El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
En aquel momento, el caballero instó a los ballesteros con un gesto a que lanzasen una primera andanada. Una lluvia de saetas, que silbaron al salir de sus ballestas, inundaron el cielo, y, trazando un arco, descendieron sobre las imparables criaturas y derribaron a muchas de ellas.
La primera oleada de hombres-bestias que alcanzaron la infantería se dejaron empalar por las lanzas, emitiendo rugidos e inhumanos alaridos de dolor y rabia.
—¿Cómo pueden dejarse hacer eso? –murmuró Jo, estremecida.
—¿Hacer qué? –inquirió el caballero, sin separar la vista de su ejército.
—Dejarse atravesar así por las lanzas. –Hizo un gesto de estupefacción–. Nunca había visto hombres-bestias, pero pensé que tenían algo de inteligencia.
Domerikos no respondió de inmediato. Hizo un ademán a uno de los heraldos para que se le acercara y le entregó una nota de pergamino. El heraldo leyó a quién iba dirigida la nota y, tras asentir, corrió colina abajo hacia las unidades que se apelotonaban en la llanura. Domerikos paseó su mirada por la batalla en ebullición que se libraba en la primera línea y comentó distraídamente:
—Es una buena táctica que se suele emplear con tropas desarmadas, feroces y fanáticas.
Jo reflexionó en sus palabras.
—¿Están intentando intimidarnos con su superioridad numérica? –sugirió.
—Exacto –respondió sir Domerikos, satisfecho con su poder de observación–. Tenéis una gran visión para las tácticas del combate –añadió.
Jo, turbada, esbozó una ligera sonrisa.
—Gracias, señor –dijo.
Jo se preguntaba por qué la caballería no entraba en acción. Los ballesteros continuaban con su lluvia de flechas, que volaban por encima de los hombres de infantería y causaban estragos entre la retaguardia de los hombres-bestias.
Los ballesteros del Águila Negra, que estaban más cercanos a la línea de combate que los arqueros, disparaban a las hordas enemigas desde detrás de la negra barrera de sus escudos. Las bajas que se producían entre las criaturas eran numerosas y los supervivientes pasaban por encima, pisoteando a los que caían. Jo quería hacérselo notar a sir Domerikos, pero vio que estaba demasiado ocupado dando órdenes a otro heraldo.
A pesar de la violencia del ataque, los comandantes que estaban con Domerikos se mostraban confiados. Uno de ellos, un hombre de mediana edad de piel de color aceituna y corto pelo negro, sacó de su cinturón una botella plateada y, desenroscando el tapón, brindó en voz alta.
—A vuestra salud, comandante Montesey.
Domerikos, de un golpe, arrojó el frasco al suelo y le propinó al hombre una bofetada en la mejilla que le dejó una marca rojiza.
—¡No volváis a hacer eso en mi presencia! –gritó Domerikos. Jo retrocedió, sorprendida ante el inesperado cambio de actitud del caballero–. ¡Sois tan necio que pensáis que una batalla contra hombres-bestias se gana fácilmente!
—¿De qué estáis hablando, Domerikos? –protestó el comandante, llevándose la mano a la cara–. Aún estáis asustado por la última derrota contra esos… animales.
Domerikos avanzó hacia el comandante. Jo pensó, preocupada, que lo iba a agarrar por el cuello, pero su acalorada respuesta fue emitida en una voz tan baja que le resultó imperceptible.
Jo se adelantó unos pasos para observar la batalla desde la ladera de la colina. Las líneas de las tropas de Penhaligon ya no estaban regularmente alineadas. Los hombres eran objeto de una furiosa presión por parte de las bestias, y los gritos que emitían se mezclaban con los rugidos de animales en un ruido ensordecedor. Jo no creía que aquellas fuerzas fueran capaces de hacer frente a las de los abelaat.
Los escuderos de los ballesteros y las fuerzas de apoyo desenfundaron sus espadas y, cogiendo las rodelas, tomaron posición por delante de sus escudos largos. Las flechas no cesaban de caer sobre las líneas enemigas, que seguían incrementándose en número, procedentes de las colinas. Formaban una columna que se perdía hacia el norte.
La escena le recordó a Jo un episodio que había vivido anteriormente. Un mercader conducía a su ganado por las calles de Specularum, cuando de pronto se declaró un incendio en uno de los edificios, y los animales fueron presa del pánico. El fuego se extendió con rapidez debido al fuerte viento, y los animales huyeron alejándose del peligro y arrasando todo lo que encontraban en su camino, incluido el almacén abandonado que utilizaban Jo y sus compañeros como morada.
—¡Eso es! –exclamó Jo para sí, escrutando en la distancia–. Debe de haber algo que los fuerza a avanzar hacia nosotros.
Antes de que encontrase una respuesta, sir Domerikos se le apareció por detrás y le puso su escudo en las manos.
—Acompañadme –le ordenó, y emprendió el descenso de la ladera a gran velocidad.
Totalmente azorada, Jo obedeció. Vio que ningún oficial los seguía, y que el que había acusado a Domerikos de cobardía se había esfumado.
—Vamos a plantar cara directamente al enemigo y ganar de una vez por todas esta batalla –le dijo el caballero, acelerando el paso.
Desenvainó la espada y alargó la mano para agarrar el escudo. Jo se lo tendió, mientras pensaba en la mejor manera de expresar su opinión sobre la carga de los hombres-bestias.
La infantería del Águila Negra comenzaba a retroceder ante el furioso ataque de los hombres-bestias. Los lanceros quedaban indefensos cuando extraían sus armas de los cuerpos de los monstruos, y los restantes enemigos tenían tiempo para arrojarse sobre ellos. Los soldados armados con espada y escudo podían defenderse del ataque en mejores condiciones, pero la superioridad numérica del enemigo comenzaba a mermar sus fuerzas.
Para Jo, lo peor de la batalla eran los desmoralizadores e incesantes gritos de los hombres-bestias. Media hora antes estaba dispuesta a liderar un ejército; ahora se sentía presa de un mar de dudas.
Domerikos la agarró por el brazo y, arrastrándola a su lado, le gritó al oído:
—¡Permaneced a mi lado! ¡Vigilad que no nos cojan por sorpresa!
—¡Dejadme deciros algo sobre los hombres-bestias! –le imploró la joven.
—¡No hay tiempo! ¡Al ataque!
Domerikos agitó su espada describiendo círculos sobre su cabeza, y, antes de que Jo pudiera insistir, se escuchó el cuerno del heraldo desde el promontorio. Los lanceros del Águila Negra emularon en intensidad los aullidos de las bestias y, formando una masa de acero y caballos negros, se abalanzaron sobre el campo de batalla. Jo vio cómo la primera carga de caballería derribaba al menos un centenar de efectivos del enemigo. Al romperse las lanzas, los caballeros desenfundaban sus armas de repuesto atacando con mazas y espadas las fuerzas de los hombres-bestias.
La carga de la caballería del Águila Negra sembró la confusión entre las bestias, lo que le permitió a sir Domerikos reorganizar las fuerzas que retrocedían. Jo se concentraba tanto en su labor de proteger al caballero que no oía sus palabras de aliento. Tan sólo oía los choques del acero y los apabullantes rugidos de los hombres-bestias.
Los lanceros de la baronía se reagruparon detrás de la línea defensiva de los ballesteros, que se defendían ahora con espada y escudo. Habían abandonado sus escudos largos e intentaban refugiarse detrás de los arqueros de Penhaligon. A pesar de que muchos de los hombres-bestias se encontraban aislados del resto de la horda por los caballos y los lanceros, seguían luchando a muerte.
—¡Son fanáticos! –le gritó Jo a sir Domerikos.
—¡Pues claro! ¡Son animales!
Jo intentó dar una explicación, pero sus palabras fueron ahogadas por un grupo de hombres-leones que irrumpieron entre los espadachines. Las bestias saltaban sobre los cadáveres, sin hacer caso de las lanzas o los golpes de los escudos, dirigiéndose hacia sir Domerikos.