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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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– Tienes razón. ¡Lo haré! -Miranda le brindó una sonrisa que oscilaba entre el entusiasmo y el nerviosismo, luego se dirigió a la tienda. La confortable librería estaba decorada en tonos ricos y masculinos, atiborrada con sillas de cuero colocadas en lugares estratégicos para aquellos que quizás quisieran sentarse y hojear un volumen.

– No veo al propietario -cuchicheó Olivia en la oreja de Miranda.

– Justo allí. -Miranda hizo gestos con la cabeza hacia un hombre delgado y parcialmente calvo cercano a la edad de sus padres-. Mira, está ayudando a ese hombre a encontrar un libro. Esperaré hasta que esté desocupado. No deseo ser una molestia.

Las dos damas esperaron pacientemente durante unos pocos minutos mientras el librero estaba ocupado. De vez en cuando, les dirigía una mirada ceñuda, la cual desconcertó mucho a Miranda, tanto ella como Olivia vestían apropiadamente y obviamente podían permitirse comprar la mayor parte de la mercancía. Finalmente, él terminó su tarea y se dirigió apresuradamente hacia ellas.

– Me preguntaba, señor… -empezó a decir Miranda.

– Ésta es una librería para caballeros -dijo él con voz hostil.

– Ah. -Miranda retrocedió, algo amilanada por su actitud. Pero como deseaba desesperadamente el libro de Malory, se tragó su orgullo, sonrió dulcemente, y continuó-. Me disculpo. No me di cuenta de esto. Pero esperaba que…

– Le he dicho que esta es una tienda de caballeros. -Los pequeños y brillosos ojos se estrecharon-. Le ruego que se marche.

¿Me ruega? Ella lo miró fijamente, los labios abiertos con asombro. ¿Me ruega? ¿Con esa clase de tono?

– Vámonos, Miranda -dijo Olivia, agarrándola de la manga-. Debemos irnos.

Miranda apretó los dientes y no se movió.

– Querría comprar un libro.

– Estoy seguro que así es -dijo el librero vilmente-. Y la librería para damas está a tan sólo un cuarto de milla.

– La librería para damas no tiene lo que deseo.

Él sonrió burlonamente.

– Entonces estoy seguro que usted no debería leerlo.

– No creo que esté en posición de emitir ese juicio, señor -dijo Miranda fríamente.

– Miranda -murmuró Olivia, con ojos abiertos.

– Sólo un momento -contestó ella, sin apartar los ojos del pequeño y repulsivo hombre-. Señor, le puedo asegurar que poseo amplios fondos. Y si usted sólo me permitiera revisar La Morte D’Arthur, quizás pueda persuadirlo a separarse de éste.

Él cruzó los brazos.

– No vendo libros a mujeres.

En verdad, eso había llegado muy lejos.

– ¿Disculpe?

– Marchaos -gruñó-, o tendré forzosamente que echarlas.

– Eso sería un error, señor -le contradijo Miranda bruscamente-. ¿Sabe quiénes somos nosotras? -No le era habitual aprovechar su rango superior, pero no se oponía a hacerlo si la ocasión lo justificaba.

El librero no estaba impresionado.

– Con certeza me tiene sin cuidado.

– Miranda -le suplicó Olivia, viéndose sumamente incómoda.

– Soy la Señorita Miranda Cheever, hija de Sir Rupert Cheever, y ésta -dijo Miranda con una floritura-, es Lady Olivia Bevelstoke, hija del Conde de Rudland. Le sugiero que vuelva a considerar su política.

Él igualó su altanera mirada con una igual.

– No me interesa si usted es la maldita Princesa Carlota. Salga de mi tienda.

Miranda entrecerró los ojos antes de moverse para salir. Era lo suficiente malo que él la hubiera insultado. Pero tamaña afrenta a la memoria de la princesa, estaba más allá de los límites.

– Usted no ha escuchado el final de esta conversación, señor.

– ¡Fuera!

Ella tomó el brazo de Olivia y dejó el local en un arranque de furia, haciendo que la puerta diera un buen golpe.

– ¿Lo puedes creer? -dijo una vez que estuvieron seguras afuera-. Eso fue horroroso. Criminal. Fue…

– Una librería para caballeros -le interrumpió Olivia, mirándola como si de repente le hubiera brotado una cabeza de más.

– ¿Y?

Olivia se tensó ante su tono casi agresivo.

– Hay librerías para caballeros, y librerías para damas. Es la manera habitual.

Miranda cerró con fuerza los puños.

– Es una maldita y estúpida manera, si me lo preguntas.

– ¡Miranda! -jadeó Olivia de forma audible-. ¿Qué acabas de decir?

Miranda tuvo la gracia de ruborizarse ante su lenguaje soez.

– ¿Observas cuánto ha hecho por trastornarme? Jamás antes me habías oído maldecir en voz alta.

– No, y no estoy segura de querer saber cuántas maldiciones tienes en mente.

– Es absurdo -humeó Miranda-. Absolutamente absurdo. Él tiene algo que deseo comprar, y yo tengo el dinero para pagar por ello. Debió haber sido un asunto sencillo.

Olivia miró furtivamente al camino.

– ¿Por qué no sólo vamos a la librería para damas?

– No hay nada que desearía en circunstancias más o menos normales. Preferiría no frecuentar esa espantosa tienda para hombres. Pero dudo que tengan una copia similar de La Morte D’Arthur, Livvy. Estoy segura que es un artículo singular. Y lo peor… -Miranda alzó la voz cuando la injusticia de todo ello la embargó más firmemente-. Y lo peor…

– ¿Hay algo peor?

Miranda la fulminó con una mirada llena de irritación pero sin embargo le contestó:

– Sí. Lo hay. Lo peor es que si incluso hubiera dos copias, de lo cual estoy segura no es así, la librería para damas probablemente no tendrán uno, de todos modos, ¡porque nadie pensaría que una dama desearía un libro semejante!

– ¿No lo harían?

– No. Probablemente esté repleta de Byron y novelas de la señora Radcliffe.

– Me gusta Byron y las novelas de la señora Radcliffe -dijo Olivia, sonando vagamente ofendida.

– También a mí -le aseguró Miranda-, pero también disfruto de otro tipo de literatura. Y con seguridad no creo que ese hombre esté en posición -señaló enojadamente con un dedo hacia el escaparate de la librería-, de decidir lo que puedo o no puedo leer.

Olivia la miró fijamente por un momento, entonces cortésmente preguntó:

– ¿Lo deseas mucho?

Miranda alisó sus faldas y sorbió por la nariz.

– Mucho.

Olivia giró hacia la librería, y luego le dirigió una mirada lastimera sobre el hombro antes de colocar una mano consoladora en el brazo de Miranda.

– Conseguiremos que Padre lo compre para ti. O Turner.

– Ésa no es la cuestión. No creo que comprendas cuánto me afecta esto a mí.

Olivia suspiró.

– ¿Cuándo te convertiste en una guerrera, Miranda? Creía que era yo la desinhibida del dueto.

La mandíbula de Miranda empezó a dolerle de tanto apretarla.

– Supongo -casi gruñó-, que nunca he anhelado tanto algo antes de este contratiempo.

La cabeza de Olivia se echó levemente para atrás.

– Recuérdame que tome precauciones para evitar alterarte en el futuro.

– Conseguiré ese libro.

– Excelente, haremos que…

– Y él sabrá que lo he obtenido. -Miranda dio a la librería una última y agresiva mirada, luego dio largas zancadas hacia casa.

– Por supuesto que compraré el libro para usted, Miranda -dijo Turner condescendientemente. Había disfrutado de una tarde bastante tranquila, leyendo el periódico y ponderando la vida como un caballero sin compromisos, cuando su hermana entró como una explosión en el cuarto, anunciando que Miranda necesitaba desesperadamente un favor.

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