El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
Los corredores por donde circulaban se conocían como los Túneles del Más Allá, pasadizos secretos de la ciudad donde no habitaba ninguna raza civilizada. Braddoc sabía que Denwarf se había aventurado por aquellos túneles en las legendarias generaciones de sus antepasados. El enano nunca había tenido la ocasión de hablar con el espíritu del maestro de los enanos.
—¿Cómo sabías que había que venir aquí? –preguntó, y las paredes cubiertas de musgo absorbieron el eco de su voz.
—Puedo sentir el origen del poder, pero no sé exactamente dónde se halla –respondió Flinn, encogiéndose de hombros–. Éste es el lugar más cercano que encontré –añadió.
—Muy bien. Tan sólo hay que caminar un poco más –dijo el enano.
Las cavernas se iban tornando cada vez más oscuras y, aunque Braddoc podía ver en la oscuridad, ignoraba si Flinn tenía la misma capacidad.
—¿Puedes ver? –inquirió el enano.
—No estoy seguro –contestó Flinn–. Creo que te veo a ti, no… no lo sé.
Braddoc asintió para sí. Suponía que la habilidad del Inmortal para ver en la oscuridad tardaría en manifestarse. Dando un profundo suspiro, Braddoc echó mano de su ojo izquierdo. Se adentró en las profundidades de su mente hasta tener una visión del brillante orbe que lo había acompañado durante tantos años. Mentalmente caminó alrededor del orbe, unido al éter por fibras de luz, y buscó el camino hacia el propio Kagyar a través de los diferentes planos.
Al enano no le gustaba tener que usar la lente, pero la facultad de crear luz no mermaba sus poderes, como sucedía al darle otros usos.
Con suavidad alargó ambas manos y condujo la luz de su espíritu hacia el mundo de los sentidos.
El ojo de cristal emitía un brillo blanco, puro como el sol, que iluminaba todo a su alrededor, proyectando enormes y grotescas sombras de aspecto sobrenatural en los muros de la caverna.
—¡Es asombroso! –exclamó Flinn sorprendido–. Puedo sentir el poder que mana a través de ti.
En vez de contestarle, Braddoc juntó las manos, cerró su ojo bueno y se dejó caer de rodillas, con lo que la luz del ocular se paseó por toda la caverna. Apretó los dientes para no maldecir.
—Oh gran señor Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar Ojos de Relámpago; yo, Braddoc Briarblood, tu humilde servidor, te doy las gracias por bendecirnos con tu luz. Que brille por siempre, para guiarnos en nuestro camino a través de la oscuridad –dijo Braddoc sin entusiasmo. Se detuvo y relajó la mandíbula. Antes de continuar tenía que pagar su odiada deuda a Kagyar.
Flinn miró hacia el techo y alzó una mano como intentando agarrar algo.
El enano seguía emitiendo murmullos para sí, en nombre del patrón Inmortal que había creado la lente. Sus palabras eran pausadas y llenas de respeto y agradecimiento, pero sabía que, en algún lugar, Kagyar se estaba riendo de él porque había osado rechazar el camino de la inmortalidad. La humillación era su penitencia, como siempre había sido.
La mano de Flinn agarró uno de los hilos de luz que conectaban a Kagyar con el ocular.
Antes de que Braddoc pudiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, se desplomó en el suelo con un quejido, presa de un dolor insoportable. Cuanto más fuerte tiraba Flinn del hilo, mayor era la agonía. A pesar de ello, Braddoc no le dio a Kagyar la satisfacción de detener sus oraciones. La hebra desapareció, y con ella el dolor que le martilleaba la cabeza. Se puso en pie y se cubrió la frente con ambas manos como si hubiese recibido un garrotazo.
—¿Qué era eso? –preguntó Flinn con la mirada aún fija en su mano.
—La… –Braddoc tuvo que detenerse para enjugarse la nariz, y vio que tenía sangre en la mano. Apretó los dientes para desembarazarse de las últimas punzadas de dolor y extrajo un pañuelo de su jubón de cuero para limpiarse las manos. Tras unos instantes en silencio, contestó–: La voluntad de Kagyar conectada al ocular. No vuelvas a hacerlo.
—Lo siento de veras –se disculpó Flinn, dejando caer la mano–. ¿Puedo hacer algo por ti?
Braddoc dejó escapar una carcajada de la que se arrepintió enseguida, cuando una neblina roja le cubrió los ojos.
—Dale una patada a Kagyar de mi parte.
—¿No te llevas bien con tu maestro?
—Ex maestro –corrigió Braddoc, aspirando profundamente por la nariz–. Encontré este artilugio en mi búsqueda del conocimiento absoluto, la búsqueda de la inmortalidad en la Esfera de la Materia.
Cada vez que uso el ocular debo postrarme ante Kagyar y agradecerle su maravilloso regalo. –El enano emitió un gruñido–. ¡Maravilloso regalo! ¡Prefiriría recuperar mi ojo!
Flinn se cruzó de brazos, como disponiéndose a iniciar una conversación.
Braddoc alzó una mano, que proyectó una sombra gigantesca sobre el muro y sobre los angulosos rasgos de Flinn.
—Antes de que empieces a hacerme un montón de preguntas que no me apetece contestar, creo que deberíamos ponernos en marcha.
Realmente no hay tiempo que perder –dijo.
Flinn asintió y dejó caer los brazos.
—Gracias por hacer este… sacrificio por mí, Braddoc. No puedo comprenderte, pero estoy empezando a apreciarte.
Braddoc se giró y reanudó la marcha por el túnel que ahora iluminaba. Sonrió con satisfacción al comprobar que Flinn estaba más vivo de lo que había llegado a pensar.
Caminaron durante horas por sinuosos pasadizos sólo conocidos por Braddoc y los espíritus de sus antepasados. De vez en cuando se encontraban con los restos mortales de partidas de enanos expedicionarios, esqueletos convertidos en polvo. Las cavernas que había bajo Rupestre eran la guarida de horribles criaturas, no todas ellas mortales.
Braddoc notó que empezaba a escasear el aire. En la ciudad que tenían sobre sus cabezas, unos ventiladores de complejo diseño conducían aire a través de unos conductos hábilmente distribuidos, lo cual era suficiente para Lower Dengar y muchos de los túneles y pasadizos adyacentes. Pero, donde se encontraban en aquellos momentos, no había posibilidad de que el aire circulase.
—Puede que haya vivido mucho, Flinn, pero todavía soy mortal, y pronto tendré problemas para respirar –comentó Braddoc sin volverse.
A sus espaldas sopló una ráfaga de viento que le arrojó los cabellos sobre la cara y estuvo a punto de soltar la barba trenzada de su sujeción en el cinturón. Dirigió el haz de luz de su ocular hacia atrás, esperando encontrar alguna extraña criatura a la que tendría que enfrentarse, pero sólo vio a Flinn.
—¿Te sientes mejor, ahora? –inquirió éste, deteniéndose.
Braddoc asintió.
—Mucho mejor. No quería tener que usar la lente por algo tan tonto como respirar.
—Entiendo –dijo Flinn, poniéndose otra vez en camino.
Los dos compañeros continuaron su marcha, y a los pocos minutos llegaron a una cueva tan extensa que la luz del ocular se perdía en la oscuridad. El lugar tenía forma de pecera invertida, con suelo plano y unas paredes curvadas que desaparecían en la insondable oscuridad. Los muros estaban cubiertos por unas afloraciones rocosas que habrían sido estalagmitas si no hubieran estado apuntadas hacia el centro del suelo; incluso las más cercanas a la entrada apuntaban hacia adentro. Daba la sensación de que un equipo de artesanos enanos habían pulido la piedra, tanto la del suelo como la de las paredes. Braddoc movió la cabeza en un gesto de admiración.
—¿Nunca habías estado aquí? –preguntó Flinn, que avanzaba detrás del enano.
Braddoc hizo un gesto de negación.
—No. Sólo sabía de su existencia a través de mis antepasados.
El enano examinó la caverna intentando hacer llegar la luz del ocular a todos los recovecos, sin percibir indicios de nidos o guaridas.
—¿No lo sientes? –inquirió Flinn, alzando los puños hasta el pecho y tensando los músculos con una fuerza increíble–. ¿No lo sientes, Braddoc? El poder, la edad, la maravillosa maestría…