La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
12 de marzo.
– La Convención ha renovado durante un mes el mandato del comité -dijo Robert Lindet-. Nadie se opuso -añadió con tono solemne, como si pronunciara un discurso desde la tribuna.
– Hummm -respondió Danton.
– Es lógico que nadie se opusiera -terció Camille, paseándose de un lado al otro de la habitación-. Los miembros de la Convención se levantaban cuando sonaban los aplausos de la galería, que imagino que el comité se había ocupado de llenar.
– En efecto -contestó Lindet-. No se dejó nada al azar. ¿Te alegrará la muerte de Hébert? -preguntó, dirigiéndose a Camille-. Supongo que sí.
– ¿Crees que es un resultado inevitable? -preguntó Danton.
– El Club de los Cordeliers exige una insurrección, durante un «día». Al igual que Hébert en su periódico. Ningún gobierno, desde hace cinco años, ha conseguido sofocar una insurrección.
– Pero no estaban presididos por Robespierre -contestó Camille.
– Exactamente. O la reprimirá antes de que estalle o la aplastará por la fuerza de las armas.
– Es un hombre de acción -dijo Danton, soltando una carcajada.
– Como lo eras tú hace un tiempo -dijo Lindet.
Danton extendió el brazo en un dramático gesto.
– Yo soy la oposición.
– Robespierre amenazó a Collot. Si Collot hubiera mostrado la menor simpatía hacia las tácticas de Hébert, en estos momentos estaría en la cárcel.
– ¿Qué tiene eso que ver conmigo?
– Saint-Just ha estado acosando a Robespierre durante toda una semana. Robespierre siente un profundo respeto hacia él; a su parecer, Saint-Just es incapaz de cometer un error. Creemos que a la larga acabarán peleándose, pero en estos momentos eso es mera especulación. Según Saint-Just, si Hébert se marcha, Danton también debe irse. Para equilibrar las facciones.
– No se atreverán a echarme. Yo no soy una facción, Lindet. Soy uno de los principales protagonistas de la Revolución.
– Saint-Just cree que eres un traidor, Danton. Busca pruebas que confirmen tus tratos con el enemigo. ¿Cuántas veces quieres que te lo repita? Por absurdo que parezca, está convencido de ello. Lo ha manifestado ante el comité. Collot y Billaud-Varennes lo apoyan decididamente.
– Pero el importante es Robespierre -se apresuró a decir Camille.
– Deduzco que debisteis pelearos la última vez que os visteis, Danton. Robespierre tiene el aire de un hombre que está tratando de tomar una difícil decisión. No te ataca, pero tampoco te defiende como hacía antes. Durante la sesión de hoy permaneció muy callado. Algunos creen que es porque todavía no está completamente restablecido, pero hay algo más. Tomó nota de todo cuanto se dijo y observó estrechamente a todos los presentes. Si Hébert cae, tú también debes irte.
– ¿Irme?
– Así es.
– ¿Es ése el mejor consejo que puedes darme, amigo Lindet?
– Deseo que sobrevivas. Robespierre es un profeta, un soñador. Y los profetas no se han distinguido como jefes de Gobierno, como es bien sabido. Cuando él haya desaparecido, ¿quién conducirá los destinos de la república si no lo haces tú?
– ¿Un soñador? ¿Un profeta? Eres muy persuasivo -le contestó Danton-. Si sospechara que ese esquelético y demacrado eunuco se había propuesto hundirme, le partiría el pescuezo.
Lindet se sentó.
– Trata de convencerlo tú, Camille -dijo.
– Verás, mi postura es un tanto… ambivalente.
– Un término muy acertado para describirte -observó Danton.
– Saint-Just habló hoy contra ti en el comité, Camille. Al igual que Collot y Barère. Robespierre les dejó hablar y luego dijo que la culpa la tenían las malas compañías que frecuentabas. Barère dijo que estaba harto de oír esa excusa y le hizo entrega de unos documentos, al parecer muy comprometedores para ti, que a su vez le había entregado Vadier, del comité de Policía. Robespierre los ocultó debajo de unos papeles, colocó los codos sobre ellos y se apresuró a cambiar de tema.
– ¿Suele hacer esas cosas con frecuencia?
– Sí.
– Apelaré al pueblo -dijo Danton-. Imagino que tendrá una idea de qué clase de gobierno desea tener.
– Hébert ya ha apelado al pueblo -respondió Lindet-. El comité lo llama insurrección planificada.
– Hébert no posee mi protagonismo en la Revolución. Ni de lejos.
– No creo que al pueblo le importe -dijo Lindet-. No creo que les importe si tú, Hébert o Robespierre os hundís o conseguís manteneros a flote. La gente está agotada. Asisten a los juicios para divertirse. Son más entretenidos que el teatro. La sangre es real.
– Se diría que estás desesperado -terció Camille.
– Te equivocas. Me limito a ocuparme del abastecimiento de comida, tal como me encargó que hiciera el comité.
– Eres muy leal al comité.
– En efecto. Por consiguiente, es preferible que no vuelva.
– Si consigo salir vencedor, recordaré tus buenos oficios, Lindet.
Robert Lindet asintió e hizo una pequeña y burlona reverencia. Pertenecía a otra generación; no era obra de la Revolución. Obstinado y prudente, trataba simplemente de sobrevivir un día tras otro, de lunes a martes, según sus propias palabras.
En las Secciones estalla una violenta disputa verbal, y frente al Ayuntamiento se organiza una manifestación sin importancia.
El 23 de Ventôse, Saint-Just leyó un informe ante la Convención poniendo al descubierto un complot entre ciertos jefes de facciones, inspirado por agentes extranjeros, destinado a destruir al gobierno representativo y matar de hambre a los ciudadanos de París. El 24 de Ventôse, a primeras horas de la mañana, Hébert y sus secuaces fueron arrestados en sus domicilios por la policía.
Robespierre: No alcanzo a comprender el propósito que según nuestros amigos pueda tener esta entrevista.
Danton: ¿Cómo va el juicio?
Robespierre: No ha habido ningún problema. Confiamos en que concluya mañana. ¿O no te refieres al juicio de Hébert? Fabre y Hérault comparecerán ante el Tribunal dentro de unos días. Ignoro la fecha exacta, pero Fouquier te informará.
Danton: Supongo que no estarás tratando de atemorizarme. Hablemos sin rodeos.
Robespierre: No tengo nada contra ti. Sólo te pido que rompas todo trato con Fabre. Lamentablemente, existen ciertas personas que dicen que si Fabre va a juicio, tú también deberías ser juzgado.
Danton: ¿Y tú qué opinas?
Robespierre: Tus actividades en Bélgica eran sospechosas. Sin embargo, creo que el principal culpable es Lacroix.
Danton: Camille…
Robespierre: No quiero hablar de Camille.
Danton: ¿Por qué?
Robespierre: La última vez que nos vimos te referiste a él con desprecio.
Danton: Como gustes. El caso es que en diciembre estabas dispuesto a reconocer que era preciso mitigar el Terror, que las personas inocentes…
Robespierre: Me disgustan esas frases emotivas. Supongo que al decir «inocentes» te refieres a «personas que por una u otra razón me caen bien». No se trata de eso sino de lo que descubre el Tribunal. En ese sentido, ninguna persona inocente ha sufrido.
Danton: ¡Dios mío! No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Cómo te atreves a decir que ninguna persona inocente ha sufrido?
Robespierre: Espero que no vayas a echarte a llorar. Es el tipo de artimaña al que recurren gentes como Fabre y los actores, pero a ti no te sienta bien.
Danton: Apelo a ti por última vez. Tú y yo somos las únicas personas capaces de gobernar este país. De acuerdo, reconozco que no nos tenemos simpatía, pero me consta que no sospechas de mí, al igual que yo no sospecho de ti. A algunos les gustaría que nos destruyéramos mutuamente, pero por mi parte no lo conseguirán. Te propongo que nos aliemos.
Robespierre: Nada me complacería más. Deploro las facciones. También deploro la violencia. Sin embargo, prefiero destruir a las facciones mediante la violencia que ver cómo la Revolución cae en manos de gentes capaces de pervertirla.