El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
El caballero blandió su espada y se protegió con su enorme escudo. El primer hombre-bestia se abalanzó sobre el escudo, y derribó al caballero. Jo acudió en su ayuda, pero cuatro criaturas más se interpusieron en su camino.
Cogiendo a Paz con ambas manos, Jo le hizo describir un arco que sesgó la cabeza de una de las fieras. La hoja continuó su trayectoria y amputó el brazo de otra que corría hacia ella. Jo se tambaleó, pero pensó satisfecha que con Vencedrag no habría podido propinar golpes semejantes.
Los lanceros no podían ayudarlos contra los hombres-leones porque estaban ocupados conteniendo a los hombres-lobos. Jo arremetió contra otra criatura y le atravesó el pecho.
Sir Domerikos se protegía con su escudo de las fauces del hombre con cabeza de león que lo había derribado. Jo extrajo la espada del pecho del hombre-bestia y saltó en ayuda de sir Domerikos que, rodando para apartarse de su escudo, había conseguido ponerse en pie.
Jo se preparó para dar un nuevo golpe al oír el rugido de otra bestia con cabeza de león. Con un zarpazo al aire, el animal se echó a un lado y escapó colina arriba. Jo se lanzó en su persecución.
—¡Esperad! –le gritó Domerikos, cogiéndola del brazo–. Es obvio que no va a atacar a los mandos.
El caballero estaba en lo cierto. El hombre con cabeza de león huyó por la ladera del promontorio sin prestar atención a la situación de los otros hombres-bestias.
—¡No lo entiendo! –exclamó Domerikos–. ¡No es la primera vez que lucho contra estas criaturas! ¿Por qué no siguió luchando?
—Es lo que intentaba explicaros –contestó Jo, comprobando que no había más bestias que rompiesen el cerco de los soldados–. Se mueven en línea recta escapando de algo. Es como si estuviesen asustados.
—¿Qué podría asustar a un hombre-bestia?
Los restantes hombres-bestias avanzaban como si fuesen uno solo, gritando y aullando, intentando saltar unos por encima de otros y sobre las fuerzas de Penhaligon. Las criaturas ya no luchaban, dejándose empalar por las lanzas y cortar por las espadas, lo que creaba una muralla de cadáveres entre las tropas humanas. Jo retrocedió, alejándose de la matanza. El corazón le latía a toda prisa.
Mecánicamente, alzó su espada para defenderse y puso en práctica los golpes que Braddoc le había enseñado con Vencedrag. En un minuto había matado a tres hombres-bestias; en pocos instantes, diez más. Sentía un extraño alivio al librar a aquellas criaturas del miedo que los atenazaba.
Los lanceros del Águila Negra consiguieron, por fin, atacar los flancos y retaguardia de las fuerzas de los hombres-bestias con un ímpetu que causaba innumerables bajas. Deteniéndose para tomar aire, Jo observó cómo sir Barethmor aplastaba la cabeza de un hombre-bestia con su negra maza y avanzaba luego hacia una nueva víctima, de la que dio cuenta con la eficacia de un carnicero.
Jo perdió la noción del tiempo. Paz resplandecía en sus manos como un rayo plateado que caía centelleando sobre sus enemigos, a medida que llegaban, sin permitir que la alcanzase un solo golpe, ni que la rozase garra o fauce de las fieras. Tenía las manos y el rostro cubiertos de sangre de las criaturas, pero el tabardo y su armadura estaban tan resplandecientes como el día en que los había sacado del baúl de madera. Paz no había sufrido ni una sola mella en su filo.
Al apelotonarse los cuerpos a su alrededor, Jo se dio cuenta de qué era lo que causaba el pánico de las bestias. Una sensación de vacío y terror se apoderó de su alma. No temía por sí misma, sino por los hombres y mujeres de su alrededor. Era el mal que Paz tenía que vencer; el mal para el que había forjado su espíritu en la fragua de Vulcano.
La última de las alimañas murió, atravesada por una punta de lanza. Sir Domerikos estaba recubierto de sangre y heridas, y apenas se podía distinguir el hermoso símbolo heráldico de su escudo debido a las marcas y abolladuras. Respirando trabajosamente, el caballero se limpió la cara con el dorso de la mano e hizo un gesto de dolor al tocarse la nariz rota.
—Hemos vencido –exclamó, intentando recobrar el aliento.
Jo negó con la cabeza. Estaba cansada y desolada; tenía ganas de llorar. Se abrazó a Paz reprimiendo un sollozo.
—No –replicó con desánimo, señalando al punto de partida de los hombres-bestias–. Hemos perdido.
El cielo se cubría de un gris tormentoso al tiempo que se levantaba un viento que formaba remolinos. En el aire comenzaba a percibirse un penetrante olor a especias picantes. La mirada de sir Domerikos siguió la dirección de la de Jo y, cuando sus ojos se detuvieron, se tambaleó hacia atrás.
Unas figuras negras marchaban por la colina. Con forma humana, las criaturas avanzaban envueltas en un halo que resplandecía y parecía absorber la luz que los rodeaba. Las fuerzas de Penhaligon se asemejaban a un grupo de niños jugando a la guerra en comparación con la rígida formación y la disciplina de aquellas tropas al marchar.
Los abelaat se distribuían en regimientos parecidos a los de Penhaligon, aunque desfilaban más juntos y eran menos numerosos.
Portaban las mismas armas que los caballeros –lanzas, martillos, espadas…– pero éstas parecían extensiones de sus cuerpos. Las afiladas hojas brillaban envueltas por un halo negruzco.
—¿Son… ésas las criaturas de las que hablabais? –murmuró sir Domerikos.
Jo apretó su espada contra el pecho.
—Sí, ésos son los abelaat, que han llegado a Mystara.
Los abelaat mantenían su posición al otro lado del descampado.
Sus fuerzas levantaban un muro de oscuridad que provocaba un pavoroso silencio entre las aterradas filas de los humanos.
Sir Domerikos recuperó rápidamente la compostura.
—No son más que otro enemigo –le dijo a Jo con firmeza, con el rostro carente de expresión. La joven sintió admiración por el coraje y la templanza fútil que mostraba el caballero.
Los soldados que la rodeaban murmuraban dudosos. Alguno se atrevió a susurrar que abandonasen el campo y volviesen al Castillo de los Tres Soles, pero los soldados más veteranos los hicieron callar.
Aun así, el más mínimo rumor de malestar se propaga velozmente en un ejército. Al oír los rumores, sir Domerikos convocó al capitán del regimiento de lanceros y le ordenó que organizase a sus nombres para que se reagrupasen con el resto de los regimientos.
Jo irguió los hombros, poniéndose a su lado.
—Pero…, señor –le imploró el capitán, mirando a ambos lados para asegurarse de que los soldados no lo oían–, ¿quién sabe de lo que son capaces esas criaturas?
—¿Qué importancia tiene eso, capitán? –replicó sir Domerikos–. Cuando partimos sabíamos que tarde o temprano tendríamos que enfrentarnos a ellos.
—Pero se suponía que debíamos estar a la defensiva. Aquí estamos en campo abierto.
—Entonces aguardaremos aquí hasta que ataquen. Escoged dos hombres de cada regimiento para rastrear el terreno. Hay que asegurarse de que no nos rodean. Que me informen antes de una hora.
El capitán frunció los labios y se limpió el rostro con la mano.
Cuando iba a responder, apareció apresuradamente uno de sus sargentos.
—¿Qué sucede? –le espetó sir Domerikos.
La respuesta del sargento fue contundente.
—La mitad de nuestros efectivos están listos para el combate; los restantes están muertos o heridos.
—¿Y los arqueros?
—Gastaron la mayor parte de su munición en las primeras andanadas.
—¿Cuántos muertos y heridos hay en la infantería? –quiso saber Domerikos.
—Unos cuarenta muertos y sesenta heridos, señor.
Domerikos paseó la mirada entre sus dos subordinados y dijo:
—Haced formar a los heridos en la retaguardia.
El rostro del sargento se mostraba inexpresivo.