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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– ¿Qué clase de personas son? -oyó Annette que preguntaba uno de los hombres a Elise.

– Unos desalmados, señor, y muy arrogantes.

– ¿Es cierto que ella es la amante de Camille?

– Todo el mundo lo sabe -respondió Elise-. Siempre están encerrados en el salón. Leyendo los periódicos, según dice ella.

– ¿Y su marido qué hace?

– ¿Ese viejo cabrón? Nada -contestó Elise.

Los hombres se echaron a reír.

– Quizá tengamos que conducirte a la Sección -dijo uno de ellos-. Para hacerte unas cuantas preguntas. Seguro que nos darás unas respuestas muy sabrosas -añadió, extendiendo la mano y pellizcándole un pecho. Elise soltó un pequeño alarido, fingiendo dolor e indignación.

Alarmada, Annette agarró al joven sansculotte del brazo y le ordenó secamente:

– Haga el favor de controlar a sus hombres. ¿Acaso están autorizados a molestar a mis sirvientes?

– Se expresa como la hermana de la Capeto -observó Jeannot.

– Esto es una infamia. Puede estar seguro de que dentro de unas horas lo sabrá la Convención.

Jeannot escupió en el suelo.

– No son más que una pandilla de picapleitos -dijo-. ¿Esto es una Revolución? No habrá Revolución hasta que hayan muerto esos cabrones.

– Descuida -replicó su compañero-, a este ritmo no tardarán en desaparecer todos.

Al cabo de unos instantes apareció Claude, seguido de un par de sansculottes. Llevaba un abrigo y se estaba poniendo los guantes, lenta y minuciosamente.

– Imagínate -dijo, dirigiéndose a Annette-, me acusan de quemar unos papeles. Lo más gracioso es que insistieron en interponerse entre mi persona y la ventana, debajo de la cual había un ciudadano con una pica. Como si un hombre de mi edad fuera a arrojarse por la ventana de un primer piso y privarse de la compañía de tan amables caballeros. -Uno de los hombres lo agarró del brazo, pero Claude lo apartó bruscamente-. Puedo caminar sin que me sostengan. Permítanme que me despida de mi esposa.

Acto seguido, Claude se inclinó y besó la mano de Annette.

– No llores, cariño -dijo-. Envía un recado a Camille.

Al otro lado de la calle se había detenido un flamante carruaje cuyo ocupante miraba a través de la ventanilla cubierta por una discreta cortina.

– Qué desagradable -dijo Père Duchesne, el fabricante de hornos-. Hemos elegido una noche muy poco propicia. Me temo además que nos hemos equivocado de casa. Pero corren tantos rumores… Habría merecido la pena levantarse temprano para ver cómo sacaban a Camille de su cómodo e incestuoso lecho, protestando vivamente y pataleando. Me hubiera gustado arrestarlo por alterar el orden público. En cualquier caso, esto le dará un buen susto. Me pregunto a quién acudirá esta vez para que le proteja.

Una hora más tarde, Annette se hallaba en la rue Marat.

– Han destrozado la casa -dijo-. Y aunque Elise tiene muchos defectos, no podía permitir que unos rufianes la manosearan. Dame una copa de coñac, Lucile. La necesito. -Cuando su hija salió de la estancia, Annette murmuró-: Oh, Camille, Camille… A Claude se le ocurrió quemar unos papeles. Supongo que todas las cartas que me has escrito se han convertido en humo. En caso contrario, a estas horas ya habrían caído en manos del comité de la Sección.

– De todos modos -dijo Camille-, eran muy castas.

– Pero deseaba conservarlas -contestó Annette, echándose a llorar.

Camille le acarició la mejilla.

– Te escribiré otras cartas -dijo para tranquilizarla.

– ¡Quiero recuperarlas! -insistió Annette-. ¿Cómo puedo preguntarle a Claude si las ha quemado? En tal caso, debía de saber dónde las guardaba. ¿Crees que las habrá leído?

– No. Claude es incapaz de semejante cosa. Es distinto de nosotros -respondió Camille, sonriendo-. No te preocupes, en cuanto consiga que regrese a casa se lo preguntaré.

– Te veo muy animado, querido -observó Lucile cuando regresó con el coñac.

Annette lo miró. Es cierto, pensó mientras apuraba la copa de un trago, es indestructible.

El discurso de Camille ante la Convención fue breve, audible y alarmante. Algunos murmuraron que los parientes de los políticos podían ser tan sospechosos como cualquier otro ciudadano, pero la mayoría del público se estremeció cuando Camille describió la irrupción de los sansculottes en casa de Duplessis. Habían tenido suerte de no vivir esa experiencia, dijo Camille; quizá no tardarían en vivirla.

Al contemplar los bancos medio vacíos, los diputados comprendieron que tenía razón. Hubo aplausos cuando se refirió a las salvajes depredaciones de un antiguo cajero de teatro; un murmullo de aprobación cuando deploró un sistema que permitía que un personaje tan detestable prosperara. Cuando Camille abandonó la tribuna, Danton se puso en pie y exigió que terminaran los arrestos.

En las Tullerías.

– Saluda de mi parte al ciudadano Vadier y dile que está aquí el abogado de la Lanterne -dijo Camille.

Vadier fue sacado por unos funcionarios de una sesión del comité de Policía.

– Si me cierras el periódico tendrás que habértelas conmigo -le dijo Camille, sonriendo amablemente y empujando a Vadier contra la pared.

– ¡Abogado de la Lanterne! -protestó Vadier-. Creí que te habías propuesto enmendar tu conducta.

– Llámalo nostalgia -respondió Camille-. O costumbre. Llámalo como quieras, pero no te librarás de mí hasta que hayas respondido a unas cuantas preguntas.

Vadier se acarició con aire malhumorado la larga nariz de inquisidor y juró sobre la cabeza del Supremo Hacedor que no sabía nada del asunto. No obstante, reconoció que era posible que los funcionarios de la Sección se hubieran excedido en su celo, que Hébert hubiera actuado movido por el rencor; no, no tenía pruebas contra ningún Claude Duplessis, funcionario jubilado.

– Hébert es un idiota -dijo, mirando a Camille con odio y considerable alarma-, por haber dado a las gentes de Danton la posibilidad de hacer uso de su fuerza.

Robespierre abandonó, parpadeando y preocupado, una reunión del Comité de Salvación Pública, requerido por un urgente mensaje. Al ver a Camille se apresuró a agarrarlo del brazo, dictó una rápida lista de instrucciones a un secretario y mencionó sus deseos de ver a Père Duchesne en el infierno. Los curiosos que presenciaron la escena notaron su tono, las prisas y, sobre todo, el apretón de manos. Tomaron rápida nota de las señales de su rostro, para intentar descifrarlas más tarde. De inmediato, casi imperceptiblemente -entre miradas interrogantes y gestos ambiguos, como si trataran de olfatear los vientos políticos que soplaban- comenzaron a circular toda clase de especulaciones y rumores. Al mediodía, Hébert mostraba una expresión bastante menos satisfecha; de hecho se sintió profundamente alarmado hasta mucho después de que Claude Duplessis hubiera sido liberado, y permaneció oculto hasta varias semanas más tarde, cuando oyó una patrulla al amanecer, y comprobó que no tenía amigos.

El nuevo calendario no funcionaba. En Nivôse apenas nevó, y la primavera se presentó antes de Germinal. Llegó moderadamente temprano, de forma que las floristas se congregaron en las esquinas de las calles y las modistas empezaron a confeccionar unos sencillos trajes patrióticos para el verano de 1794.

En los jardines de Luxemburgo colgaban de los árboles unos espléndidos estandartes verdes entre las fundiciones de cañones. Fabre d’Églantine observó el cambio de estaciones, desde su celda en el Edificio Nacional que había sido antaño el palacio de Luxemburgo. Los días fríos, ventosos y luminosos le producían dolores en el pecho. Cada mañana se miraba en el espejo que había pedido que le enviaran de casa, observando que su rostro parecía más afilado y sus ojos sospechosamente brillantes, con una brillantez que no tenía nada que ver con sus perspectivas.

Sabía que las iniciativas de Danton no habían prosperado, que éste no se trataba con Robespierre. Danton, ve a ver a Robespierre, exigió Fabre a la pared de su celda: suplícale, engáñale, exígele, oblígale a ceder. A veces yacía despierto, imaginando oír los pasos de la masa de simpatizantes de Danton atravesando la ciudad; pero sólo oía el silencio. El carcelero le informó que Camille había hecho las paces con Robespierre, añadiendo que él y su mujer no creían que Camille fuera un aristócrata, que el ciudadano Robespierre era amigo leal del trabajador, y que su buena salud constituía la única garantía de azúcar en los comercios y de leña a precios razonables.

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