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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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—Lo lamento, Flinn, no siento nada de eso.

Sin previo aviso, Flinn avanzó hacia el bosque de afloraciones.

Braddoc contempló cómo el Inmortal caminaba lentamente por la lisa superficie del centro de la caverna. Braddoc no estaba seguro de si debía seguirlo, de si aquél era un camino por donde pudiesen circular los mortales. En lugar de ir tras él, se mantuvo vigilante; había innumerables razas de las cavernas que no tenían respeto por un lugar que era obviamente sagrado.

Flinn había avanzado unos doscientos metros desde la entrada, cuando súbitamente se detuvo. Braddoc se dio cuenta de que su amigo había adoptado una postura defensiva, como si se preparase para el combate. De hecho, reconoció esa postura porque era la propia de Flinn en el mundo de los mortales. Lo había visto adoptar esa posición en la trifulca contra los mercenarios de Braddoc. Ante aquel recuerdo, sus labios esbozaron una ligera sonrisa.

Flinn se mantenía inmóvil en la misma posición, y Braddoc se preguntó si no se habría quedado congelado por el efecto de algún maleficio.

—¿Qué sucede, Flinn? –gritó, y el eco de su voz se perdió entre las puntiagudas agujas de las rocas.

Flinn no se inmutó ni contestó. Braddoc frunció el entrecejo, preocupado. Convencido de que algo iba mal, notó cómo se le aceleraba el pulso. A medida que consideraba las opciones que tenía, aumentaba su frustración.

—¡Maldito seas, Kagyar! –siseó casi para sus adentros. Se arrodilló, cruzó las manos en gesto de súplica y agachó la cabeza.

»Oh, gran señor Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar Ojos de Relámpago; yo, Braddoc Briarblood, tu humilde servidor, imploro tu bendición. Muéstrame la causa por la que mi amigo está atrapado. –Braddoc se detuvo y cerró con fuerza su ojo bueno al tiempo que cubría el ocular con la mano izquierda.

El enano retiró la mano de la lente con la esperanza de que ésta le revelase qué era lo que había atrapado a Flinn en aquel lugar. No alcanzaba a imaginarse qué habría podido dañar a un Inmortal; a no ser, por supuesto, otro Inmortal.

El ojo no revelaba nada nuevo y Flinn seguía paralizado. Cuando, en otras ocasiones, había solicitado que se revelara algún maleficio, la persona objeto del encantamiento había resplandecido como un fuego fatuo, pero alrededor del cuerpo de Flinn no se divisaba ningún halo.

—¿Por qué no has hecho caso de mi petición, Kagyar? –maldijo Braddoc–. ¿Por qué haces caso omiso de mis súplicas ahora que hay tanto en juego?

Braddoc se giró para golpear la pared con su mano desocupada, maldiciendo de nuevo a su antiguo patrón. Hizo, para sus adentros, el voto de que algún día se arrancaría el ocular y lo haría pedazos para desbaratar el poder del Inmortal. Sólo le quedaba una solución: cogió una profunda bocanada de aire y dirigió sus pasos al campo de afloraciones.

Tenía dificultades para moverse a través de las rocas y, al contrario que su amigo, los pies se le quedaban atrapados en los pequeños salientes en forma de dedo. Miró hacia atrás después de haber avanzado veinte pasos. Tenía la sensación de haber recorrido miles de kilómetros, tal era el cansancio que se había apoderado de sus extremidades impidiéndole avanzar. La entrada ya no se distinguía, oculta tras una neblina gris que había llenado el aire detrás de él, pero no el espacio que aún tenía por delante ni la zona circular del centro de la caverna. Comprendió que Flinn debía de haber quedado atrapado en la misma trampa encantada.

Braddoc alzó la pierna derecha y la colocó delante de sí. El esfuerzo casi consumió por completo las últimas fuerzas que aún le restaban. Levantó el pie izquierdo con la sensación de que se iba a derrumbar debido a la fatiga. Flinn estaba todavía a muchos metros de distancia. Fue entonces cuando se dio cuenta de que era el poder que Flinn había sentido emanar de la caverna –la propia vida de ésta– lo que los tenía atrapados, y no el encantamiento de algún brujo.

Con un último esfuerzo alzó la mano izquierda hasta el ocular y rezó para alcanzar su objetivo. Las palabras brotaban lentamente de su boca, mientras el espíritu se iba desprendiendo de su cuerpo. Unos momentos más tarde, se vio a sí mismo desde lo que le pareció una gran distancia.

El poder anulador que había invocado para contraatacar la fuerza de aquel lugar volvió negro el ocular. La luz que emitía el artilugio teñía de naranja el espeso aire, que luego se tornó rojo y marrón. Flinn giró entonces la cabeza, y su compañero comprobó con gran alivio que lo había liberado del maleficio.

El enano emitió un aullido, y el dolor lo liberó por un instante de la presa de la caverna. Un potente chasquido resonó en el aire de la cámara, y Braddoc advirtió con horror que la carne de sus pies se convertía poco a poco en granito. La agonía que sentía nubló la vista de su ojo bueno, lo que reducía el poder de su ocular.

—¡Ayúdame! –le gritó a Flinn, al mismo tiempo que se oía otro chasquido y el granito se apoderaba de otra porción de su pierna.

»¡Sácame de aquí! ¡Llévame de vuelta a la entrada!

Flinn retrocedió, alejándose del enano, pero finalmente dio la vuelta para avanzar por el suelo liso de la caverna. Se detuvo en el medio y volvió a girarse. Parecía confuso.

—¡Sálvame, Flinn! ¡No puedo resistir…!

De las rodillas para abajo, Braddoc no sentía sus propias piernas, por las que, palmo a palmo, avanzaba el efecto del maleficio. Lo único que podía detener aquella metamorfosis era que dejase de usar la lente, pero, si lo hacía, Flinn quedaría atrapado por segunda vez.

—¿Qué te ocurre, Flinn?

Flinn no hacía caso de las llamadas del enano. Extendió los brazos hacia los costados y estiró el cuello. Del suelo de la caverna ascendió un grueso cilindro de hierro, soldado y rodeado de cerrojos.

Las rejillas que coronaban el casco permitían ver las llamas de una gran forja interior.

Braddoc tenía las piernas completamente paralizadas, y apenas podía mantener el conocimiento. Vio con sorpresa cómo Flinn se agachaba para golpear la parte alta de la fragua, y rompía la cubierta de piedra. El Inmortal introdujo una mano y aferró una argolla metálica.

Con un esfuerzo que puso en tensión su perfecta musculatura, y un estridente chirrido de las oxidadas bisagras, abrió una trampilla y saltó dentro de la fragua sin dudarlo un instante.

Las rejillas y compuertas del horno explotaron hacia afuera, y las llamas invadieron todo el cilindro. En el interior de este infierno se consumía el cuerpo de Flinn.

Braddoc intentó dirigir la mirada hacia sus pies, pero ya no podía doblar la cintura. No le quedaba aire para aliviar su sufrimiento, pero el gran poder del ocular no le permitiría morir hasta que toda la carne se consumiese.

La fragua explotó de nuevo y expulsó una gran bola de fuego hacia el centro de la caverna. Braddoc intentó protegerse la cara pero no podía mover los brazos. Las llamas le chamuscaron el pelo y le provocaron quemaduras en la piel.

Flinn salió de las llamas y quedó suspendido en el aire. Su cuerpo estaba intacto y sus ropajes ondeaban al viento caliente. Braddoc sintió vibrar su alma ante la visión de Flinn. Nunca había visto nada tan aterrador e impresionante. Detrás de él, las llamas se extinguían, sin dejar más que un rastro de cenizas y una fragua apagada.

Flinn caminó hacia Braddoc por el aire, rodeado de una aureola de centellas. Estiró el brazo derecho y cubrió el ocular para tapar su luz marrón. Era demasiado tarde. La piedra se había apoderado de la última parte de la cabeza del enano.

Braddoc se alegró de poder morir al fin.

8

Jo marchaba detrás de sir Domerikos, conduciendo un caballo cargado con su equipaje. Había inspeccionado cada pieza de su armadura, y sólo había hallado dos junturas de malla defectuosas.

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