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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—Piensas eso porque tienes quince años, y cada año que pasa parece largo cuando se han vivido solamente quince y se tienen sólo quince con los cuales comparar. Cuando se tienen cuarenta o cincuenta… un año parece menos, porque se los compara con los cuarenta o cincuenta que se han vivido.

—¿Quién te lo dijo?

—Mi abuelita, que es muy sabia.

—He oído hablar de ella. Bess y Kit la mencionan. Dicen que tiene "poderes", que puede ayudar a la gente… —Quedó pensativa; luego agregó—: Esto se denomina un quoit. Me dijo papá que fueron construidos por los celtas, los de Cornualles, que han estado aquí mucho más tiempo que los ingleses.

Atamos un rato nuestras jacas y nos sentamos apoyadas en las piedras, mientras ellas mordisqueaban el pasto y Mellyora me hablaba de las conversaciones que había tenido con su padre acerca de las antigüedades de Cornualles. Yo la escuchaba con suma atención, orgullosa de pertenecer a un pueblo que había habitado esta isla más tiempo que los ingleses, y que había dejado esos monumentos peculiarmente inquietantes a sus muertos.

—No podemos estar lejos del territorio de los Derrise —dijo por fin Mellyora, levantándose para indicar que deseaba montar—. No me digas que nunca oíste hablar de los Derrise. Son la gente más adinerada de los alrededores; poseen acres y acres de terreno,

—¿Más que los Saint Larston?

—Mucho más. Vamos; perdámonos. Siempre es tan divertido perderse y encontrar Juego el camino.

Montó en su jaca y partimos; ella iba adelante.

—Es un tanto peligroso —me gritó por sobre el hombro, más preocupada por mí, que no era tan experta, que por sí misma, y sofrenó su jaca. Llegué a su lado e hicimos que nuestros caballitos fueran al paso sobre la hierba—. Es fácil perderse en el páramo, porque hay muchas cosas que se parecen. Hay que encontrar un punto de referencia… como ese tormo de allí. Creo que es el Tormo de Derrise, y si lo es, ya sé dónde estamos.

—¿Cómo puedes saber dónde estás si no tienes la certeza de que es el Tormo de Derrise?

Riéndose de mí contestó:

—Ven.

Ascendíamos al encaminarnos hacia el tormo; estábamos ahora en terreno pedregoso y el mismo tormo se encontraba sobre un montecillo; una extraña forma retorcida de piedra gris que, desde cierta distancia, podía confundirse con un nombre de proporciones gigantescas.

Volvimos a desmontar, atamos las jacas a un grueso arbusto y, juntas, trepamos al tormo por el montecillo. Era más empinado de lo que habíamos pensado, y cuando llegamos a la cima… Mellyora, que semejaba una enana junto a un gigante, se apoyó en la piedra y anunció, entusiasmada, que estaba en lo cierto. Aquel era el territorio de los Derrise.

—¡Mira! —exclamó, y yo, siguiendo su mirada, vi la gran mansión.

Grises muros de piedra, torres almenadas, una imponente fortaleza que semejaba un oasis en el desierto, pues la casa estaba rodeada de jardines. Entreví árboles cargados de capullos frutales, y verde césped.

—Es la Finca Derrise —me informó ella.

—Parece un castillo.

—Lo es; y aunque se dice que los Derrise son la gente más rica del este de Cornualles, algunos afirman que están sentenciados.

—¿Sentenciados, con una casa como esa y tanta riqueza?

—Ah, Kerensa. Tú siempre piensas en términos de posesiones mundanas. ¿Nunca escuchas los sermones de papá?

—No, ¿y tú?

—Tampoco, pero sin escuchar sé lo de los tesoros en la Tierra y todo eso. Como quiera que sea, pese a todo su dinero, los Derrise están sentenciados.

—¿Sentenciados a qué?

—A la locura. En la familia hay locura y se manifiesta de vez en cuando. Dice la gente que por suerte no hay ningún hijo que continúe el linaje, y que con esta generación terminarán los Derrise y su maldición.

—Vaya, eso es bueno.

—Ellos no piensan lo mismo. Quieren que su nombre se perpetúe y todo eso. La gente siempre desea eso, no sé por qué.

—Es una especie de orgullo —repuse—. Es como no morir nunca, porque siempre hay una parte de uno que sigue viviendo a través de los hijos.

—¿Por qué no valen las hijas tanto como los hijos? —Porque ellas no tienen el mismo apellido. Cuando se casan pertenecen a otra familia y el linaje se pierde.

Mellyora quedó pensativa. Luego dijo:

—Los Martin morirán conmigo. Piénsalo… Al menos los Carlee tienen a tu hermano… el que se lastimó una pierna cayéndose de un árbol.

Como ahora nos habíamos hecho amigas y yo sabía que podía confiar en ella, le conté la verdad de aquel incidente. Ella me escuchó con atención; luego dijo:

—Me alegro de que lo hayan salvado. Me alegro de que Kim ayudara.

—¿No se lo dirás a nadie?

—Por supuesto que no. Pero en todo caso, nadie podría hacer gran cosa al respecto ahora. ¿No te parece extraño, Kerensa? Vivimos aquí, en este tranquilo paraje rural, y en torno a nosotras suceden cosas tremendas, tal como si viviéramos en una gran ciudad…i tal vez más aún. Piensa en los Derrise.

—Jamás había oído hablar de ellos hasta hoy.

—¿Nunca oíste la historia? Pues te la contaré. Hace doscientos años, una Derrise dio a luz un monstruo… fue algo espantoso. Lo encerraron en un cuarto secreto, emplearon a un hombre vigoroso para que lo cuidase y ante el mundo fingieron que el pequeño había nacido muerto. Introdujeron en la casa un pequeñuelo muerto, que fue sepultado en la bóveda de los Derrise; mientras tanto el monstruo seguía viviendo. Le tenían terror porque era no sólo deforme, sino maligno. Algunos decían que el demonio había sido el amante de su madre. Tuvieron otros hijos; con el tiempo Uno de éstos se casó y llevó a la casa a su reciente esposa. La noche de bodas jugaron al escondite y la novia fue a esconderse. Como era Navidad, el carcelero fue a participar en la francachela. Bueno, bebió tanto que se durmió, ebrio, pero había dejado la llave en la puerta del cuarto del monstruo, y cuando la recién casada, que no conocía la casa ni sabía que nadie entraba jamás en el sector al que se decía hechizado porque el monstruo emitía ruidos extraños de noche, vio la llave en la cerradura, la hizo girar y el monstruo se le abalanzó. Viéndola tan bella, no le hizo daño, pero ella quedó encerrada con él y gritó, gritó tanto, que quienes la buscaban supieron dónde estaba. Conjeturando lo sucedido, su marido echó mano de un arma, irrumpió en el cuarto y mató de un tiro al monstruo. Pero la joven esposa enloqueció, y el monstruo al morir maldijo a todos los Derrise, diciendo que lo sucedido a la mujer reaparecería de vez en cuando en la familia.

Yo escuchaba el relato fascinada. Mellyora continuó: —Dicen que la actual Lady Derrise está medio loca. Cuando hay luna llena sale al páramo y baila alrededor del tormo. Tiene una acompañante que es una especie de guardiana. Eso es muy cierto, y se trata de la maldición. Ellos están sentenciados, te repito, así que no podrías envidiarles su hermosa casa y sus riquezas. Pero ahora la maldición se extinguirá, porque este será el final del linaje. Sólo queda Judith.

—¿La hija de la dama que baila alrededor del tormo bajo la luna llena?

Mellyora movió la cabeza, asintiendo. Yo le pregunté:

—¿Crees en la historia de las vírgenes?

Mellyora asintió antes de responder.

—Pues… cuando estoy allí, entre esas piedras, me parece que estuvieran vivas.

—A mí también.

—Una noche, Kerensa, cuando haya luna llena, iremos allá y las observaremos. Siempre quise estar allí con luna llena.

—¿Crees que la luz lunar tiene algo de especial?

—Por supuesto. Los antiguos britanos adoraban al sol… y a la luna, supongo. Hacían sacrificios y demás. Ese día, cuando te vi dentro del muro, pensé que eras la séptima virgen.

—Eso supuse. Tu expresión era tan rara… como la que tendrías si vieras un fantasma.

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