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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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En el puente de piedra sobre el río Kern se estaban encendiendo las linternas colgadas de postes para iluminar la calle. Por debajo del puente pasaban pescadores en pequeñas barcas con linternas, que avanzaban por las oscuras aguas remando. Soldados vestidos con ornamentados uniformes que incluían camisa blanca de ribetes dorados y túnica roja, armados con alabardas, patrullaban ambas orillas del río. Cuando los cascos de los caballos repiquetearon sobre los adoquines, por fin la Hermana habló:

— Cuando alguien con el don llega a palacio, es un gran día para todos los que viven en él. Es un acontecimiento muy poco frecuente y gozoso. —La mujer lo miró brevemente de soslayo—. Todas las Hermanas se alegrarán de verte. Por favor, Richard, tenlo presente. Para ellas será un momento destacado en su vida. Aunque tú no lo sientas así, sus corazones se llenarán de gozo al verte y querrán darte una buena bienvenida.

Richard tenía una opinión muy distinta.

— Ve al grano, Hermana.

— Ya he dicho lo que tenía que decir; estarán encantadas.

— En otras palabras, ¿me estás pidiendo que no las horrorice desde un buen principio?

— Yo no he dicho eso. —La mujer miró ceñuda a los soldados que guardaban el puente, hasta que finalmente posó de nuevo los ojos en él—. Simplemente te pido que tengas en cuenta que todas esas mujeres viven justamente para esto.

Richard miraba fijamente al frente mientras pasaban junto a más guardias uniformados.

— Una persona sabia, alguien a quien quiero, me dijo una vez que sólo podemos ser quienes somos, ni más ni menos. —La mirada de Richard recorrió el borde superior del muro que se alzaba ante ellos, fijándose en los soldados y en las armas que portaban—. Yo soy el portador de la muerte y no tengo nada por lo que vivir.

— Eso no es cierto, Richard. Eres joven y tienes muchas razones por las que vivir. Tienes una larga vida por delante. Y aunque te denomines a ti mismo portador de la muerte, yo he visto con mis propios ojos que tu principal objetivo es preservar la vida. A veces no escuchas y empeoras las cosas, pero es por ignorancia y no por maldad.

— Puesto que aborreces las mentiras, Hermana, espero que no desees que finja ser quien no soy.

La Hermana suspiró mientras atravesaban una enorme puerta abierta en el muro exterior del patio de armas. Los cascos de los caballos resonaron dentro de la larga entrada arqueada. Más allá, el camino serpenteaba entre árboles bajos que extendían sus ramas. Las ventanas de los edificios que se alzaban alrededor resplandecían con suave luz amarilla. Muchos de los edificios estaban conectados a través de columnatas cubiertas o corredores cerrados, que poseían aberturas arqueadas cubiertas con celosías. En el extremo más alejado del patio se veían bancos contra un muro con un friso que exhibía figuras a caballo.

Tuvieron que cruzar unas verjas blancas en forma de arco para llegar a los establos. Había caballos pastando en un campo contiguo. Unos muchachos vestidos con una pulcra librea y chalecos negros encima de camisas marrones corrieron para hacerse cargo de los caballos. Richard dio una palmadita a Bonnie en el cuello, tras lo cual empezó a descargar sus posesiones.

La hermana Verna se alisó las arrugas que se le habían formado en la falda pantalón de montar, tras lo cual se arregló la ligera capa y trató de poner un poco de orden en su cabello rizado.

— No te molestes, Richard. Ya se ocuparán otros de tus cosas.

— Nadie toca mis cosas si no yo.

La Hermana suspiró y meneó la cabeza, y luego dijo al mozo de cuadra que descargara sus cosas. El joven inclinó la cabeza y ató un dogal a Jessup para conducirlo. Dio un brusco tirón, y Jessup se negó a caminar.

— ¡Muévete, bestia estúpida! —grito el mozo, mientras descargaba un látigo sobre la grupa de Jessup.

El caballo lanzó un relincho y trató de liberar la cabeza.

La siguiente cosa que Richard vio fue al muchacho volar sobre el sendero. Se estrelló contra un endeble muro de madera y aterrizó sobre el trasero.

— ¿Cómo te atreves a azotar a este caballo? —le gritó la hermana Verna, furiosa—. ¿Qué pasa contigo? ¿Te gustaría que te trataran de ese modo? —El muchacho, aterrorizado, negó con la cabeza—. Si me entero de que has vuelto a azotar a un caballo, te quedarás sin empleo, no sin antes recibir una buena sarta de latigazos en ese huesudo trasero tuyo.

El muchacho abrió mucho los ojos, asintió rápidamente y se disculpó. La hermana Verna siguió mirándolo, colérica, unos momentos más antes de dar media vuelta y llamar a Jessup con un silbido. Cuando el caballo se le acercó al trote, la mujer le rascó debajo del mentón para calmarlo y consolarlo. A continuación lo condujo al interior del establo y se aseguró de que tuviera agua y heno. Richard se cuidó mucho de ocultar su sonrisa.

Mientras cruzaban el patio, la Hermana dijo:

— Recuerda, Richard, no habrá ninguna Hermana ni ninguna novicia que no pueda lanzarte al otro lado de la habitación con su han, como acabo de hacer yo, sin el menor esfuerzo.

En un vestíbulo con paneles de madera en las paredes, suelos cubiertos con largas alfombras amarillas y azules, y ornamentadas mesillas auxiliares esperaban tres mujeres. Pese a que Richard sacaba una cabeza a la hermana Verna, resultó que las tres eran más bajas que Verna. Se estaban alisando las amplias faldas de color pastel y se arreglaban los corpiños blancos. Al verlos, las tres corrieron hacia ellos.

— ¡Hermana Verna! —exclamó una de ellas—. ¡Oh, querida hermana Verna, qué alegría que hayas llegado al fin!

Una o dos lágrimas corrían por sus sonrosados rostros y exhibían unas sonrisas completamente radiantes. Las tres parecían mucho más jóvenes que la hermana Verna. Ésta escrutó esos grandes ojos húmedos y acarició con cariño el rostro de la mujer que sollozaba ante ella.

— Hermana Phoebe —dijo. Entonces tocó la mano de otra—. Y las hermanas Amelia y Janet. Qué alegría veros de nuevo. Ha pasado mucho tiempo.

Las tres soltaron risitas excitadas y por fin recobraron la compostura. La hermana Phoebe, de redondo semblante, miró más allá de Richard.

— ¿Dónde está? ¿No lo has traído contigo?

La hermana Verna alzó una mano hacia Richard.

— Éste es. Richard, te presento a unas amigas mías: las hermanas Phoebe, Amelia y Janet.

Las sonrisas se transformaron en miradas atónitas. Todas parpadearon mientras evaluaban su estatura y su edad, mirándolo sin ocultar su asombro. Al fin, las tres le dieron la bienvenida interrumpiéndose unas a otras. Cuando lograron apartar los ojos de él, centraron de nuevo su atención en la hermana Verna.

— Más de la mitad de palacio os espera para daros la bienvenida —anunció la hermana Phoebe—. Todo el mundo está muy excitado desde que recibimos el mensaje de que llegaríais hoy.

La hermana Amelia se echó hacia atrás el pelo castaño claro que apenas le llegaba hasta los hombros.

— Desde que os marchasteis en busca de Richard nadie más ha llegado. Tantos años y ninguno nuevo. Todo el mundo está ansioso por conocerlo. Me parece que van a llevarse una «gran» sorpresa —dijo, ruborizándose y mirando a Richard a hurtadillas—. Especialmente algunas de las hermanas más jóvenes. Será una sorpresa muy agradable, me atrevo a decir. ¡Madre mía, pero qué grande es!

La escena le recordaba a Richard otra vivida mucho tiempo atrás, un día en que, siendo niño, se había visto confinado dentro de la casa porque llovía a mares. Su madre había recibido la visita de otras mujeres que la ayudaban a coser un edredón y charlaban. Mientras él jugaba en el suelo, las mujeres cosían y hablaban de él como si no estuviera allí. Su madre les contó lo buen comedor que era y lo bien que se le daba la lectura. Presa de una incomodidad similar, Richard se arregló la mochila que llevaba a la espalda.

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