se giró hacia ella.
– Tengo suficiente saber estar, muchas gracias.
– Por supuesto que sí, pero no hay nada como la experiencia real para, er, refinar a un hombre.
Winston se sonrojó.
– Tengo experiencia, Olivia.
Los ojos de Miranda se abrieron como platos.
Turner se puso de pie en un único y fluido movimiento.
– Creo que esta conversación se está deteriorando con rapidez hasta un nivel nada adecuado para oídos tiernos.
Winston pareció como si hubiese querido decir algo más, pero por suerte para la paz familiar, Olivia unió las manos con un alentador:
– ¡Bien dicho!
Pero Miranda la conocía demasiado como para confiar en ella, al menos cuando se trataba de hacer de casamentera. Y era seguro que pronto se encontraría siendo la receptora final de la sonrisa más taimada de Olivia.
– Miranda -dijo, casi demasiado encantadora.
– Er, ¿sí?
– ¿No me dijiste que querías llevar a Winston a aquella tienda de guantes que vimos la semana pasada? Tienen los guantes mejor hechos que he visto -continuó Olivia, dirigiendo el comentario hacia Winston-. Tanto para hombre como para mujer. Pensamos que quizás necesitarías un par. No estábamos seguras de que tipo de calidad era la que se encontraba en Oxford, ¿sabes?
Era un tipo de discurso poco sutil, y Miranda estaba segura de que Olivia lo sabía. Lanzó una mirada furtiva a Turner, quién estaba observando el procedimiento con un aire de diversión. O quizás era disgusto. A veces era difícil discernirlo.
– ¿Qué dices, querido hermano? -dijo Olivia con su voz más encantadora-. ¿Iremos?
– No puedo pensar en nada que me apetezca más.
Miranda abrió la boca para decir algo, entonces vio la futilidad de hacerlo y la cerró. Iba a matar a Olivia. Iba a deslizarse en su dormitorio y matar a la entrometida chica. Pero por ahora, su única opción era decir que sí. No deseaba hacer nada que pudiese llevar a Winston a creer que tenía sentimientos románticos hacia él, pero sería el colmo de la insensibilidad intentar zafarse del paseo justo frente a él.
Y por eso, cuando se dio cuenta de que tres pares de ojos estaban concentrados y expectantes en ella, no pudo más que decir:
– Podemos ir hoy. Sería estupendo.
– Iré con vosotros -anunció Turner, poniéndose decisivamente de pie.
Miranda se giró hacia él sorprendida, al igual que Olivia y Winston. Turner nunca había mostrado interés en acompañarlos a ninguna de sus salidas cuando estaban en Ambleside, y en realidad, ¿por qué debería haberlo hecho? Era nueve años mayor que ellos.
– Necesito un par de guantes -dijo simplemente, sus labios se curvaron ligeramente como si dijese: ¿Por qué otra razón iría?
– Por supuesto -dijo Winston, aún parpadeando ante la inesperada atención por parte de su hermano mayor.
– Muy bien por tu parte el sugerirlo -dijo Turner bruscamente-. Gracias, Olivia.
Ella no pareció alegrarse demasiado.
– Será genial que nos acompañes -dijo Miranda, quizás un poco más entusiasta de lo que había sido su intención-. No te importa, ¿verdad, Winston?
– No, claro que no. -Pero parecía como si le importara. Al menos un poco.
– ¿Has terminado con tu leche y tus galletas, Winston? -preguntó Turner-. Deberíamos ponernos en camino. Parece como si fuese a nublarse esta tarde.
Winston alargó la mano tercamente para coger otra galleta, la mayor de la mesa.
– Podemos llevar un carruaje cerrado.
– Iré a buscar mi abrigo -dijo Miranda, poniéndose de pie-. Vosotros dos podéis decidir el carruaje y eso. ¿Nos encontramos en el salón? ¿En veinte minutos?
– Te acompañaré escaleras arriba -dijo rápidamente Winston-. Necesito coger algo de mi maleta de viaje.
La pareja abandonó la cocina, y Olivia se giró enseguida hacia Turner con una expresión que era positivamente felina.