La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Fabre repasó mentalmente todos los favores que había hecho a Camille; lo cierto es que no eran muchos. Pidió que le enviaran su Enciclopedia y su pequeño telescopio de marfil; con esos objetos como única compañía, se dispuso a aguardar la muerte natural o no natural.
El 17 de Pluviôse no llovió. Robespierre habló ante la Convención, destacando las líneas maestras de su futura política, sus planes para una República de la Virtud. Al terminar su discurso sonó un murmullo de consternación. Parecía más fatigado de lo habitual, quizá por haber hablado durante varias horas desde la tribuna. Tenía los labios exangües, los ojos enrojecidos y con profundas ojeras. Algunos de los supervivientes de aquella época mencionaron la súbita postración de Mirabeau. Sin embargo, Robespierre apareció puntualmente para asistir a la siguiente sesión del comité, escrutando los rostros de los presentes para comprobar si alguien daba muestras de sentirse decepcionado.
El 22 de Pluviôse se despertó en plena noche, con dificultades para respirar. Se sentó con esfuerzo ante su escritorio, pero había olvidado lo que deseaba escribir. De golpe, las náuseas le obligaron a hincarse de rodillas en el suelo. No vas a morirte, se dijo, mientras luchaba por expulsar el aire atrapado en sus pulmones; no debes, no puedes morirte. Has sobrevivido a cosas peores.
Cuando pasó el ataque, se levantó del suelo. No lo haré, dijo su cuerpo; has acabado conmigo, me has matado, me niego a servir a semejante amo.
Si permanezco aquí, pensó Robespierre, me tumbaré en el suelo y caeré dormido, pillaré un resfriado y todo habrá terminado.
No debiste tratarme como si fuera tu esclavo, protestó el cuerpo, abusando de mí, imponiéndome unos absurdos ayunos, una vida casta y pocas horas de sueño. ¿Qué vas a hacer ahora? Ordena a tu intelecto que se levante del suelo, obliga a tu mente a que mañana se mantenga despierta.
Tras grandes esfuerzos, consiguió agarrarse a la pata de una silla y después al respaldo. Observó su mano deslizándose sobre la madera, como un objeto distante. Le estaba venciendo el sueño. Soñó con la casa de su abuelo. Alguien comentó que no había barriles para conservar en ellos la cerveza elaborada aquella semana; toda la madera disponible había sido utilizada para construir el cadalso. ¿El cadalso? Robespierre se apresuró a sacar del bolsillo la carta que le había escrito Benjamin Franklin, en la que le decía: «Eres una máquina eléctrica.»
Eléonore lo halló al amanecer. Ella y su padre montaron guardia junto a la puerta hasta que, a las ocho, llegó el doctor Souberbielle. El médico habló lenta y pausadamente, como si se dirigiera a un sordomudo:
– No puedo garantizarle los resultados.
Robespierre murmuró unas palabras. Souberbielle se inclinó para oírle.
– ¿Debo hacer mi testamento? -preguntó Robespierre.
– No creo que sea necesario -contestó el doctor sonriendo-. ¿Dispone usted de muchos bienes?
Robespierre sacudió la cabeza. Luego cerró los ojos y sonrió débilmente.
– No se trata de nada grave -les tranquilizó Souberbielle-. Son dolencias sin importancia. En septiembre temimos perder a Danton. Tantos años trabajando duramente, y de pronto el pánico consiguió reducir a un hombre fuerte como él a un estado de total postración. Robespierre no es fuerte, pero no se morirá, por supuesto. Nadie se muere por ese tipo de cosas; lo único que sucede es que su vida empieza a ser más complicada. ¿Que cuánto tiempo tardará en recuperarse? Necesita reposo, eso es lo más importante. Yo diría que un mes. Si se levanta antes, no me hago responsable.
Fueron a visitarlo algunos miembros del comité. Robespierre se sentía tan aturdido que le llevó unos minutos reconocerlos, pero entonces se dio cuenta de que pertenecían al comité.
– ¿Dónde está Saint-Just? -murmuró. El médico le había recomendado que no se cansara ni forzara la voz. Los miembros del comité se miraron.
– Lo ha olvidado -dijeron-. Lo has olvidado -le dijeron-. Ha partido hacia la frontera. Regresará dentro de diez días.
– ¿Y Couthon? Podíais haberlo subido en brazos por la escalera.
– Está indispuesto -respondieron-. Couthon también está indispuesto.
– ¿Va a morirse?
– No, pero su parálisis ha empeorado.
– ¿Regresará mañana?
– No.
Entonces, ¿quién gobernará el país?, se preguntó Robespierre. Saint-Just.
– Danton… -empezó a decir. No se esfuerce, le había recomendado el médico. Si no hace esfuerzos, le costará menos respirar. Robespierre se llevó la mano al pecho, aterrado. No podía seguir sus consejos. Se estaba asfixiando.
– ¿Vais a darle mi cargo a Danton?
Los miembros del comité se miraron de nuevo. Robert Lindet se inclinó sobre él y preguntó:
– ¿Es eso lo que deseas?
Robespierre sacudió la cabeza con vehemencia. Le parecía oír a Danton diciendo: «Unos actos contra natura entre las declaraciones juradas… ¿Nunca te preguntas por qué Dios te hizo así?» Buscó con la mirada a ese sólido abogado normando, un hombre sin teorías, sin pretensiones, un desconocido para las masas.
– No debéis dárselo -dijo Robespierre al cabo de unos instantes-. No debe gobernar. Carece de vertu.
Lindet lo miró perplejo.
– Durante un tiempo no estaré con vosotros -dijo Robespierre-. Luego estaré de nuevo con vosotros.
– Esas palabras le suenan -observó Collot-, pero no recuerda dónde las ha oído. Descuida, aún no ha llegado el momento de tu apoteosis.
– Sí, sí, sí -dijo Lindet suavemente.
Robespierre miró a Collot. Se está aprovechando de mi debilidad, pensó.
– Dadme un trozo de papel -murmuró. Quería escribir una nota diciendo que en cuanto se recuperara, Collot debía ser «reducido».
Los miembros del comité conversaron amablemente con Eléonore. No creían, como afirmaba el doctor Souberbielle, que dentro de un mes Robespierre se hubiera restablecido. De todos modos, le aseguraron que en caso de que falleciera, ella sería considerada a todos los efectos como su viuda, al igual que Simone Evrard era considerada la viuda de Marat.
Pasaron varios días. Souberbielle le permitió recibir más visitas, leer un poco y escribir, pero sólo cartas personales. También le autorizó a ser informado sobre las noticias del día, siempre y cuando no fueran preocupantes; pero todas las noticias eran preocupantes.
Al cabo de unos días regresó Saint-Just. Todo va bien en el comité, dijo a Robespierre, vamos a aplastar a las facciones. ¿Está decidido Danton a negociar la paz?, le preguntó Robespierre. Sí, contestó Saint-Just. Pero nadie le apoya. Los buenos republicanos hablan de victoria.
Saint-Just tenía veintiséis años. Era un hombre apuesto, dotado de una fuerte personalidad. Se expresaba con frases cortas y concisas. Hábleme del futuro, le rogó Robespierre. Saint-Just le habló sobre la espartana república soñada por él. A fin de crear una nueva raza de hombres, le dijo, los niños serían apartados de sus padres cuando cumplieran los cinco años, para ser instruidos como granjeros, soldados o abogados. ¿También las niñas?, inquirió Robespierre. No, las niñas no son importantes, permanecerán en casa con sus madres.
Robespierre movió nerviosamente las manos sobre la colcha. Pensó en su ahijado, de un día de edad, mientras su padre le acariciaba la cabeza con sus largos dedos; su ahijado, hacía unas semanas, agarrado del cuello de su casaca, pronunciando un discurso. Pero Robespierre se sentía demasiado débil para discutir. La gente decía que Saint-Just estaba enamorado de Henriette Lebas, la hermana de Philippe, el marido de Babette. Pero él no lo creía; no creía que Saint-Just estuviera enamorado de nadie.