La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
La hermana Phoebe se volvió hacia él con una sonrisa radiante. Extendió una mano y le tocó el brazo.
— ¡Vaya cotorras estamos hechas! No deberíamos hablar así de ti como si no estuvieras presente. Bienvenido, Richard. Bienvenido al Palacio de los Profetas.
Richard contempló en silencio a las tres hermanas, que a su vez lo miraban. La Hermana Amelia se rió entre dientes y dijo a la hermana Verna:
— No habla demasiado, ¿verdad?
— Lo suficiente —fue la respuesta de la hermana Verna. Y, con un murmullo añadió—, gracias al Creador que de momento se comporta.
— Bueno, ¿vamos ya? —preguntó la hermana Phoebe con voz llena de vida.
— Hermana Phoebe, ¿quiénes son los soldados vestidos con extraños uniformes que he visto? —preguntó Verna, ceñuda.
La hermana aludida frunció el entrecejo, pensando, pero inmediatamente alzó las cejas.
— Oh, ésos. —Con un gesto de la mano indicó que no eran nada—. Hace unos años el gobierno fue depuesto. Supongo que fue mientras estabas fuera. El Viejo Mundo tiene otra forma de gobierno; ahora manda un emperador en vez de todos esos reyes. ¿Cómo se llaman? —preguntó a la hermana Janet.
También esta hermana arrugó la frente pensativa y alzó la mirada hacia el techo.
— Oh, sí —dijo en tono modoso—, se hacen llamar la Orden Imperial. Tienes toda la razón hermana Phoebe; los manda un emperador. Sí, son la Orden Imperial gobernada por un emperador.
— No tiene importancia —declaró la hermana Phoebe, meneando la cabeza—. Los gobiernos van y vienen, pero el Palacio de los Profetas permanece. La mano del Creador nos protege. ¿Vamos a saludar a las demás?
Con las tres hermanas en cabeza, el grupo atravesó pasillos y corredores suntuosamente decorados. En lo que a Richard respectaba, se encontraba en territorio hostil, y siempre que estaba amenazado la magia de la Espada de la Verdad trataba de penetrar en él para protegerlo. Richard absorbió solamente una pequeña parte, conteniendo de momento la cólera. La hermana Verna le iba lanzando de vez en cuando miradas de soslayo, como para asegurarse de que no iba a más.
Al fin atravesaron dos gruesas puertas de madera de nogal que franqueaban la entrada a un vasto salón. Un techo bajo y columnas con capiteles dorados fueron el último obstáculo antes de llegar a una enorme cámara circular abovedada, pintada con inmensos frescos de gente ataviada con túnica alrededor de una reluciente figura. La flanqueaban dos pisos de balcones con barandas de hierro forjado. Los vitrales iluminaban desde atrás la galería superior. El suelo del salón era de losetas de madera, unas claras y otras oscuras, dispuestas en un dibujo en zigzag. En el salón resonaba el murmullo de más de un centenar de voces.
Había mujeres formando corros en la parte inferior y otras se alineaban en los balcones. En el segundo nivel se veían, entre tantas mujeres, algunos hombres y muchachos. Las mujeres, Richard supuso que todas ellas eran Hermanas de la Luz, se habían ataviado con sus mejores galas. No parecían existir pautas marcadas; había vestidos de todos los colores con diseños que iban de muy modestos a atrevidos. En cuanto a los muchachos, llevaban desde simples túnicas hasta mantos tan suntuosos que serían dignos de cualquier noble o incluso príncipe.
El murmullo de las conversaciones cesó cuando todos los presentes empezaron a volverse hacia los recién llegados. Cuando el salón quedó en silencio se inició un aplauso que fue aumentando en intensidad hasta hacerse atronador.
La hermana Phoebe avanzó unos pasos hacia el centro del salón y alzó una mano, pidiendo silencio. Los aplausos murieron lentamente.
— Hermanas —dijo Phoebe con voz trémula por la excitación—, por favor, demos la bienvenida a la hermana Verna. —Nuevamente estalló un aplauso atronador. Tras unos segundos la Hermana impuso de nuevo el silencio—. Permitid que os presente a nuestro nuevo estudiante, al más reciente hijo del Creador, a nuestro nuevo pupilo. —La Hermana dio media vuelta y agitó los dedos, indicando así a Richard que avanzara. Este dio tres pasos hacia ella, flanqueado por la hermana Verna.
— Richard… —susurró la hermana Phoebe—. ¿Tienes un apellido?
Richard vaciló un instante.
— Cypher.
— Por favor, demos la bienvenida a Richard Cypher al Palacio de los Profetas —dijo la hermana Phoebe a la multitud.
Nuevamente sonaron aplausos. Todos los ojos estaban posados en un ceñudo Richard. Las mujeres situadas más cerca se empujaban para verlo mejor. Había mujeres de todo tipo y edad, desde algunas que podrían pasar por amables abuelas a las que apenas habían salido de la pubertad. Las había regordetas y flacas, y con el pelo de colores tan variados como los vestidos; todos lo matices del rubio al negro. Y también había ojos de todos los colores.
Una en especial le llamó la atención. Tenía unos labios extremadamente delgados que esbozaban una cálida sonrisa así como unos extraños ojos azul pálido con motas violeta. La mujer lo miraba como si fuese un viejo y muy querido amigo al que quisiera mucho y que no hubiera visto en años. Aplaudía con entusiasmo y daba codazos a la altiva Hermana que tenía al lado para animarla a que se uniera a la ovación, y no cejó hasta conseguirlo.
De pie, con los brazos a ambos lados, Richard estudió la disposición del salón, fijándose en las salidas, los pasillos y la posición de los guardias. Cuando el aplauso cesó, una joven ataviada con un vestido del mismo azul que el vestido de boda de Kahlan se abrió paso entre la multitud. El vestido tenía cuello redondo y estaba decorado con un encaje blanco que le llegaba hasta la delgada cintura y que hacía juego con el de los puños.
La joven se detuvo justo delante de él. Tendría acaso cinco años menos que Richard, era una cabeza más baja, poseía una densa mata de suave pelo castaño que le llegaba hasta los hombros y grandes ojos también castaños.
Lo miró boquiabierta. Cada vez que inspiraba, y lo hacía lentamente, el pecho se le hinchaba a la altura del encaje. Alzó la mano con gesto grácil, y con sus delicados dedos acarició la mejilla de Richard y su barba. Lo contemplaba como transfigurada, mientras seguía acariciándole la barba.
— El Creador ha escuchado mis oraciones —susurró para sí.
De pronto pareció recordar dónde estaba, se sonrojó y apartó rápidamente la mano.
— Yo… yo… —tartamudeó. Pero enseguida recuperó la compostura y su tez recobró su habitual tono rosado. Entonces unió ambas manos al frente y, como si nada hubiera pasado, se dirigió a la hermana Verna con estas palabras—. Soy Pasha Maes, novicia de tercer rango. Seré la siguiente en ser ordenada. Me haré cargo de Richard.
La hermana Verna le dirigió una leve y tensa sonrisa.
— Creo que te recuerdo, Pasha. Me alegra ver que has estudiado duro y que has progresado. Aquí acaba mi misión; dejo a Richard a tu cuidado. Que el Creador vele por los dos.
Pasha sonrió con orgullo y luego lanzó a Richard un vistazo de la cabeza a los pies. Alzó la mirada, pestañeó mirándolo a los ojos y le sonrió cálidamente.
— Me alegra conocerte, jovencito. Me llamo Pasha y me has sido asignado. Mi misión será enseñarte y ayudarte en cualquier cosa que necesites durante tus estudios. Digamos que seré tu guía. Si tienes cualquier problema o cualquier pregunta, acude a mí y yo haré lo posible por solucionarlo. Pareces un chico listo. Estoy segura de que nos llevaremos muy bien.
La sonrisa de la joven vaciló ante la iracunda expresión de Richard. No obstante, siguió sonriendo y continuó:
— Bueno, para empezar, no está permitido que los chicos lleven armas en el Palacio de los Profetas. Tendrás que entregarme tu espada —con estas palabras extendió ambas manos con las palmas hacia arriba.
El goteo de cólera que manaba de la espada se convirtió en un torrente.