El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
—Me dijeron que no te matase, escudero Menhir; que sólo te diese una buena lección. –El hombre se arrodilló e, inclinándose sobre el rostro de Jo, cubierto de sangre, le susurró al oído–: Pero hay alguien al que le gustaría verte muerta, y tal vez lo complazca.
La vista de Jo volvió a nublarse y, por un momento, la joven no supo qué tenía delante. Dobló las piernas y las impulsó en una patada que impactó en el pecho del oficial y lo lanzó hacia atrás antes de que pudiese reaccionar. El hombre se recuperó rápidamente, pero Jo tuvo unos preciosos segundos para refugiarse detrás del poste de prácticas, con el tiempo necesario para despejarse y ponerse en guardia.
La espada de Brewster se dirigió hacia su garganta. Jo esquivó el golpe con un ligero balanceo de cabeza, y escuchó el silbido de la hoja al pasar junto a su oreja. El hombre intentó asestarle un golpe en la pierna pero falló. Aferrando a Paz con fuerza, Jo le hizo describir un arco impulsándola con la izquierda y manteniendo el equilibrio con la derecha. En el momento de máximo impulso, soltó la mano izquierda para tener más alcance alrededor del poste. Su oponente se agachó para esquivar la brillante espada, que se incrustó con profundidad en la dura madera.
El sudor resbalaba por los brazos de la muchacha, que aferró con fuerza la pesada empuñadura y dio un salto hacia atrás. La afilada hoja le sirvió de palanca para romper la parte superior de la madera a la altura de la cabeza.
La mirada encendida del hombre le dio a entender que seguramente no tendría otra oportunidad para recobrar el aliento.
Con un aullido, Jo blandió su espada. El oficial amortiguó el golpe con el escudo, sin poder evitar que la punta de la espada atravesara éste y lo partiera en dos. El hombre retrocedió tambaleante, sujetando el trozo de escudo restante. Ahora su rostro reflejaba miedo y duda.
Jo asió la empuñadura con ambas manos, la atrajo hacia su flanco derecho e, impulsando los brazos hacia adelante, arremetió. La afilada punta de la espada atravesó el costado del oponente.
De pronto Jo se sintió inundada de fuego y dolor. Le parecía estar atrapada en un infierno, y lo único que veía era el filo de Paz que cortaba la carne del oficial. El hombre se derrumbó lentamente sobre sus rodillas. La sangre fluía.
De repente tuvo una visión.
Estaba en una enorme gruta, y ante ella había una esfera de poder en la que se libraba una gran batalla. Algo sucumbía pero renacía al mismo tiempo dentro de la bola de fuego. Se sentía asustada y a la vez extrañamente confortada.
De los labios del oficial surgió un último suspiro. Jo extrajo la espada del cuerpo del hombre, que se desplomó sobre la hierba. La cabeza le daba vueltas sin qué pudiese explicarse la razón de la visión de la caverna. La experiencia le recordaba su propio deambular de la mano de Vulcano para forjar su alma, sólo que esta vez ella no era la que entraba en la fragua, sino que se mantenía como espectador.
Significase lo que significase, estaba segura de que aquella aparición tenía algo que ver con Teryl Uro y el abatón.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, apoyó la espalda contra el muro del castillo y se dejó resbalar hasta sentarse, sin soltar a Paz.
Respiró hondamente; el sudor continuaba brotando de su piel. Había acabado con un asesino y tenía la sospecha de que podía haber más al acecho.
Al pensar en su primer enemigo muerto, sintió náuseas y algo que le quemaba la mano. Abriendo la palma descubrió que la empuñadura de Vencedrag se había vuelto de color plateado y las tres piedras de abelaat eran de un negro intenso.
—Dijo que alguien deseaba mi muerte.
Graybow examinaba el cadáver de Brewster. La sangre del oficial se extendía en una mancha que el frío viento había secado con inusitada rapidez. El alcaide registró las ropas del hombre.
—Sin duda Melios es el responsable –afirmó.
Jo se encogió de hombros, apartándose el pelo que le caía sobre los ojos.
—Pero el hecho de sentir irritación hacia mi persona no parece una motivación suficiente para cometer un asesinato. ¿No creéis?
Aunque él afirmó que venía del condado de Melios.
—Os sorprendería saber las fechorías que se pueden llegar a cometer, justificándolas con la nimiedad más absoluta –murmuró sir Graybow–. El simple hecho de ser el molesto escudero de Flinn podría ser suficiente motivo.
La expresión de Graybow se volvió súbitamente severa al palpar bajo la túnica del oficial. Extrayendo un puñal de su cinturón, el alcaide rasgó las vestiduras del cadáver y dejó al descubierto un bolsillo secreto del que surgió un pergamino con un sello de lacre, que ya había sido abierto.
Jo no reconoció el sello. Representaba un águila de dos cabezas que se miraban entre sí; no era el símbolo del consejero Melios, cuyo emblema era algo parecido a una salamandra.
Graybow leyó la carta por encima y se la tendió a Jo. La muchacha nunca había visto una escritura tan extraña. Parecía una combinación de varias lenguas.
—¿Qué es? –preguntó, frunciendo el entrecejo.
—Está escrita en el argot de los ladrones –respondió sir Graybow–. Dice: «El peón envía un saludo a la nueva espada».
Jo negó con la cabeza, aturdida.
—No entiendo.
Graybow miró a su alrededor, y Jo comprendió que debían actuar con cautela. El anciano, haciendo un gesto para que unos soldados se acercaran a vigilar el cuerpo, apartó a Jo a un lugar cercano.
—Vos sois la nueva espada, Jo –le dijo señalando a Paz, a la que aún empuñaba–. Y ese hombre de ahí era «el saludo». Sólo hace falta saber quién es el «peón».
Jo cogió la carta de manos de Graybow y analizó la escritura.
Después de unos instantes se la devolvió.
—¿De dónde proviene? –le preguntó.
Graybow volvió a mirar a su alrededor y acercó la boca a la oreja de Jo.
—Eso es lo que me confunde. Viene de la baronía del Águila Negra.
—No sé nada de ese lugar.
—Bueno, pronto tendréis oportunidad de conocerlo personalmente –le contestó, señalando hacia un grupo de soldados en la entrada principal–. Ése es su contingente.
Jo se volvió para contemplar el primer regimiento de tropas que tenían asignado contrarrestar el avance de los abelaat. Se trataba de un destacamento de caballería equipado con lanzas y escudos, y espadas como arma secundaria. Jo se maravilló ante la visión de aquellos hombres. El color negro de sus uniformes y de sus briosos corceles, que relinchaban por el frío, incrementaba el aspecto fiero y amenazador de los caballeros. Sin embargo, el número de jinetes era incomprensiblemente pequeño.
—¡Sólo hay sesenta! ¿De qué nos sirve eso…?
A pesar de que estaban a unos cien metros de distancia de la verja, Graybow la asió con fuerza y la apartó a un lado.
—¡No os pongáis en evidencia de esa manera! ¡Os podrían oír fácilmente!
—Sesenta hombres contra las fuerzas de los abelaat no es suficiente –replicó Jo–. ¡Un abelaat casi mata a Flinn! La única ventaja de nuestros hombres es el conocimiento del terreno.
Graybow le soltó el brazo y echó una ojeada sobre el hombro a las tropas que llegaban.
—El señor de la baronía del Águila Negra quiere el control de Karameikos –explicó–. No enviará el grueso de sus efectivos por si le surge una oportunidad de hacerse con el trono.
Jo se cruzó de brazos, pensativa.
—Si pretende el trono, mejor haría en enviarnos más tropas.
Sir Graybow alzó la nota hasta la altura de sus ojos. La imagen del lacre coincidía con la de los estandartes de los caballeros.
—Os aseguro que las fuerzas de Ludwig von Hendriks, aunque menores que las de Stefan Karameikos, son mucho más numerosas que éstas –dijo el alcaide, doblando la carta y guardándosela en el bolsillo.