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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Jo se volvió y comprobó que un grupo de lanceros del Águila Negra la contemplaban señalándola y haciendo gestos entre sí, Barethmor entre ellos.

Sir Domerikos hizo girar su caballo; Jo lo imitó y desenfundó la espada de la vaina que había pertenecido a Vencedrag. Apenas notaba el peso de la hoja. Las diminutas marcas dejadas en sus palmas por las piedras de abelaat habían casi desaparecido.

—Hermosa espada, escudero –comentó Domerikos, alargando el brazo–. ¿Puedo verla?

—No, señor; no puedo dejar a Paz en las manos de otra persona –replicó con firmeza.

—Podría ordenaros que me entregaseis esa arma, escudero Menhir.

—Sí, señor; podríais. Podríais ordenarme que luche a muerte en el campo de batalla; y aunque me costase la vida cumpliría vuestras órdenes de la mejor manera posible. Pero no os entregaré mi espada.

El caballero asintió sin mirarla.

—¿Es la espada que fue bendecida por la gente de Penhaligon? –inquirió.

—En efecto.

—¿Es ésa la empuñadura de Vencedrag?

—Sí.

Sir Domerikos, se inclinó sobre su silla para contemplar más de cerca a Paz, y luego guardó silencio por unos momentos, con expresión pensativa.

—Fascinante –dijo–. Confío en que algún día, escudero Menhir, me contaréis vuestra historia.

Los dos continuaron en silencio. Jo pensó que, de no haber sido el escudero de Flinn, habría aprendido gustosa bajo las órdenes de sir Domerikos.

Con Paz descansando sobre su hombro, Jo observó la marcha de las fuerzas. Había tres regimientos de la baronía del Águila Negra, uno de los cuales era de caballería. Penhaligon había añadido tres más de caballería además de dos de ballesteros y dos de infantería. El arma principal de la infantería eran las lanzas, y todos portaban un escudo decorado con el heraldo de sus respectivos señores.

Jo se imaginó al mando de un destacamento semejante, pero supo al instante que ello no le haría ni pizca de gracia. La vida en las calles de Specularum implicaba valérselas por sí mismo; las muestras de amabilidad eran escasas y, a menudo, engañosas. Jo había aprendido, por lo tanto, a no confiar en nadie más que en sí misma.

Era consciente del valor y la variedad de recursos que se necesitan para dirigir las fuerzas en el campo de batalla, pero desconocía Tos principios morales y la habilidad de cultivar los corazones de los hombres. Alzó la vista hacia sir Domerikos, con su respeto por él incrementado.

Penhaligon estaba rodeado de colinas y suaves pendientes. El contingente se dirigía hacia el norte, a través de onduladas elevaciones, hasta que alcanzaron algunos bosques dispersos sin nombre. Al pasar al lado de uno de ellos, uno de los lanceros del Águila Negra lanzó un grito, señalando hacia un árbol. Jo se volvió sorprendida y descubrió un enorme venado que pastaba en el límite del bosque.

El lancero bajó la visera de su yelmo y apartó de un empellón a uno de sus compañeros al tiempo que espoleaba su montura. El caballo profirió un fuerte relincho e inició el galope. El compañero se recuperó enseguida y lanzó el caballo al galope, intentando dar caza al otro. El resto de los lanceros se rieron abucheándolos, sin que Jo entendiera lo que decían.

Sir Domerikos alzó la cabeza para ver qué sucedía. Hizo girar a su montura para dirigirla hacia el bosque, a la vez que soltaba la pestaña que sujetaba su sable a la silla. Jo advirtió que, no bien el caballero se ponía en movimiento, sir Barethmor también hacía girar a su caballo y soltaba su maza de guerra del estribo.

—Curiosa arma para cazar venados –comentó Jo, haciendo un ademán hacia el capitán de los lanceros.

Domerikos contempló a los lanceros del Águila Negra, y dejó escapar una risita, tras lo cual volvió a su posición entre los demás caballeros.

—Ciertamente –le dijo a Jo sin mirarla.

—¿Qué vais a hacer?

—Dirigir a la tropa y mantenerme fuera de su camino, asegurándome de que se mantenga a una buena distancia de mí… y de vos –añadió.

—¿Qué queréis decir? –se extrañó Jo.

—Sir Graybow me informó acerca del… instructor que se os envió desde el condado del consejero Melios. –El caballero continuaba con la mirada perdida en la distancia–. ¿No sois acaso la nueva espada?

Jo cambió su agarre de la empuñadura de la espada, pues las piedras de abelaat le rozaban las muescas que le habían quedado marcadas en las palmas al defenderse del asesino.

—No dejéis que se os acerque ese hombre, escudero –murmuró sir Domerikos–. Ha intentado arrastrarme a peleas en numerosas ocasiones, pero nunca lo ha conseguido.

Jo agarró a Paz con una sola mano y, alzándola por encima de su cabeza, la impulsó hacia adelante. El ejercicio le calentaba los entumecidos músculos.

—Yo creía que teníais intención de retarlo cuando le arrebatasteis a su esposa –comentó.

—Aquello era diferente, y me alegro de no haberlo hecho.

—¿Por qué?

Domerikos aseguró la correa de su espada.

—Porque posteriormente me enteré de que ese hombre utiliza toda una serie de triquiñuelas mágicas.

Jo sintió un escalofrío y dejó de blandir su espada. La mayor parte de los trucos de magia con que se había topado eran malignos, con la excepción de los encantamientos de teletransporte de Karleah y la cola de perro que le había regalado su padre. Asustada, recordó el poder maligno de Teryl Uro y se preguntó cómo haría para sortear sus defensas mágicas.

Del bosque surgió un grito que los hizo girar en aquella dirección.

Uno de los lanceros tenía problemas o estaba loco de alegría. Muchos de los escuderos dejaron a sus caballeros para acudir corriendo hacia el lugar.

—¿Por qué no vais con ellos, escudero? –sugirió el caballero con una leve inclinación de cabeza.

—¿Qué están haciendo? –preguntó confundida.

—Cazando un venado, por supuesto.

Jo frunció los labios mientras observaba cómo los escuderos se internaban en la oscuridad del bosque empuñando sus espadas y pequeñas lanzas. Jo no se sentía como uno de ellos y eso le provocaba cierta incomodidad. Negando con la cabeza, decidió quedarse.

—¿Por qué no vais, escudero? Os proporcionaría una cierta distracción de vuestras obligaciones.

—No me parece una buena idea, señor, pero os lo agradezco. No creo tener muy buena reputación entre el resto de los escuderos, debido a mis antecedentes.

Sir Domerikos pareció sorprenderse.

—Todo lo contrario, escudero. Sois la figura más admirada del castillo.

—Ése es mi problema, señor. En pocos días he pasado de ser repudiada a ser adorada.

—De acuerdo, pues. Si tal es vuestra decisión, entonces os ordeno que os unáis a los otros escuderos, busquéis al ciervo y le arranquéis las astas para proporcionarnos fama y honor.

Jo miró fijamente al caballero, quien la obsequió con una amplia sonrisa. La joven no pudo evitar devolverle la sonrisa, pero ésta se truncó cuando sus ojos se encontraron con la figura de sir Barethmor.

—Si sir Graybow os ha sugerido que sir Barethmor desea mi espada –dijo Jo, alzando enfáticamente su plateada arma–, entonces probablemente no debería abandonar vuestra protección.

—Si sir Barethmor desea vuestra espada, tendrá que luchar conmigo para conseguirla –declaró sir Domerikos con contundencia.

Jo inclinó la cabeza, adulada.

—Y, ahora que ya hemos intercambiado suficientes cumplidos, será mejor que os mováis –añadió sir Domerikos con la misma sonrisa–. Quiero que cacéis el venado, pero sobre todo quiero que lo hagáis antes que esos lanceros mentecatos.

Con una risa involuntaria, Jo se alejó de la columna, vigilando a Barethmor; el rostro del hombre se escondía bajo un yelmo, pero no parecía mostrar el más mínimo interés hacia su persona.

Sin pensarlo más, asió a Paz con ambas manos y corrió al encuentro de los escuderos, acompañada por el tintineo de su malla de elfo. Le sentó bien estirar las piernas y correr en lugar de mantener la pesada marcha de la columna.

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