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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Has sido como un hijo para nosotros.

– Esto parece el tercer acto de un melodrama barato -contestó Robespierre, sonriendo y apretando la mano de Babette.

– Es muy duro para la chica -dijo Duplay.

– Estoy bien -respondió Elisabeth, sonrojándose y bajando la vista.

Saint-Just estaba apoyado contra la pared, con los ojos ligeramente entornados.

Philippe Lebas se colocó detrás de Babette y apoyó las manos en el respaldo de la silla.

– ¿Qué sucede, ciudadano Lebas? -inquirió Robespierre.

– Estabais hablando sobre el carácter del ciudadano Danton -dijo Babette suavemente-. No sé nada de política, porque no es un tema que nos incumbe a las mujeres.

– Puedes decir lo que gustes. En mi opinión, las mujeres son tan inteligentes como los hombres -contestó Robespierre, dirigiendo una venenosa mirada a Saint-Just, como desafiándole a que le contradijera. Saint-Just sonrió despectivamente.

– Quizá te interese saber lo que me ha sucedido.

– ¿Cuándo?

– Deja que te lo cuente a su manera -terció Duplay.

Babette retiró la mano de entre las de Robespierre y la apoyó sobre la mesa, en cuya pulida superficie se reflejaba suavemente su rostro.

– ¿Recuerdas cuando fui a Sèvres este otoño? -preguntó, dirigiéndose a Robespierre-. Mamá pensó que necesitaba respirar aire fresco, de modo que fui a pasar unos días a casa de la ciudadana Panis.

La ciudadana Panis era la respetable esposa de un diputado parisiense, Étienne Panis, un leal «montañés» con un brillante historial de servicio el 10 de agosto, el día en que la monarquía fue derrocada.

– Sí, aunque no recuerdo exactamente la fecha -contestó Robespierre-. Sería en octubre, o noviembre.

– El ciudadano Danton estaba también allí, con Louise, y se me ocurrió ir a visitarla. Supuse que se sentiría sola y que le gustaría charlar con alguien de su edad. La compadezco, sinceramente.

– ¿Por qué?

– Algunos dicen que él se casó con ella por amor, pero otros aseguran que lo hizo para tener una mujer que se ocupara de sus hijos y de su casa mientras él retoza con la ciudadana Desmoulins. Aunque la mayoría de la gente coincide en que la ciudadana Desmoulins está enamorada del general Dillon.

– Te estás desviando de la cuestión, Babette -dijo Lebas.

– Fui a verla, pero no estaba en casa. Me abrió la puerta el ciudadano Danton. Cuando quiere, sabe ser un hombre amable y encantador. Me dio lástima porque me pareció que se sentía solo, que no tenía con quién hablar. Louise es muy agradable pero poco inteligente. El caso es que me pidió que le hiciera compañía, y no pude negarme.

– Babette no se dio cuenta de que estaban solos en casa -dijo Lebas.

– No podía saberlo -replicó la joven-. Hablamos de varias cosas, sin que yo sospechara sus intenciones.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Robespierre.

– No te enfades conmigo -le suplicó Babette.

– ¿Por qué iba a enfadarme contigo? No debes temer nada. Imagino que Danton hizo algún comentario mientras conversaba contigo y te sientes obligada a informarme. Eres una buena chica y debes cumplir con tu deber. Nadie puede culparte por ello. Cuéntame lo que te dijo.

– No, no, te equivocas -terció la señora Duplay-. Max es tan bueno que no imagina lo perversas que son algunas personas.

Robespierre la miró irritado.

– Continúa, Babette -dijo, apoyando una mano sobre la suya.

– Vamos, cuéntale de una vez lo que sucedió -dijo el marido de Elisabeth.

– Me rodeó los hombros con el brazo. No quise hacer una escena, hubiera sido pueril… Luego metió la mano dentro de mi corpiño, pero pensé que… Al fin y al cabo, frecuenta a damas de la alta sociedad… Quiero decir que algunos lo han visto abrazar a la ciudadana Desmoulins en público, y no tiene importancia. No supuse que la cosa pasara de allí. De todos modos, traté de apartarme, pero es muy fuerte y… Dijo unas cosas que no me atrevo a repetir…

– Debes hacerlo -la instó bruscamente Robespierre.

– Dijo que quería demostrarme que era más agradable hacer el amor con un hombre experimentado que con un «robespierrista» virgen. Luego trató de… -Babette se cubrió el rostro con las manos y prosiguió con voz casi inaudible-: Por supuesto, yo me resistí. Él se rió y dijo que Eléonore no tenía tantos escrúpulos, que sabía cómo complacer a los hombres republicanos. Creo que en aquellos momentos perdí el conocimiento.

– No me parece necesario que continúe -dijo Lebas, apoyándose en el respaldo de la silla de Robespierre y clavando la vista en su cuello.

– No te coloques a mis espaldas -le ordenó éste bruscamente. Lebas no se movió. Robespierre miró a su alrededor como si buscara una esquina, un rincón donde refugiarse, mientras todos los Duplay lo contemplaban fijamente.

– ¿Qué hiciste cuando recobraste el sentido? -preguntó Robespierre a Babette-. ¿Dónde te encontrabas?

– En una habitación -contestó la joven con voz temblorosa-. Estaba medio desnuda, tenía la falda…

– No es necesario que entres en detalles -dijo Robespierre.

– Estaba sola. Me levanté y me arreglé un poco. No vi a nadie, de modo que salí corriendo.

– Para resumir, ¿pretendes decirnos que Danton te violó? -preguntó Robespierre.

– Yo me resistí, pero… -Babette se detuvo y rompió a llorar.

– ¿Qué pasó luego?

– ¿Luego?

– Supongo que regresarías a casa de Panis. ¿Qué dijo su esposa?

Babette lo miró con aire inocente mientras un grueso lagrimón resbalaba por su mejilla.

– Me advirtió que no debía contar a nadie lo sucedido, porque era muy peligroso.

– De modo que decidiste callar.

– Hasta ahora. Pensé que debía… -La joven empezó a sollozar de nuevo.

De improviso, Saint-Just se acercó a ella y le dio unas palmaditas en el hombro.

– Sécate las lágrimas y escucha atentamente, Babette -dijo Robespierre-. ¿Dónde estaban los sirvientes de Danton cuando sucedió eso? Debía de haber alguien en la casa.

– No lo sé. Pedí auxilio, pero no acudió nadie.

En aquel momento la señora Duplay, que había escuchado el relato de su hija en silencio y pacientemente, decidió intervenir.

– El problema, Max, aparte de la gravedad de lo sucedido, es que…

– Estoy seguro de que Max sabe contar con los dedos -la interrumpió Saint-Just.

Robespierre miró perplejo a Babette.

– De modo que en aquella fecha tú no sabías que… -dijo al cabo de unos minutos.

– No, ¿cómo iba a saberlo? -respondió la joven-. Quizá ya estuviera encinta. No estoy segura. Confío en que no sea hijo de él.

Ya estaba dicho. Todos lo habían pensado, pero ahora que ella lo había expresado de viva voz, dieron rienda suelta a su indignación.

Sólo él, Robespierre, consiguió dominarse. Era importante resistir la tentación de dejarse arrastrar por las emociones que se agitaban en su interior.

– Escucha, Babette -dijo-, esto es muy importante. ¿Te ha aconsejado alguien que me contaras esta historia?

– No, por supuesto que no. Nadie sabía nada hasta hoy.

– Si esto fuera un tribunal, Elisabeth, te formularía numerosas preguntas.

– Pero no es un tribunal -dijo Duplay-. Es tu familia. Hace tres años te encontré en la calle y te salvé la vida. Desde entonces te hemos cuidado como a un hijo. Tú y tus hermanos erais huérfanos, no teníais a nadie. Te hemos dado todo nuestro cariño.

– Es cierto.

Robespierre, derrotado, permaneció en su asiento a la cabeza de la mesa, observando a Elisabeth. La señora Duplay se apresuró a abrazar a su hija, que se echó a llorar desconsoladamente. Robespierre sintió que su llanto le traspasaba el corazón.

Saint-Just carraspeó y dijo:

– Lamento pedirte que me acompañes en estos momentos, pero el comité de Policía se reúne con nuestro comité dentro de una hora. He redactado un informe preliminar sobre Danton, pero debo ampliarlo…

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