La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– De nada y de todo. Desde haber apoyado a Orléans hasta haber tratado de salvar a Brissot y a la Reina.
– Lo de costumbre -dijo Danton-. ¿Qué me aconsejáis?
– La semana pasada te habría aconsejado que le plantaras cara. Pero ahora te recomiendo que trates de salvar el pellejo. Márchate cuanto antes.
– ¿Y tú, Camille?
Camille lo miró con tristeza.
– Mantuvimos una entrevista muy civilizada -contestó-. Estuvo muy amable. Incluso se tomó unas copas. Sólo bebe cuando… cuando trata de sofocar sus voces interiores, por así decirlo. Le pregunté por qué se negaba a hablar de ti, Danton, y contestó que eso era un tema sub judice. Creo que debes marcharte al extranjero.
– ¿Al extranjero? No. Cuando partí hacia Inglaterra en 1791 recuerdo que nos despedimos en el jardín de Fontenay y tú me insultaste. Éste es mi país. No me moveré de aquí. Un hombre no puede transportar a su patria en las suelas de los zapatos.
El aullido del viento resonaba en las chimeneas. Los perros de todas las granjas de la vecindad ladraban furiosamente.
– Solías referirte con frecuencia a la posteridad -dijo Camille-. Ahora te enfrentas a ella.
El chaparrón había dado paso a una persistente y grisácea llovizna que empapaba las casas y los campos.
En París, la luz difusa y oscilante de las farolas ilumina las calles. Saint-Just está sentado junto a las brasas del hogar, en una estancia débilmente iluminada. Tiene gustos espartanos, y los espartanos no son amigos del confort. Ha comenzado a redactar su informe, su lista de acusaciones; si Robespierre lo viera ahora lo rompería, pero dentro de unos días no vacilará en utilizarlo.
A veces Saint-Just se vuelve hacia la puerta, imaginando que ha entrado un intruso. Pero está solo. Es mi destino, se dice, que se está forjando en las sombras de esta habitación. Es el ángel de la guarda que me protegía cuando era niño. Es Camille Desmoulins, mirando por encima de mi hombro, burlándose de mi sintaxis. Se detiene un momento. Los fantasmas no existen, piensa, tratando de dominar su aprensión. Luego reanuda su tarea.
La pluma vuela sobre el papel, mientras escribe la larga lista de cargos con su curiosa y diminuta caligrafía.
XIII. Absolución condicional
Cour du Commerce, 31 de marzo, 10 de Germinal.
– ¿Marat? -El bulto negro se movió levemente-. Lo lamento -dijo Danton, llevándose una mano a la cabeza-. Ha sido una estupidez.
Danton se sentó en una silla, incapaz de apartar la mirada de aquel desecho humano. La ciudadana Albertine iba envuelta en una serie de mugrientos chales y pañoletas, sin orden ni concierto. Hablaba con acento extranjero, aunque de ningún país que se hallara en un mapa.
– En cierto sentido -dijo-, no te equivocas. -Albertine alzó una esquelética mano y la introdujo entre sus ropas para indicar dónde latía su corazón-. Llevo a mi hermano aquí. Ya nunca nos separaremos.
Durante varios segundos, Danton no pudo articular palabra.
– ¿En qué puedo ayudarte? -preguntó al fin.
– No hemos venido para que nos ayudes -respondió Albertine con dureza. Tras detenerse unos instantes, como si estuviera escuchando, añadió-: Es el momento de atacar.
– ¿A quién?
– A Robespierre. Está en la Convención.
– No quiero más muertes sobre mi conciencia -contestó Danton levantándose de un salto, como si temiera que le persiguieran los fantasmas.
– Es su vida o la tuya. Debes acudir de inmediato a la Convención. Debes observar cómo habla y se mueve. Debes juzgar su estado de ánimo y prepararte para una enconada batalla.
– Muy bien, iré si eso te complace. Pero creo que te equivocas, ciudadana. No creo que Robespierre ni ninguno del comité se atreva a atacarme.
– ¿Conque no lo crees, eh? -replicó Albertine con voz burlona. A continuación se acercó a él, alzó su macilento rostro de labios gruesos, y preguntó-: ¿No me conoces? ¿Acaso nos hemos equivocado alguna vez?
Rue Saint Honoré.
– No me hagas perder el tiempo -dijo Robespierre-. Te he explicado mis intenciones antes de que se reuniera la Convención. Los documentos de la detención de Hérault y Fabre los tiene el fiscal. Puedes emitir una orden de arresto contra el diputado Philippeaux y el diputado Lacroix. Pero nadie más.
Saint-Just descargó un puñetazo sobre la mesa y bramó:
– Si dejas libre a Danton, no tardarás en ser detenido tú también. Te cortarán la cabeza antes de que transcurra una semana.
– No es necesario que te exaltes. Cálmate. Conozco a Danton. Siempre ha sido un hombre prudente, a quien le gusta sopesar los distintos aspectos de una situación. No hará nada a menos que se vea obligado. Sin duda sabe que tienes pruebas contra él, y se estará preparando para refutarlas.
– ¡Las refutará por la fuerza de las armas! -exclamó Saint-Just-. Habla con Philippe Lebas. Habla con el comité de Policía. Habla con cualquier patriota del Club de los Jacobinos, y te dirá lo mismo que yo.
Las encendidas mejillas de Saint-Just destacaban contra su pálido cutis, y sus ojos lanzaban destellos de ira. Parece gozar con esta situación, pensó disgustado Robespierre.
– Danton es un traidor contra la República -prosiguió Saint-Just-, un asesino, es incapaz de ceder. Si no actuamos hoy mismo, nos eliminará a todos para impedir que nos opongamos a él.
– Te contradices. Antes decías que Danton no era un republicano, que ha procurado complacer a todos los contrarrevolucionarios, desde Lafayette hasta Brissot. Ahora dices que es incapaz de ceder.
– Desvarías. ¿Crees que Danton merece andar suelto, tratando de hundir a la República?
Robespierre lo miró pensativo. Comprendía la naturaleza de esa república a la que acaba de referirse Saint-Just. No era la República delimitada por los Pirineos y el Rhin, sino una república del espíritu; no una ciudad de carne y piedras, sino el baluarte de la virtud, los dominios de los justos.
– No estoy seguro. No puedo tomar una decisión -dijo, contemplando las numerosas imágenes de sí mismo que colgaban de las paredes y que a su vez lo observaban a él-. ¿Philippe? -preguntó, volviéndose.
Philippe Lebas se detuvo en la puerta, entre la salita de estar y el salón de los Duplay.
– Hay algo que quizá te ayude a tomar una decisión -dijo.
– ¿Algo relacionado con Vadier, del comité de Policía? -preguntó Robespierre con aire escéptico.
– No, se trata de Babette.
– ¿Babette? ¿Pero está aquí?
– Pasa al salón, te lo ruego. No te entretendré mucho rato más. -Robespierre dudaba-. Por el amor de Dios -dijo Lebas enérgicamente-, ¿no querías saber si Danton merecía vivir o morir? Entra tú también Saint-Just.
– Muy bien -contestó Robespierre-. Pero en el futuro preferiría no hablar de estos asuntos en mi casa.
Todos los Duplay se hallaban presentes en el salón. Robespierre los miró detenidamente. En la estancia reinaba una profunda tensión que inmediatamente lo puso en guardia.
– ¿A qué viene esto? -preguntó-. No alcanzo a comprender…
Nadie dijo palabra. Babette estaba sentada ante la mesa grande, sola, como si se enfrentara a una comisión investigadora. Robespierre se inclinó y le dio un beso en la frente.
– De haber sabido que estabas aquí, habría cortado esa estúpida discusión para venir a saludarte. ¿Y bien?
Pero nadie respondió. Robespierre acercó una silla y se sentó junto a Babette. Esta le acarició la mano. Estaba encinta de cuatro o cinco meses y ofrecía un aspecto rollizo y satisfecho. Sólo tenía unos meses más que la joven esposa de Danton. Al mirarla, Robespierre se sintió alarmado.
Maurice estaba sentado en una banqueta junto al fuego, con la cabeza gacha, como si hubiera oído algo que le hubiera hecho sentirse humillado. De pronto alzó la vista, carraspeó y dijo: