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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Por encima de mi cadáver.

La mirada de Pasha voló hacia la hermana Verna. Ésta hizo un lento y leve gesto de negación con la cabeza que pretendía ser una seria advertencia. Los ojos de Pasha se posaron de nuevo en Richard, y su ceño se tornó en sonrisa.

— Bueno, ya hablaremos de eso más tarde. Me temo que tendremos que enseñarte modales, jovencito —añadió con el entrecejo fruncido.

— ¿Quién de estas mujeres es la Prelada? —inquirió Richard en un tono de voz que hizo palidecer a Pasha.

La joven rompió a reír, aunque se contuvo a tiempo.

— La Prelada no está aquí. Está demasiado ocupada para…

— Llévame junto a ella.

— No puedes ver a la Prelada cuando se te antoje a ti. Ella te llamará cuando tenga alguna razón para verte. No puedo creer que la hermana Verna no te haya enseñado que no permitimos que nuestros chicos…

Richard colocó el dorso de la mano sobre el hombro de Pasha y la apartó a un lado, al tiempo que daba otra zancada hacia el centro del salón y fijaba de nuevo su feroz mirada en los centenares de ojos fijos en él.

— Tengo algo que decir.

Se hizo el silencio en el vasto salón. El mismo pensamiento le surgió en dos partes distintas de su mente, y Richard fue consciente de cuáles eran ambos orígenes. Uno era Las Aventuras de Bonnie Day, el libro que su padre le regaló, y el otro era la magia de la espada, el conocimiento de la misma, los espíritus con los que había danzado.

La memoria y el mensaje eran idénticos: «Cuando te sobrepasan en número y la situación es desesperada, no tienes opción. Ataca».

Sabía para qué era el collar. Su situación era ciertamente desesperada. No tenía opción. Richard esperó hasta que el silencio en la sala se hizo insostenible.

— Mientras no me quitéis este collar —dijo al fin, dando golpecitos con los dedos al rada’han—, vosotros sois mis carceleros y yo vuestro prisionero. —Los murmullos invadieron la estancia y Richard dejó que se fueran apagando antes de continuar—. Puesto que no he cometido ningún acto de agresión contra vosotros, eso nos convierte en enemigos. Estamos en guerra.

»La hermana Verna me prometió que me enseñaríais a controlar el don y que una vez hubiera aprendido todo lo necesario, sería libre. De momento, mientras cumpláis esa promesa, estamos en tregua. Pero hay condiciones.

Richard levantó la barra de piel roja que llevaba colgada del cuello, el agiel. Envuelto en la cólera de la magia, el agiel no le produjo más que un leve cosquilleo de dolor.

— No es la primera vez que me ponen un collar. La persona que me puso éste, una mujer, me torturó para castigarme y someterme.

»Ése es el único propósito de un collar. Los collares son para las bestias. Los collares son para los enemigos.

»A la mujer que me lo puso le hice la misma oferta que ahora os hago a vosotras. Le supliqué que me liberara. Ella se negó, y yo tuve que matarla.

»Ninguna de vosotras será jamás lo suficientemente diestra como para ser digna ni de lamerle las botas. Si me torturó fue porque antes la habían torturado a ella y la quebraron, la volvieron lo suficientemente loca como para que usara un collar para hacer daño a la gente. Lo hizo en contra de su naturaleza.

»Vosotros —añadió, mirando a los centenares de ojos—, lo hacéis porque creéis que estáis en vuestro derecho. Esclavizáis a otros en nombre de vuestro Creador. Yo no conozco a ese Creador. El único ser no de este mundo que conozco capaz de comportarse como vosotros es el Custodio. —La multitud ahogó un grito—. Por lo que a mí respecta, podríais muy bien ser discípulos del Custodio.

»Si usáis este collar para causarme dolor, pondré fin a la tregua. Quizá creáis que sujetáis la correa de este collar, pero os prometo que, si la tregua se rompe, descubriréis que lo que sujetáis es el hilo de vuestra perdición.

En el salón sobrevino un absoluto silencio. Richard se arremangó el brazo izquierdo y desenvainó la Espada de la Verdad. Su característico sonido metálico rellenó el silencio.

— Los baka ban mana han jurado que desde ahora vivirán en paz con todos sus vecinos. Yo los considero mi gente. Cualquiera que haga daño a uno de ellos, se las tendrá que ver conmigo. Si no lo aceptáis, si no permitís que los baka ban mana vivan en paz, nuestra tregua se romperá.

»La hermana Verna —añadió, señalándola con la espada— me capturó. No he dado ni un solo paso en el camino que me ha traído aquí sin resistirme a ella. Para conseguir traerme hasta aquí ha hecho de todo menos matarme y colgar mi cuerpo sobre el caballo. Aunque sea mi captora y, por tanto, también mi enemiga, estoy en deuda con ella. Si cualquiera le toca un solo pelo de la cabeza por mi causa, lo mataré, y la tregua quedará rota.

Por el rabillo del ojo Richard vio que la Hermana cerraba los ojos y se cubría con una mano la pálida faz.

Se oyeron exclamaciones ahogadas cuando Richard se pasó la espada por la cara interna del brazo. Le dio la vuelta para mojar ambos lados en sangre hasta que ésta goteó por la punta. Agarraba el acero con tanta fuerza, que tenía los nudillos blancos.

— ¡Hago un juramento de sangre! —exclamó, alzando la espada hacia lo alto—. ¡Haced daño a los baka ban mana, a la hermana Verna o a mí, y la tregua se acabará, y os prometo que entonces tendréis guerra! Y si hay una guerra, ésta no terminará hasta que reduzca a escombros el Palacio de los Profetas.

Desde el balcón más alejado, una voz burlona que Richard no pudo ver a quien pertenecía, gritó:

— ¿Y piensas hacer todo eso tú solito?

— Duda de mis palabras si te atreves. Soy un prisionero y no tengo nada por lo que vivir. Soy la profecía encarnada. Soy el portador de la muerte.

No se oyó ninguna respuesta que rompiera el silencio. Richard se guardó la espada en la funda con gesto brusco. A continuación extendió ambos brazos e hizo una graciosa reverencia. Cuando se irguió, sonreía.

— Ahora que ya nos entendemos y los términos de la tregua están claros, podéis seguir celebrando mi captura, señoras mías.

Dicho esto dio la espalda a la atónita multitud. La hermana Verna mantenía la cabeza gacha y ocultaba la cara tras la mano. Por su parte, Pasha apretaba los labios con tanta fuerza, que presentaban una leve tonalidad azulada.

Una mujer corpulenta y de cara avinagrada cruzó ante él y fue a detenerse ante la hermana Verna. Allí esperó con porte altivo hasta que Verna alzó la cabeza y enderezó la espalda.

— Hermana Verna, es obvio que no posees ni el talento ni la capacidad para ser una Hermana de la Luz. Tu fracaso es inaceptable. Desde este momento vuelves a ser novicia de primer rango. Servirás como novicia hasta que, por la voluntad del Creador, te ganes el título de Hermana de la Luz.

La hermana Verna alzó el mentón y repuso:

— Sí, hermana Maren.

— ¡Las novicias no dirigen la palabra a una Hermana a no ser que ésta les pregunte! Entrégame tu dacra —ordenó, tendiendo una mano.

La hermana Verna giró la mano y empuñó el estilete de plata que llevaba oculto en la manga. Después de tendérselo a la otra por el mango, se quedó en silencio, con la mirada fija al frente.

— Mañana al alba preséntate en las cocinas. Fregarás cacerolas hasta que consideremos que eres digna de intentar algo que exija más inteligencia. ¿Comprendido?

— Sí, hermana Maren, lo entiendo.

— ¡A la menor prueba de insolencia, te enviaré a las cuadras en vez de a las cocinas para que limpies establos y transportes estiércol!

— En ese caso, hermana Maren, me presentaré directamente en las cuadras y no en las cocinas, para ahorrarte lo que pensaba decirte.

La hermana Maren se sonrojó.

— Muy bien, novicia, trabajarás en las cuadras. —La severa Hermana se detuvo ante Richard y le dirigió una tensa sonrisa—. Confío en que esto no rompa tu tregua. —Dicho esto alzó la barbilla y abandonó furiosa el salón.

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