La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Todos se quedaron en silencio. Richard miró a la hermana Verna, pero ésta tenía la vista clavada al frente. De pronto, una ceñuda Pasha se interpuso entre ellos.
— Lo que le ocurra a Verna ya no te concierne. Te sangra el brazo. Puesto que ahora estás a mi cargo, te curaré.
Pasha inspiró profundamente para serenarse al tiempo que entrelazaba los dedos de ambas manos delante de la cintura.
— Hemos preparado un gran banquete en el comedor para darte la bienvenida. Tal vez te sentirás más a gusto entre nosotras después del banquete. Todo el mundo lo está deseando. Todos desean conocerte personalmente. ¡Y más te vale que te comportes como es debido, jovencito! —le advirtió, agitando un dedo hacia él.
Al envainar la espada se había desprendido de la mayor parte de la cólera, pero no de toda ella.
— No tengo hambre. Enséñame mi calabozo, niña.
Pasha agarró con los puños la falda azul del vestido. Con gesto sombrío lo miró atentamente.
— Muy bien. Tendrás lo que quieres. Puedes irte a la cama sin cenar como un niño malcriado. Sígueme.
50
La hermana Verna posó una mano sobre el picaporte de latón. La habitación estaba protegida. Así pues, inspiró para darse ánimos y llamó.
— Adelante —respondió una voz apagada tras la pesada puerta.
El escudo se disolvió. La Hermana abrió el batiente derecho de la puerta doble y entró. Había dos mujeres sentadas, cada una delante de su escritorio, a ambos lados de una puerta al fondo. Ambas escribían en libros de contabilidad. Ninguna de ellas alzó la vista.
— ¿Sí? ¿Qué deseas? —preguntó la de la izquierda sin dejar de escribir.
— He venido a devolver el libro de viaje, hermana Ulicia.
La Hermana se humedeció un dedo y pasó una página.
— Muy bien, ponlo sobre la mesa. ¿No deberías estar en el banquete que se celebra en tu honor? Pensé que te gustaría reencontrarte con tus viejos amigos.
La hermana Verna entrelazó las manos.
— Tengo cosas más importantes que hacer que asistir a un banquete. Desearía devolver el libro del viaje a la Prelada personalmente. Y quiero hablar con ella, hermana Ulicia.
Ambas Hermanas alzaron la vista.
— Bueno —dijo Ulicia—, resulta que la Prelada no desea hablar contigo, hermana Verna. Es una mujer muy ocupada y no se la puede molestar con naderías.
— ¡Naderías! ¡Es algo muy importante!
— No alces la voz en este despacho, hermana Verna —le advirtió la otra. Dicho esto, sumergió la pluma en el tintero y se dispuso a seguir con su tarea.
La hermana Verna avanzó un paso. De repente el aire comprendido entre los escritorios y la puerta del fondo brilló al alzarse un poderoso escudo que siseó y crujió en señal de advertencia.
— La Prelada está ocupada —repitió la hermana Ulicia—. Si considera que tu regreso es importante, ya te llamará. Deja el libro sobre mi escritorio —añadió, acercándose una vela e inclinándose sobre el libro—. Yo se lo devolveré.
La hermana Verna apretó los dientes y trató de controlar el tono de voz al hablar.
— He sido degradada al rango de novicia. —Ambas Hermanas alzaron la mirada—. Me han rebajado por obedecer las órdenes de esa mujer. Pese a que yo le supliqué que me permitiera hacer mi trabajo, ella me lo prohibió. Y ahora me castigan por eso. ¡Me castigan por acatar las órdenes de la Prelada! ¡Lo menos que me merezco es una explicación!
La hermana Ulicia se recostó en el respaldo de la silla y dijo a su compañera:
— Por favor, hermana Finella, informa a la maestra de las novicias de que la novicia Verna Sauventreen se ha presentado en la oficina de la Prelada sin autorización ni invitación y, no contenta con eso, ha lanzado una diatriba totalmente impropia de una novicia que tiene esperanzas de convertirse un día en una Hermana de la Luz.
La hermana Finella se movió con aire de fastidio, mientras fulminaba con la mirada a la hermana Verna.
— Caramba, caramba, novicia Verna —dijo, poniendo énfasis en la palabra novicia—. Tu primer día en la búsqueda de un destino más elevado y ya te has ganado una amonestación. —La Hermana chasqueó la lengua y prosiguió—. Espero que aprendas a comportarte como es debido si aspiras a convertirte algún día en Hermana de la Luz.
— Eso es todo, novicia. Puedes retirarte —la despidió la hermana Ulicia.
La hermana Verna giró sobre sus talones. Al oír un chasquido de dedos, miró por encima del hombro. La hermana Ulicia tamborileaba sobre una esquina del escritorio.
— El libro de viaje. ¿Así es como se marcha una novicia cuando una Hermana le dice que se retire?
La hermana Verna se sacó el librito negro del cinto y lo colocó suavemente sobre la esquina de la mesa.
— Pido perdón. —Hizo una reverencia y añadió—: Gracias por dedicarme vuestro tiempo, Hermanas.
Verna suspiró para sí tras cerrar la puerta. Entonces se quedó un momento quieta, pensando.
Con los ojos clavados en el suelo desanduvo el camino, cruzando pasillos abiertos y cerrados, de piedra o revestidos con paneles, con suelos cubiertos de alfombras o de baldosas. Al doblar una esquina se topó con alguien. Alzó los ojos y vio a la última persona que deseaba ver en esos momentos.
El joven sonrió con familiaridad.
— ¡Verna! ¡Qué alegría verte!
Su juvenil rostro de mandíbula cuadrada no había cambiado ni un ápice. Ahora el ondulado cabello castaño le cubría las orejas y tenía los hombros más anchos de lo que la mujer recordaba. Verna tuvo que contenerse para no acariciarle una mejilla ni caer en sus brazos.
— Jedidiah. —La mujer inclinó la cabeza, pero enseguida la levantó, buscando sus ojos castaños—. Tienes buen aspecto. Estás… como siempre. El paso del tiempo te sienta bien.
— Pues tú… Bueno estás más…
— La palabra que buscas es vieja. Estoy más vieja.
— Ah, Verna. Unas pocas arrugas o… —el joven le miró el cuerpo—… unos kilos de más no disminuyen una belleza como la tuya.
— Veo que aún sabes cómo halagar a una mujer. —Verna se fijó en la sencilla túnica marrón que llevaba el joven—. Y veo que has sido un buen estudiante, como siempre, y has progresado. Estoy orgullosa de ti, Jedidiah.
El aludido se encogió de hombros por el cumplido y entrelazó los dedos.
— Háblame del nuevo que has traído —pidió.
Verna entrecerró los ojos.
— No me has visto en más de veinte años, desde la mañana que abandoné tu lecho para emprender la busca, y ¿me preguntas eso? ¿No te interesa saber cómo me ha ido? ¿No te importa cuáles son mis sentimientos hacia ti después de tanto tiempo? ¿Ni si he entregado mi corazón a otro? Supongo que todas esas preguntas se te han ido de la cabeza por el impacto que te ha causado verme tan envejecida.
Jedidiah seguía esbozando una ladina sonrisa.
— Verna, no eres una chiquilla estúpida. No podías esperar que después de tanto tiempo ni tú ni yo…
— ¡Claro que no! No me hacía vanas ilusiones sobre nosotros. Simplemente esperaba que al regresar me tratarías con más tacto y sensibilidad.
Jedidiah volvió a encogerse de hombros.
— Lo siento, Verna. Siempre he creído que eras una mujer que apreciaba la franqueza ante todo, más que las palabras bonitas. —Apartó la mirada de ella para agregar—: Supongo que he aprendido mucho sobre… la vida desde… entonces. Cuando te fuiste era muy joven.
Verna alejó su feroz mirada del apuesto rostro del joven y empezó a alejarse.
— Buenas noches, Jedidiah.
— ¿Y mi pregunta? —En la voz de Jedidiah sonaba una nota desagradable. La suavizó enseguida—. ¿Cómo es el nuevo?
La Hermana se detuvo pero no se dio media vuelta.
— Tú estabas allí. Te vi. Lo que viste de Richard es lo que es.
— También vi lo que te ocurrió. Estoy ganando algo de influencia entre las Hermanas. Tal vez podría hacer algo para ayudarte. Si eres sincera conmigo y satisfaces mi curiosidad, es posible que pueda ayudarte a salir del apuro.