El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
Ambos observaron las fuerzas que entraban: un regimiento comandado por dos capitanes, cuatro sargentos y un capitán general.
La mitad de las fuerzas sólo portaban lanzas y escudos. El resto iba armado con ballestas, y la mayoría de ellos llevaban paveses colgando de la espalda.
Los escuderos del castillo acudieron a recibir a los caballeros.
—Dejad a Paz conmigo e id a ayudar a los demás –le indicó el alcaide, extendiendo los brazos para coger la espada.
—No –respondió Jo.
Graybow la miró interrogante.
—Lo siento –se disculpó la joven–. No puedo abandonar mi espada.
Graybow hizo un gesto de desaprobación, pero al cabo asintió.
—De acuerdo, pero escondedla bajo vuestra túnica. –Y, agarrando a Jo por el brazo, la acompañó hasta su armadura, que aún yacía junto al cuerpo del asesino.
Los soldados, entre torpes sonrisas dedicadas a Jo, les abrieron paso. La joven recordó con cariño haber esbozado una sonrisa parecida cuando vio a Flinn por primera vez.
Con rapidez se ajustó la armadura y se enfundó el tabardo; se ciñó la espada a la cintura y tras cubrirla con el tabardo, corrió a reunirse con el resto de los escuderos. Los hombres de la baronía no eran tan imperturbables como había pensado en un principio. No bien entraron en el castillo y recibieron la atención de los escuderos, comenzaron a armar alboroto y hacer burlas.
—¡Fijaos en eso! –dijo uno desde lo alto de su caballo al pasar Jo por delante–. ¡Se cree que es capaz de llevar la espada de un hombre!
Sus compañeros se rieron, y uno de ellos añadió:
—Con ese aspecto, yo le dejo que coja la mía cuando quiera.
Jo le lanzó una mirada de furia.
—¡Yo me andaría con cuidado! –aconsejó el primer caballero a su compañero–. ¡Tal vez intente derribarte!
—Cuando quiera, cuando quiera –contestó el otro entre risas.
Jo apretó los dientes y siguió andando. El resto de los escuderos se habían ocupado de la mayoría de los caballos, y los caballeros aflojaban los cierres de sus armaduras. Se ofreció a ayudar a uno de los nobles que no podía abrir el enganche de su hombrera, pero el hombre la despidió con un gesto de impaciencia.
—¡Apártate de mí, muchacha! –le ordenó–. Yo ya estaba en los campos de batalla cuando tú aún usabas pañales.
—Tal vez, pero… –Se contuvo para no provocar una reacción aún más hostil. El caballero se quitó el casco, y dejó al descubierto unas facciones duras y una espesa barba negra. Sus ojos eran del mismo negro intenso.
—Pero ¿qué? –preguntó, deteniendo su actividad.
Arrepentida de habérsele acercado, Jo obsequió al caballero con una ligera sonrisa y respondió:
—Nada, señor. No soy más que una escudero.
El caballero se quedó contemplándola mientras Jo se le aproximó y le desabrochó el cierre con una sola mano, manteniendo la otra en la espalda para sujetar la espada.
—¿Conque sólo una escudero, eh? Pues parece que hay más de lo que pretendes enseñar –profirió con un gruñido.
Jo retrocedió cuando el hombre le dio una palmada en la hombrera de la armadura.
—Creo que no sé a que os referís, señor –murmuró, usando un tono de humildad que esperaba la salvase.
El caballero gruñó de nuevo.
—Eres una embustera, chica. ¿Dónde está tu caballero?
—¿Mi caballero? –tartamudeó, súbitamente recelosa. Podía ser que aquellos hombres fuesen tan traidores como su barón. Podían incluso haber escoltado al asesino. Se preguntó si no estarían también buscando a Paz.
—¡Eres una muchacha estúpida y una peor escudero! –dijo el caballero, sacándose la hombrera de la armadura–. Ahora dime:
¿dónde está el hombre llamado Domerikos?
—Sir Domerikos no ha vuelto de sus propiedades, pero se espera su regreso pronto –informó Jo, satisfecha con el cambio de conversación. Domerikos era uno de los que había visto salir apresuradamente del castillo.
El caballero la dejó sin una palabra de agradecimiento, y ella fingió ocuparse del hermoso corcel de guerra para intentar escuchar lo que les decía a sus compañeros. Quería descubrir qué interés podía tener en uno de los caballeros de Penhaligon.
El caballero cruzó unas pocas palabras con sus compañeros, mientras señalaba hacia el castillo. Los otros asintieron, acariciando las empuñaduras de sus espadas. A Jo se le ocurrió que podía intentar conducir el caballo y acercarse hasta su posición, pero vio que el resto de los escuderos los conducían a los establos. Con un suspiro de resignación, se alejó con el caballo.
Al mirar hacia el área de prácticas, vio que sir Graybow daba instrucciones a los tres soldados que vigilaban el cuerpo del asesino, y ansió enterarse de lo que él había descubierto. Al entrar a formar parte del grupo que llevaba a los demás animales al establo, llamó la atención de uno de los otros escuderos.
—¿Podrías llevar este caballo contigo al establo? –comenzó; hizo una pausa mientras trataba de encontrar una excusa de por qué se saltaba sus responsabilidades–. Tengo que…
El joven parpadeó de sorpresa como si le hubieran dado una bofetada.
—Por supuesto. Lo que necesitéis –contestó, agarrando las riendas y alzando la mirada al cielo gris–. Estaba allí en la noche de la bendición. Significó… mucho para mí. Gracias.
Jo pensó que iba a besarla, pero el muchacho se giró con timidez y se alejó con los caballos. Por un momento la joven se quedó sorprendida, sin saber cómo reaccionar; luego sacudió la cabeza y se dirigió de nuevo al campo.
Ya habían puesto el cadáver del asesino en una caja de madera que se usaba para las armas. Sir Graybow hizo un gesto a los soldados para que se la llevaran.
—¿Encontrasteis algo más? –preguntó Jo, tratando de recobrar el aliento.
—Nada de importancia –respondió el alcaide–. ¿Qué descubristeis vos?
Jo se encogió de hombros.
—Nada, excepto que son muy desagradables.
—Por decirlo de alguna forma.
Sir Graybow se sentó en un banco próximo y extrajo la carta del asesino de su túnica. Examinó el sello con detenimiento.
—¿Decían o querían algo en especial?
—El hombre al que intenté ayudar quería saber si uno de los caballeros de Penhaligon estaba en el castillo.
—¿Quién?
—Domerikos.
El alcaide frunció el entrecejo y devolvió la carta a su sitio.
—No recuerdo que haya habido ningún enfrentamiento entre Domerikos y nadie de la baronía del Águila Negra. Tened mucho cuidado cuando estéis cerca de ellos, Jo.
Jo asintió.
—Ya lo he tenido.
—Debéis tener mucho cuidado. ¡Nunca bajéis la guardia, ni por un instante! –Indicando con un gesto hacia las tropas de la baronía, añadió–: Todos esos hombres son sanguinarios, aterrorizan los parajes por donde pasan. Tienen constantes trifulcas en los Cinco Condados y asaltan todo tipo de lugares. Pueden tener disputas personales que pretendan vengar.
El alcaide se puso de pie y entrelazó las manos a su espalda, sin mirar a Jo.
—Iréis al campo de batalla con un contingente de caballeros de Penhaligon. Sir Domerikos será vuestro caballero.
Jo alzó una mirada de rabia al cielo gris. En lo más profundo de su mente había pensado que, cuanto más demoraran en asignarla a alguien, más posibilidades tenía de marcharse por su cuenta. Iba a replicar algo cuando el anciano se volvió de repente y la miró fijamente.
—Todos vais a acompañar al regimiento de la baronía del Águila Negra.
7
Braddoc y Flinn avanzaban por un corredor sin más iluminación que el brillo fosforescente de sus paredes. El enano estaba acostumbrado a la tenue luz que proporcionaban los hongos cultivados por los obreros de la ciudad subterránea. La fragancia de agua y piedra que se desprendía de la cueva llenó a Braddoc de reminiscencias y añoranzas. Le habría gustado detenerse en alguna de las casas que poseía en la ciudad, pero la búsqueda de Flinn era acuciante.