Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– No hay ofensa, mi querido fray Angélico. Tenéis mucha razón en lo que decís, y yo no dudo de la brutalidad y la miseria de los hombres. Pero a veces pienso que tal vez podríamos relacionarnos de otra maneta con los infieles, quienes, por cierto, consideran que los infieles somos nosotros. Sabed que no todo el mundo está a favor del enfrentamiento y de la muerte. Escuchad estos versos:
Mi corazón lo contiene todo.
Una pradera donde pastan las gacelas,
un convento de monjes cristianos,
un templo para ídolos,
la Kaaba del peregrino,
los rollos de la Torah
y el libro del Corán.
"Decidme, fray Angélico, ¿qué os parecen?
– Interesantes y heréticos. ¿De quién son?
– Del poeta sufí Ibn Arabi.
– De un infiel, desde luego.
– De alguien con el alma lo suficientemente grande como para querer que quepamos todos dentro de ella.
– Sois un extraño escudero, mi querido Nyne…, más me parecéis un estudioso, un polemista… Y tenéis unas ideas peligrosas. Hemos quemado a más de un hereje por causas menores…
– ¿Hemos, fray Angélico? -intervengo yo, apenada e inquieta-. ¿Queréis decir que vos mismo habéis participado en alguno de esos procesos?
Cierro la boca, asustada de mi propio atrevimiento. Estaba dispuesta a no decir nada en toda la noche, porque no me siento segura de mí misma en este ambiente. Pero me incomoda imaginar a este hombre tan hermoso encendiendo una pira. El fraile me mira con sus penetrantes ojos y vuelve a sonreír con suavidad.
– Ya he dicho que el dolor humano repugna al alma cristiana. Habló de la doctrina de la Iglesia…
– Os estáis poniendo muy aburridos con esta discusión, primo -dice Dhuoda con gracejo liviano-. Y, además, es verdad que la Iglesia está quedándose anticuada.
– Mi Señora… -se escandaliza el pobre sir Wolf, que empieza a parecerme un alma simple.
– Sí, sí, muy anticuada. Pero ¿acaso no os dais cuenta de lo mucho que están cambiando las cosas, sir Wolf? Sin embargo, ¡a Iglesia sigue igual, empeñada en repetir que hemos venido a este mundo a sufrir y poniendo al santo Job como ejemplo perfecto de la vida cristiana…, ese santo Job lleno de llagas y de calamidades que se revuelca en el estiércol… Pero ¿quién quiere sufrir? Yo desde luego no. ¿Y por qué va a ser pecado la felicidad? ¿Por qué no va a poder entrar en el Cielo alguien que ha sido feliz?
– Claro que puede, Dhuoda. Los santos son felices en su renuncia y en su…
– ¡No hablo de eso, primo! Hablo de los placeres de la vida. Hablo de los bellos ideales de las damas y del amor cortés… Las mujeres estamos haciendo del mundo un lugar más hermoso… Gracias al empuje de las damas existen los torneos… ¿Y no son mejores y más caballerescos los torneos que las guerras? Pues a pesar de ello, la Iglesia los prohíbe. Gracias a las damas hay poesía y los libros han salido de los monasterios. Hoy los guerreros nos aman y nos reverencian, y para hacerse dignos de nosotras han abandonado sus costumbres bárbaras. Hoy un buen caballero no sólo tiene que ser un buen combatiente en el campo de justas, sino que, además, debe saber leer, y cantar versos, y lavarse y cortarse el pelo, y llevar las añas limpias, y no enjugarse la grasa de los dedos en la camisa…
Sir Wolf se ruboriza y esconde sus manazas bajo la mesa.
– Hoy el mundo es un lugar más bello y más amable gracias a nosotras, pero ¿acaso la Iglesia nos lo reconoce?
– MÍ querida prima, justamente la Iglesia venera a la Primera Dama, a la Madre Amantísima, a Nuestra Dama la Virgen María…
– Ah, sí…, menos mal que la Virgen María nos ampara-interviene Nyneve-. Decidme, fray Angélico, vos sin duda sois Doctor en Teología y sabéis mucho… ¿Desde cuándo se venera a Nuestra Santa Madre?
– ¿Cómo que desde cuándo? Desde siempre, desde que trajo al mundo a Nuestro Señor.
– Naturalmente, sí, naturalmente… Pero ¿no es verdad que la Santísima Virgen apenas ocupaba antes lugar en los cultos? ¿No es cierto que ha sido justamente en los últimos tiempos cuando se ha reconocido oficialmente su preeminencia, y cuando han empezado a construirse las nuevas y hermosas catedrales consagradas a Nuestra Dama?
Los hermosos ojos del fraile relampaguean.
– Es verdad que los últimos concilios han tratado de manera especial la figura de la Virgen María… Pero ¿qué queréis indicar con esto, mi obcecado Nyne? ¿Acaso sugerís que la Santa Iglesia está promoviendo el culto de la Madre del Señor como respuesta a esa insensata y minúscula moda de los juegos cortesanos de las damas?
– No sugiero nada, fray Angélico. Sólo pienso que, como dice mi señora Dhuoda, los tiempos están cambiando, y los seres humanos empiezan a tener cierta valía por sí mismos, independientemente de su sexo y de su condición en el mundo: mirad a los hombres libres, a los burgueses…
– ¡Ah! Eso sí que no es un avance. Esos plebeyos que se creen con derechos… No son más que campesinos encerrados entre murallas -interviene apasionadamente la Duquesa.
Nyneve hace una cortés inclinación de cabeza hacia Dhuoda:
– No es mi deseo llevar la contraria a una anfitriona tan encantadora y tan magnánima… Pero, en fin, en cualquier caso coincidiréis conmigo, Duquesa, en que hoy las mujeres parecen ocupar posiciones de mayor rango.
– Y aunque fuera así, que por cierto no lo es -interviene fray Angélico-. Pero, aunque fuera tal como decís, y Nuestra Madre Iglesia estuviera intentando dar cabida en su amplio seno a esos nuevos sentimientos que aseguráis que tienen sus feligreses, ¿no sería esto algo bueno? ¿No sería la prueba de que la Iglesia está viva y se mueve con las necesidades de su rebaño? ¿Cómo podéis censurar a la Iglesia al mismo tiempo por estar anticuada y por cambiar demasiado?
– Es verdad eso que contáis de las mujeres, querido Nyne -tercia la Dama Blanca -. He oído hablar de esa nueva secta llamada de los tejedores…, dicen que los condes de Tolosa se han convertido a ella… Al parecer, aseguran que el infierno no existe y que tenemos derecho a ser felices. Y entre ellos, las mujeres tienen tanta preeminencia como los hombres. A lo mejor yo también me convierto.
El rostro de fray Angélico se crispa.
– Dhuoda, no sabes de lo que estás hablando… Esos tejedores o cátaros son unos seres endemoniados y muy peligrosos. Están organizando una verdadera Iglesia paralela, la Iglesia del Diablo, porque sostienen que Dios y el Diablo poseen el mismo poder. Tienen el alma tan sombría como sus ropas, pues siempre visten de negro. No juegues con las ideas heréticas, prima mía, pecas de ligereza. Porque sé bien que sólo es un juego para ti. Tú nunca te aliarías con los cátaros.
– ¿Ah no? ¿Y por qué no? -dice Dhuoda, retadora.
– Porque tú siempre estás con el poder. Tú eres el poder. Y ellos van a perder.
La Dama Blanca se echa a reír.
– Ahí te doy la razón, primo. Sin duda nos conocemos bien. Pero basta ya de temas tristes y serios. Que pasen los acróbatas. Y que sirvan los postres.
Los criados aparecen con nuevas fuentes: barquillos de moras, frutos secos del Garona, confituras dulcísimas. Con ellos ha entrado un pequeño grupo de malabaristas y saltimbanquis. Arrojan al aire bolas pintadas con purpurina de oro y hacen maravillosas contorsiones sin que las esferas se les caigan al suelo. A la luz de las antorchas, el efecto es fantástico: las bolas echan chispas en la penumbra y parecen flotar o volar por sí solas. Cuando acaba el número, uno de los acróbatas, el de mayor edad, coge una vihuela y se acerca a la mesa.
– Mi hermosa Señora, mis Señores, ruego vuestro permiso para contaros la historia más extraordinaria que jamás he escuchado, Se trata de la historia del Rey Transparente.
Nyneve, a mi lado, da un respingo.
– Sucedió hace muchos años en un reino lejano. Era un reino más o menos feliz, tan dichoso como pueda serlo el incierto destino de los humanos. Cuando menos, llevaban tantos años de paz que no recordaban ninguna guerra, y eran gobernados por un rey tranquilo, hijo, nieto y bisnieto de otros reyes tranquilos que lograron morir de viejos y en el lecho. Pero nuestro monarca tenía un problema, y era que…
Nyneve está de pie: la miro extrañada, porque no sé si quiete decir algo, o interrumpir el relato, o arrojarse sobre el hombre. Súbitamente, un estruendo infernal explota en mis oídos. Me vuelvo hacía el acróbata, peto ya no está. Es decir, no está en pie, sino sepultado bajo la gran lámpara central de la sala, una corona de hierro donde se sujetan cuatro hachones. Todo el artefacto, más la pesada cadena que lo sustenta, se ha desplomado sobre el trovero. Sus compañeros gritan, lloran y se afanan, junto con los criados, en sacar el cuerpo destro2ado de debajo de la trampa metálica. Dhuoda está indignada.
– ¿Quién prendió esos hachones, quién ajustó la lámpara? ¡Qué servidumbre tan inútil!
Y, contemplando la carne rota y ensangrentada del acróbata, la Duquesa arruga con desagrado su blanca naricilla y remata:
– Bendito sea Dios, se nos podría haber caído encima a cualquiera. En fin, menos mal que no ha ocurrido nada.
El castillo de la Dama Blanca es un laberinto. Llevo meses aquí y aún no he conseguido Ilegal a la puerta de entrada. Ayer me di cuenta de que no sé cómo se sale. Se lo dije a Dhuoda mientras jugábamos al ajedrez.
– Me siento prisionero.
– ¿De veras? Creí que eras mi huésped bien amado y que estabas disfrutando de mi hospitalidad…
Es verdad. Los días se deslizan unos detrás de otros fácil y felizmente, espléndidos días sin hambre, sin frío, sin trabajos, días carentes de pasado, como si todo formara parte de un hermoso sueño. Este es un lugar mágico que te hace olvidar que antes has sido otra: cuan rápido se acostumbra una a la abundancia. Deambulo a mi aire por las salas, por los salones y los pasadizos de la ciudadela, y a veces me acompaña alguno de los perros de la Duquesa. Tiene muchos, tal vez medía docena, todos de pelaje blanco como la nieve. Son perros refinados y de gustos nobles, y viven una vida mucho más opulenta de la que jamás viví yo, cuando era Leola la campesina; o de la que vivieron mis padres, o los padres de los padres de mis padres.
– Tenéis razón, mi Dama, y no quisiera parecer desagradecido… Estoy disfrutando mucho de mi estancia aquí. Lo que sucede es que me he dado cuenta de que no sé salir.