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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Cuando se lo hizo saber, el caballero las reparó personalmente, aduciendo no querer perder tiempo con el armero.

Sir Domerikos era el comandante en jefe de las fuerzas que abandonaron el castillo. El contingente se dirigía a Entrada, lo cual alegraba a Jo. Mirando hacia atrás, divisó otra unidad que iba al noroeste, hacia la fortaleza de la Carretera del Duque. Las fuerzas que se dirigían a Frontera habían partido el día anterior.

El suelo estaba duro y frío, lo que hacía más incómoda la marcha a los caballos contra la inclemencia del viento. Jo tiraba constantemente de las riendas para forzar a la bestia a que continuase avanzando, y, a pesar de su notable fortaleza, el hombro le empezaba a doler. El caballo volvió a detenerse, lo que la obligó a hacer lo propio. Con rabia se apartó el pelo de la cara y, mirándolo fijamente a los ojos, se preguntó si era consciente del trabajo que le estaba dando. Mirando hacia atrás, comprobó que estaba perdiendo rápidamente terreno con respecto a su caballero.

—¡Vamos! –murmuró, al tiempo que tiraba de las riendas con ambas manos. Tenía mucha experiencia con toda clase de animales, pero aquél se lo estaba poniendo realmente difícil. El animal movió arriba y abajo la cabeza y con un relincho retrocedió un paso. Tiró con todas sus fuerzas para poner en marcha al animal, procurando, en lo posible, no dañarlo.

—¿Tenéis problemas, escudero? –oyó que le decía una voz desde atrás.

Jo se volvió enfadada, esperando encontrarse a un soldado del Águila Negra. En lugar de eso, se topó de bruces con el yelmo de sir Domerikos, que la contemplaba desde lo alto de su corcel gris.

—No, señor –dijo esbozando una ingenua sonrisa.

—Entonces ¿qué es lo que ocurre?

—No hay ningún problema, señor –mintió de nuevo–. El caballo debe de estar cansado.

El caballero estiró un brazo.

—Dadme esa rienda –ordenó.

Con un breve suspiro, Jo hizo lo que se le dijo. Domerikos enrolló la correa en el borrén de su propia silla e hizo que su montura volviera grupas. El caballo de carga inició su marcha a regañadientes.

—No lo entiendo –suspiró Jo mientras la adelantaban otros caballeros y escuderos.

—Escudero Menhir –la llamó el caballero desde el interior de su yelmo–, si no os importa…

Jo se volvió hacia él, enfadada consigo misma por no prestar atención a su labor. Acudió corriendo para situarse junto al caballo, que parecía seguir haciendo caso omiso de ella.

El caballero la miró, y ella supuso que la veía como una idiota. Ni por un momento podía quitarse de la cabeza la necesidad de emprender su búsqueda, y ello le impedía concentrarse en el trabajo.

Trató de imaginarse qué podía haberle sucedido a Dayin y sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo, lo que provocó un ligero tintineo de sus mallas. Ambos habían sido víctimas del venenoso mordisco de un abelaat, y ese terror compartido los unía de algún modo.

—Escudero Menhir –repitió sir Domerikos. Jo, al ver interrumpidos sus melancólicos pensamientos, dirigió una mirada fulminante al caballero. Domerikos se quitó el casco alado y sacudió su larga y negra melena. En su afilado rostro destacaban dos pómulos prominentes. Los ojos eran de un color oscuro, y lucía un bigote cuidadosamente recortado que confería un aire agradable a sus severas facciones.

—¿Sí…, señor? –preguntó con corrección, mirándolo a los ojos.

—Sir Graybow me contó muchas cosas sobre vuestras últimas… experiencias –dijo el caballero–, pero aún me queda algo de curiosidad.

¿De dónde sacasteis esa fina armadura y el tabardo?

Jo torció la cara para evitar no decir algo precipitado. El tono de voz no era adulador ni arrogante, pero aquellos modales aristocráticos la irritaban. Recordó los tiempos difíciles que había soportado en las calles de Specularum, en las que había tenido que limpiar botas, carruajes e incluso chimeneas para no morir de hambre. Sir Domerikos era del tipo de gente que le solía tirar algunas monedas, aunque había demostrado el suficiente respeto como para no llamarla «chica».

—¿Qué fue lo que os contó de mí? –le preguntó con astucia, desviando su mirada.

—Poca cosa, excepto que gozasteis de una compañía muy destacable.

—Esa compañía tan destacable no hizo de mí una escudero.

—Lamento profundamente haberos ofendido –se disculpó el noble educadamente–; no era ésa mi intención.

Jo escrutó el rostro del aristócrata y comprendió que no pretendía burlarse de ella; simplemente trataba de ser amable y abierto. Se sintió culpable por haberlo prejuzgado sólo por su estirpe.

—No tenéis que disculparos ante mí, señor. No soy más que una escudero –respondió.

—Eso me ha dicho sir Barethmor, de los lanceros del Águila Negra.

—¿Habéis hablado con él?

Domerikos sonrió y volvió su mirada hacia el contingente de los caballeros de coraza negra. Sir Barethmor era el capitán general de los lanceros.

—Ya hemos hablado en otra ocasión –afirmó.

—Me preguntó por vos –dijo Jo, preocupada–. Creo que quiere… traeros problemas.

Domerikos asintió.

—Sin duda, en una ocasión tuvimos una disputa por cierta dama que… en fin, no creo que os interese.

Había despertado el interés de Jo, y, cuanto más tiempo lo mantuviese hablando sobre sí mismo, más tardaría en verse obligada a dar algunas respuestas.

—Por favor, contádmelo –pidió.

Domerikos estiró el cuello, y se pasó por el cabello una mano enfundada en el guantelete. El aliento blanquecino que se formaba mientras hablaba se disolvía en el frío aire.

—Los detalles no tienen importancia, pero en una ocasión le arrebaté a Barethmor lo que más lo obsesionaba.

—¿Qué era?

El caballero se volvió hacia Jo, sorprendido.

—Su mujer, por supuesto. –La agudeza del comentario la hizo reír.

Sir Domerikos rió también y añadió–: A mis oídos había llegado que el muy animal la maltrataba, y, al partir del Castillo de los Tres Soles para retarlo a muerte, me la encontré cabalgando hacia mí con un plan de fuga.

—Pues Flinn nunca me contó una historia parecida –dijo Jo entre risas. Lamentó el comentario, pero se figuró que todo el mundo había oído que era la escudero de Flinn el Poderoso.

—¿De veras? –exclamó sir Domerikos, sorprendido nuevamente–. ¿Qué tipo de historias os contaba?

Jo apretó los labios con desgana.

—Yo… –comenzó, intentando ser lo más educada posible–. Él contaba historias que eran… esclarecedoras.

—De las que muestran una visión más realista de la caballería; no como la gente cree que es –observó, asintiendo.

—Exacto –contestó Jo, satisfecha de que el caballero fuese tan astuto.

—Creo tener una noción del tipo de hombre que era Flinn. Siempre me he hecho preguntas sobre él, y vuestra compañía es mi mejor oportunidad de llevar a cabo mi investigación.

—¿Vuestra qué…?

Sir Domerikos se inclinó sobre su silla y susurró:

—¿No os lo contó sir Graybow? Voy a escribir un libro sobre Flinn el Poderoso. Intencionadamente, pospuse mi estudio del hombre hasta que llegase a conoceros.

Jo arqueó las cejas, deteniéndose. El caballero detuvo su caballo y se volvió para mirarla. La muchacha tenía la furtiva sospecha de que iba a oír algo que no le gustaría.

—La expresión de vuestro rostro me dice que ya lo habéis adivinado, escudero Menhir –dijo Domerikos–. Como sabía de vuestra relación con Flinn, solicité que se me otorgasen vuestros servicios como escudero.

—¿Qué? –gritó, indignada–. Estoy aquí como vuestra escudero porque solicitasteis mis servicios. ¿Qué hay de mi misión? ¿Qué pasa con…?

—Yo de vos no hablaría tan alto, escudero Menhir. Hay algunos por aquí a los que les interesaría saber sobre vos tantas cosas como a mí.

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