La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Richard nunca había visto tantos edificios juntos dispuestos de un modo tan ordenado. Hacia los extremos eran más pequeños, pero conforme se acercaban al corazón de la ciudad crecían tanto en tamaño como en esplendor. Una leve brisa marina llevaba hasta ellos el distante murmullo generado por decenas de miles de personas, caballos y carruajes.
Un río serpenteaba entre los incontables edificios y dividía la ciudad en dos partes desiguales. En el límite de la ciudad, donde el majestuoso río desembocaba, se veían los muelles. No sólo había amarradas allí embarcaciones de todo tipo, sino que también navegaban por el río impulsadas por el viento que henchía sus blancas velas. Richard distinguió que algunas de las embarcaciones tenían tres mástiles. Nunca había imaginado que pudieran existir barcos tan grandes.
Pese a que se hallaba allí en contra de su voluntad, no pudo evitar sentirse fascinado por la ciudad, por toda esa gente y por todas las cosas dignas de verse que debía de albergar. Nunca había estado en un lugar como éste. Seguramente podría deambular por la ciudad durante días y no verla toda.
Allá a lo lejos se veía el mar, brillando con dorados destellos, y se extendía hasta la línea bien marcada del horizonte.
Casi en el centro de la ciudad, dominándola, se alzaba un vasto palacio sobre una isla independiente. Los dorados rayos del sol bañaban su imponente muro occidental almenado. Se trataba de una compleja estructura formada por patios de armas, murallas, torres, secciones y tejados, todos de magnífico diseño, además de laberínticos patios interiores en los que crecían árboles, hierba o que acogían estanques. El palacio daba la impresión de extender sus brazos de piedra para tratar de englobar celosamente la totalidad de la isla sobre la que descansaba.
Visto desde la distancia, con las calles finas como hebras que irradiaban desde el corazón de la isla situada en el centro de la ciudad y puentes semejantes a filamentos que cruzaban el río alrededor de la isla, el palacio hizo pensar a Richard en una gorda araña sentada en el centro de su tela.
— El Palacio de los Profetas —anunció la Hermana.
— Mi prisión —replicó Richard sin mirarla.
La mujer hizo caso omiso del comentario.
— La ciudad es Tanimura y por ella pasa el río Kern. En cuanto a la isla sobre la que se alza se llama Pihuela.
— ¿Pihuela? —Los pelillos de la nuca se le erizaron—. ¿Es algún tipo de broma sarcástica?
— ¿Qué quieres decir? ¿Significa algo Pihuela?
Richard enarcó una ceja.
— Pihuela es la correa con que se sujetan las patas de los halcones.
— Bah, das demasiada importancia a cosas que no la tienen.
— ¿Tú crees? Ya veremos.
La Hermana soltó un leve suspiro mientras que con un movimiento de las caderas ponía en marcha al caballo.
— Hace muchos años que me marché —comentó, cambiando de tema—, pero todo sigue igual.
Los dos baka ban mana que los habían guiado por el bosque pantanoso e inexplorado durante dos días los habían dejado esa misma mañana, cuando por fin la hermana Verna entró en territorio conocido para ella. Aunque Richard nunca llegó a desorientarse, comprendía que muchos pudieran perder el rumbo entre la densa vegetación. Pero, después de todo, él se encontraba en su elemento en lugares de vasta desolación y era más probable que se perdiera en un edificio que en una selva.
Los dos baka ban mana apenas habían hablado esos dos días. Aunque eran espadachines tan feroces como los guerreros contra los que había luchado Richard, estaban atemorizados ante él. Richard tuvo que gritarles para que dejaran de hacerle reverencias, pero por mucho que gritó no logró que dejaran de llamarlo Caharin.
Una noche, antes de que se marchara para montar guardia como era su costumbre, la hermana Verna le dijo en voz baja que lamentaba que hubiera tenido que matar a esas treinta personas. Algo sorprendido por su sinceridad, por la ausencia de dobles sentidos y también angustiado por ese recuerdo, Richard le había dado las gracias.
— ¿Por qué esta tierra está sin cultivar? —preguntó Richard, contemplando las fértiles colinas y los valles—. ¿Cómo se alimenta tanta gente?
La hermana Verna levantó la mano que sostenía las riendas y señaló los campos al otro lado de la ciudad.
— A ese lado del río se extienden los campos de cultivo y las granjas. Pero este lado no es seguro ni para hombres ni para bestias. —Con un gesto de la cabeza indicó la tierra que habían dejado a su espalda—. Los baka ban mana representan una amenaza constante.
— ¿Me estás diciendo que nadie cultiva estas tierras por miedo a los baka ban mana?
La Hermana echó un vistazo a su izquierda.
— ¿Ves ese oscuro bosque? —La Hermana esperó mientras Richard observaba la linde de un denso bosque que crecía en el valle contiguo. Era una densa masa de enormes árboles retorcidos cubiertos por musgo y enredaderas que cobijaban lúgubres sombras—. Es el bosque Hagen, que se extiende muchos kilómetros más hacia la ciudad. Mantente alejado de él. Cualquiera al que el crepúsculo sorprenda en él, muere. Y muchos que se aventuraron en él murieron antes incluso de que el sol empezara a declinar. Es un lugar de vil magia.
Mientras seguían adelante Richard no pudo evitar ir lanzando miradas al bosque Hagen. Algo lo atraía hacia allí, como si fuera el complemento perfecto a su humor sombrío, como si ése fuera su lugar. Fue con esfuerzo que apartó la mirada de la espesura.
Conforme se acercaban a Tanimura, se ponía de manifiesto que en sus calles no reinaba el perfecto orden que parecía desde la distancia. Los arrabales eran lugares de confusión y miseria. Hombres que empujaban carretillas cargadas con sacos de arroz, alfombras, leña, pieles o incluso basura, avanzaban sorteando a otros que tiraban de carretillas similares, y a veces se producían atascos. Los bordes de la calzada estaban ocupados por vendedores ambulantes que ofrecían desde fruta y verdura hasta lonjas de carne ensartada en palitos y ahumada sobre diminutos fuegos en improvisados fogones de piedra, o hierbas y buena fortuna, o botas y abalorios. Por lo menos el olor de la comida enmascaraba ligeramente el penetrante hedor de las curtidurías.
Corrillos de hombres vestidos con ropas sucias y raídas jugaban a cartas o a dados, y gritaban excitados o estallaban en risotadas. Las calles laterales y los estrechos callejones estaban totalmente atestados de gente, y en ellos se alzaban barracas fabricadas con lona y hojalata. Niños desnudos corrían y jugaban a perseguirse entre los endebles hogares. Las mujeres se agachaban alrededor de cubos, lavando la ropa y parloteando entre sí.
La hermana Verna murmuró por lo bajo que no recordaba tanta miseria ni a esa multitud sin hogar. Richard pensó que, pese a sus condiciones de vida, se veían mucho más felices de lo que les correspondería.
Aunque llevaba mucho tiempo viviendo a la intemperie, por lo que estaba un poco sucia y tenía la ropa arrugada, en comparación con esa gente la hermana Verna parecía una reina. Todos se inclinaban respetuosamente ante ella, y la Hermana respondía impartiendo la bendición del Creador.
Los edificios, deteriorados por el paso del tiempo, algunos con la fachada de revoque que se caía a pedazos y otros con la madera oscurecida por los años, estaban tan repletos como las calles. En casi todos los diminutos balcones se veían oxidados tendederos ocupados por ropa multicolor. En algunos se veían asimismo tiestos con flores o hierbas. De las tabernas y las posadas salía el sonido de risas y conversaciones. Una carnicería exhibía fuera carcasas cubiertas por moscas. Otras tiendas vendían pescado seco, cereales o aceites diversos.
Cuando más profundamente penetraban en la ciudad, más limpias estaban las calles. La calzada se fue ensanchando, al igual que las calles laterales, y ya no se veían barracas apoyadas contra los edificios. Las tiendas tenían unos escaparates más grandes, con postigos pintados y mercancías de mejor calidad. Muchas exhibían las coloridas alfombras de confección local. Para cuando aparecieron árboles a ambos lados de la avenida, los edificios ya eran suntuosos. Las posadas eran elegantes, con porteros ataviados con librea roja ante ellas.