La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– No podemos llevar este asunto ante un tribunal -dijo Robespierre, dirigiéndose a Duplay-. No es necesario. En el contexto de otros cargos, es una cuestión trivial. No actuarás como jurado en el proceso de Danton. Pediré a Fouquier que te exima de esa responsabilidad. No sería justo.
– Antes de marcharnos -dijo Saint-Just-, ¿te importaría subir y coger tus cuadernos?
Las Tullerías, a las ocho de la tarde.
– Hablemos sin rodeos, ciudadano Robespierre -dijo el Inquisidor.
Robespierre apartó la vista del rostro alargado y macilento de Vadier y observó sus singulares y afilados dedos mientras removía unos papeles sobre la mesa ovalada y tapizada de verde.
– En nombre de tus colegas y de los míos del comité de Policía -prosiguió Vadier-, te hablaré con toda claridad.
– Adelante -contestó Robespierre. Tenía la boca seca y le dolía el pecho. Notó que tenía sangre en la boca. Sabía lo que pretendían.
– Estarás de acuerdo conmigo en que Danton es un hombre muy poderoso -dijo Vadier.
– Sí.
– Y un traidor.
– ¿Por qué me lo preguntas? El Tribunal es quien debe juzgarlo.
– El proceso es un asunto arriesgado.
– Efectivamente.
– Es necesario tomar todas las precauciones posibles.
– Sí.
– Hay que tener presentes todas las circunstancias que puedan incidir negativamente en el mismo.
Vadier interpretó el silencio de Robespierre como señal de asentimiento. Lentamente, como un animal primitivo, el Inquisidor encogió sus dedos parecidos a unas garras y descargó un puñetazo sobre la mesa.
– ¿Cómo quieres que dejemos libre a ese periodista aristócrata? Si Danton se ha comportado como un traidor desde 1789, ¿cómo quieres que exoneremos a su mejor amigo? Antes de la Revolución, sus amigos eran el traidor Brissot y el traidor D’Églantine. No, no me interrumpas. No tiene tratos con Mirabeau, pero inopinadamente se instala en su casa de Versalles. Durante varios meses -los meses en los que Mirabeau maquinó su conspiración- se separa de él. Es un hombre sin fortuna, un desconocido, pero de pronto aparece todas las noches invitado en casa de Orléans. Fue el secretario de Danton durante su nefasto mandato en el Ministerio de Justicia. Es un hombre rico, o al menos vive como tal, y su vida privada es un escándalo.
– Sí -contestó Robespierre-, y condujo al pueblo el 12 de julio. Él provocó la revuelta e hizo caer la Bastilla.
– ¿Cómo puedes exonerar a ese hombre hacia el que la masa, confundida, experimenta un sentimiento de afecto? -gritó Vadier enfurecido-. ¿Crees que puedes dejarlo en libertad mientras su amigo Danton es juzgado? ¿Crees que puedes dejarlo en libertad sólo porque en una ocasión, hace años, lograsteis que se dirigiera a la multitud y la convenciera?
– No, ése no es el motivo -terció Saint-Just-. El motivo es que Robespierre también experimenta un sentimiento de afecto hacia él. Según parece, antepone sus sentimientos personales al bienestar de la República.
– Camille se ha burlado de ti -afirmó Billaud.
– Me estás calumniando, Saint-Just -respondió Robespierre-. No antepongo nada al bienestar de la República. Soy incapaz de tal cosa.
– Permíteme decir algo. -Vadier abrió los puños y extendió las manos sobre la mesa-. Nadie, ni siquiera un admirable patriota como tú, puede oponerse a la voluntad del pueblo. Todos estamos contra ti. Te has quedado solo. Debes rendirte ante la mayoría, de lo contrario, tu carrera habrá terminado en estos momentos, en esta habitación.
– Firma la orden de arresto, ciudadano Vadier -dijo Saint-Just-, y entrégamela.
Vadier alargó la mano pero Billaud se precipitó como una serpiente sobre su presa, cogió la pluma y estampó su firma en el documento.
– Quería ser el primero en firmarlo -dijo su amigo Collot.
– ¿Acaso porque su jefe, Danton, era un tirano? -preguntó Robert Lindet.
Vadier cogió el papel, lo firmó y se lo pasó a Rühl, del comité de Policía, pero éste sacudió la cabeza.
– Está senil -observó Collot-. Deberían expulsarlo del Gobierno.
– Es un poco duro de oído -dijo Collot-. Fírmalo, Rühl.
– Aunque sea viejo, no podéis obligarme a firmar ese papel amenazándome con poner fin a mi carrera. No creo que Danton sea un traidor.
– Es posible que tu carrera termine antes de lo que imaginas.
– No me importa -replicó Rühl.
– Entonces entrégame ese papel -dijo Lebas, irritado-, y no perdamos más tiempo.
Carnot lo cogió, lo examinó con aire pensativo y dijo:
– Firmaré por el bien de la unidad de los comités. Es el único motivo que me impulsa a ello. -Tras estampar su firma, pasó el documento a Lebas y añadió-: Dentro de unas semanas, caballeros, tres meses a lo sumo, lamentaréis que Danton ya no pueda arengar a las masas. Si lo condenáis, entraréis en una nueva fase de la historia, una fase para la cual no creo que estéis preparados. Os aseguro que os sentiréis tan impotentes y desesperados que recurriréis a brujos y adivinos.
– Rápido, dame ese papel -dijo Collot, arrebatándoselo a un miembro del comité de Policía y firmándolo-. Toma, Saint-Just, fírmalo tú ahora.
Robert Lindet se apresuró a coger la orden de arresto y pasársela a su vecino de mesa. Saint-Just lo miró enojado.
– No -dijo Lindet secamente.
– ¿Por qué?
– No estoy obligado a explicarte mis razones.
– En ese caso no tenemos más remedio que sospechar de ellas -dijo Vadier.
– Lo lamento. Soy el encargado de abastos. Mi misión es alimentar a los patriotas, no asesinarlos.
– No es necesario que haya unanimidad -dijo Saint-Just-. Habría sido deseable, pero no es imprescindible. Sólo faltan dos firmas, aparte de los que se han negado a firmar. Te toca a ti, ciudadano Lacoste. Después de haber firmado el papel entrégaselo a Robespierre y acércale el tintero.
Los comités de Salvación Pública y de Seguridad General decretan que Danton, Lacroix (del département de Eure-et-Loire), Camille Desmoulins y Philippeaux, todos ellos miembros de la Convención Nacional, sean arrestados y conducidos a la prisión de Luxemburgo, donde permanecerán recluidos en celdas individuales hasta el momento de ser juzgados. Ordenamos al alcalde de París que ejecute de inmediato el presente decreto.
En la Cour du Commerce, a las nueve de la tarde.
– Un momento -dijo Danton-. Deseo presentaros.
– Danton…
– Insisto. Querida, te presento a Fabricius Pâris, un viejo amigo y secretario del Tribunal.
– Encantado de conocerla -se apresuró a decir Pâris-. Su marido me consiguió el trabajo.
– Y por eso estás aquí. Como verás, querida, inspiro una profunda lealtad a mis amigos.
Pâris estaba visiblemente nervioso.
– Como sabes, acudo todas las tardes al comité para recoger las instrucciones del día siguiente -dijo. Luego se volvió hacia Louise y añadió-: Me refiero a las instrucciones del Tribunal, que posteriormente entrego a Fouquier. -Louise asintió-. Al llegar, comprobé que la puerta estaba cerrada, lo cual me extrañó. Supuse que tenía el deber de informar a un patriota de lo que se estaba cocinando, de modo que, como conozco bien el edificio, entré por una puerta trasera y miré por el ojo de la cerradura…
– Continúa -dijo Danton-. Miraste por el ojo de la cerradura y luego aplicaste el oído, y viste y oíste a Saint-Just acusándome de traidor.
– ¿Cómo lo sabes?
– Es lógico.
– Todos escuchaban en silencio las mentiras de ese canalla.
– ¿Qué es exactamente lo que se propone? ¿Acaso han firmado una orden de arresto contra mí?
– No vi ningún papel. Saint-Just dijo que quería denunciarte ante la Convención, en tu presencia.
– Muy bien -contestó Danton-. De modo que quiere comparar sus dotes de orador con las mías. ¿Quiere comparar también su experiencia y su protagonismo en la Revolución? Perfecto -añadió, dirigiéndose a Louise-. Es precisamente lo que yo quería. Ese imbécil ha decidido desafiarme en mi propio terreno. Gracias por la información, Pâris.