La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Esperó a que Eléonore saliera de la habitación. Se sentía más fuerte, capaz de dar órdenes.
– Deseo ver a Camille -dijo a Maurice Duplay.
– ¿Crees que es una buena idea?
Duplay envió recado a casa de Camille. Curiosamente, Eléonore no parecía satisfecha ni disgustada.
Cuando acudió Camille, no hablaron sobre política ni de los últimos años. En un momento dado, cuando Camille mencionó a Danton, Robespierre giró la cabeza, como si no deseara hablar de él. Charlaron sobre el pasado, su pasado común, con la forzada jovialidad que muestra la gente cuando hay un cadáver en la casa.
Cuando se quedó a solas nuevamente, Robespierre soñó con la República de la Virtud. Cinco días antes de caer enfermo había definido claramente sus límites. Deseaba una república donde imperara la justicia, el bienestar de la comunidad, la capacidad de sacrificio. Veía un pueblo libre, amable, bucólico e instruido. Las tinieblas de la superstición habían desaparecido de la vida de la gente como aguas pantanosas absorbidas por la tierra. En su lugar había florecido el culto racional, jocundo, al Ser Supremo. Las gentes eran felices; sus corazones no estaban angustiados ni su carne atormentada por preguntas sin respuesta ni deseos insatisfechos. Los hombres abordaban los asuntos del poder con rigor e inteligencia; instruían a sus hijos y cultivaban sus tierras. Los perros y los gatos, incluso los animales del campo, eran respetados por lo que eran. Las muchachas, adornadas con guirnaldas y vestidas con vaporosos vestidos de lino pálido, se movían majestuosamente entre columnas de mármol blanco. Robespierre contempló el oscuro resplandor de los olivares, y el cielo azul.
– Mira -dijo Robert Lindet, mostrándole un pedazo de pan que llevaba envuelto en un periódico-. Tócalo, pruébalo.
Robespierre lo desmenuzó con los dedos. Tenía un olor acre, a moho.
– Supuse que no estabas enterado, dado que sólo te alimentas de naranjas -dijo Lindet-. En estos momentos abunda el pan, pero como verás, es incomible. En las lecherías no hay leche, y los pobres suelen beber mucha leche. En cuanto a la carne, la gente tiene suerte de conseguir un pequeño pedazo que echar al caldo. Las mujeres se levantan a las tres de la mañana para hacer cola frente a las carnicerías. Esta semana la Guardia Nacional ha tenido que intervenir en varias peleas entre mujeres que intentaban conseguir carne.
– Si persiste esta situación -contestó Robespierre, pasándose una mano por la frente-, no sé cómo acabaremos. La gente se moría de hambre bajo el viejo régimen. ¿Dónde ha ido a parar toda la comida, Lindet? La tierra sigue produciendo.
– Danton dice que hemos bloqueado el comercio con nuestros reglamentos. Dice -y no le falta razón- que los campesinos no llevan sus productos a las ciudades por temor a ser acusados de especuladores y que los linchen. Hemos requisado lo que hemos podido, pero la gente prefiere ocultar sus productos y dejar que se pudran. Los hombres de Danton dicen que si elimináramos los controles, el mercado empezaría a moverse de nuevo.
– ¿Y tú qué opinas?
– Los agitadores de las Secciones apoyan los controles. Dicen a la gente que es la única forma de hacer las cosas. La situación es seria.
– ¿Y bien?
– Espero tus instrucciones.
– ¿Qué opina Hébert?
– Discúlpame. Dame el periódico -contestó Lindet. Al abrirlo cayó una lluvia de migas al suelo-. «Los carniceros que tratan a los sansculottes como perros y sólo les dan huesos para roer deberían ser guillotinados como todos los enemigos del pueblo llano.»
– Muy constructivo -observó Robespierre despectivamente.
– Por desgracia, la masa no ha adquirido mucha sabiduría desde 1789. Ese tipo de sugerencia les parece una solución muy acertada.
– ¿Hay mucho descontento entre el populacho?
– En cierto sentido, sí. No exigen libertad, ni se muestran interesados en estos momentos en reivindicar sus derechos. En Navidad, las propuestas de Camille y la libertad de los sospechosos eran unos temas muy populares, pero ahora sólo piensan en la escasez de comida.
– Sin duda Hébert se aprovechará de ello -dijo Robespierre.
– Hay mucha agitación en las fábricas de armas. No podemos permitirnos el lujo de que estallen huelgas. El Ejército carece de provisiones.
– Los agitadores deben ser aprehendidos -contestó Robespierre-, en las calles, en las fábricas, donde sea. Comprendo que la gente tiene problemas, pero no podemos perder el control de la situación. Es preciso sacrificarse en aras de la nación. A la larga, todo se arreglará.
– Saint-Just y Vadier mantienen un control férreo sobre el comité de Policía. Lamentablemente -dijo Lindet-, sin una decisión política de alto nivel no podemos hacer nada contra los auténticos agitadores.
– Hébert.
– Trata de provocar una insurrección. El Gobierno caerá. Lee el periódico. Existe cierto movimiento entre los cordeliers…
– No hace falta que me lo digas -contestó Robespierre-, lo sé de sobra. Las arengas para levantar el ánimo, las reuniones secretas. Hébert es el único capaz de socavar la influencia de Danton. Me desespera verme obligado a permanecer en la cama, impotente, mientras todo se desmorona a mi alrededor. ¿No crees que la gente se mostrará leal con el comité, después de haberles salvado de una invasión y de que intentamos que no se mueran de hambre?
– Confiaba en poder ahorrarte esto -respondió Lindet, sacando un pedazo de papel del bolsillo. Era una nota oficial en la que constaba el horario laboral y los salarios de los talleres gubernamentales. Las esquinas del papel estaban rotas, como si hubiera sido arrancado de la pared.
Robespierre se lo cogió de las manos. El aviso estaba firmado por seis miembros del Comité de Salvación Pública. Debajo de las firmas, toscamente escrito con pintura roja, aparecían las siguientes palabras:
caníbales, ladrones, asesinos
Robespierre dejó caer el papel sobre la colcha.
– Ni siquiera a los Capeto los trataban así -dijo, apoyando la cabeza en las almohadas-. Es mi deber perseguir a los individuos que han engañado y manipulado a esos desgraciados. Te juro que a partir de ahora guiaré la Revolución con mano firme.
Cuando Lindet se hubo marchado, Robespierre permaneció pensativo, reclinado sobre las almohadas, contemplando las sombras que se proyectaban en el techo a medida que oscurecía. Al cabo de un rato entró Eléonore con una vela. Echó unos troncos en la chimenea y recogió los papeles desparramados sobre el escritorio y el lecho. Luego colocó de nuevo los libros en la estantería, rellenó la jarra de agua que había en la mesita de noche y corrió las cortinas.
– ¿Te encuentras mejor? -preguntó a Robespierre, acariciándole el rostro suavemente.
– Mucho mejor -contestó él, sonriendo.
De improviso Eléonore se sentó a los pies de la cama, como si se hubiera quedado sin fuerzas.
– Temimos que fueras a morirte -dijo, cubriéndose la cara con las manos-. Parecías un cadáver cuando te hallamos tendido en el suelo. ¿Qué sería de nosotros si murieras? No podríamos continuar adelante sin ti.
– Pero no he muerto -contestó Robespierre con tono afectuoso pero enérgico-. Ahora sé perfectamente lo que debo hacer. Mañana acudiré a la Convención.
Era el 21 de Ventôse, es decir, el 11 de marzo. Habían transcurrido treinta días desde que se había retirado de la vida pública. De golpe le parecía como si durante los últimos años hubiera permanecido encerrado en una concha en la que apenas penetraba un poco de luz y algunos murmullos, como si su enfermedad la hubiera partido en dos y la mano de Dios le hubiera sacado de ella, limpio y purificado.