La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Un jacobino: Es cierto. Deja que hable Robespierre, a ver si consigue sacarte de este lío.
El ciudadano Robespierre [en la tribuna]: Ciudadanos, Camille se ha comprometido a enmendar sus errores y dejar de publicar esas herejías. Ha vendido una gran cantidad de ejemplares de esos panfletos, y los aristócratas, falsos y traidores, le han adulado, lo cual se le ha subido a la cabeza.
Un jacobino: Observo que ha variado de estilo. Ya no hace aquellas largas pausas que solía hacer.
El ciudadano Robespierre: Esos artículos son peligrosos pues alteran el orden público y alientan la esperanza de nuestros enemigos. Pero debemos distinguir entre el autor y su obra. Camille… no es más que un niño malcriado. Obra de buena fe pero frecuenta malas compañías, las cuales le han engañado. Debemos repudiar esos artículos, que ni siquiera Brissot hubiera firmado, pero no debemos repudiar a Camille. Pido a Camille -como gesto de buena voluntad- que queme esos números de El viejo cordelier en presencia de los miembros de esta sociedad.
El ciudadano Desmoulins: «Quemar no constituye una respuesta.»
Un jacobino: Cierto. Lo ha dicho Rousseau.
Otro: Jamás imagine que presenciaría esta escena.
Otro: ¡Robespierre confundido por su dios Jean-Jacques! Se ha puesto verde.
Otro: No me gustaría vivir con las consecuencias de ser tan astuto como él.
Otro: Quizá no tenga que hacerlo.
El ciudadano Robespierre: ¿Cómo puedes defender esos escritos que entusiasman a los aristócratas, Camille? Si fueras otra persona, ¿crees que merecerías que te tratáramos con tanta indulgencia?
El ciudadano Desmoulins: No alcanzo a comprenderte, Robespierre. Tú mismo has leído las pruebas de algunos de esos artículos que condenas. ¿Cómo puedes afirmar que los aristócratas leen mis escritos? La Convención y los miembros de esta sociedad los han leído. ¿Acaso son unos aristócratas?
El ciudadano Danton: Ciudadanos, sugiero que prosigáis con calma vuestras deliberaciones. Y recordad que si atacáis a Camille, atacáis la libertad de prensa.
El ciudadano Robespierre: Muy bien. No quemaremos los panfletos. Quizá me equivoco al suponer que un hombre que se aferra con tal tenacidad a sus errores se ha dejado engañar. Quizá no tardemos en ver, detrás de su arrogante fachada, a los hombres que le dictan esos escritos.
[El ciudadano Fabre d’Églantine se pone en pie, dispuesto a marcharse.]
El ciudadano Robespierre: No te muevas, d’Églantine.
Un jacobino: Robespierre desea decirte algo.
El ciudadano Fabre D’Églantine: Puedo justificarme…
Los miembros de la sociedad, a coro: ¡Guillotinadle! ¡Guillotinadle!
Lucile Desmoulins a Stanislas Fréron
23 de Nivôse, año II
Debes regresar de inmediato. No hay tiempo que perder. Trae a todos los cordeliers que puedas hallar, los necesitamos. [Robespierre] ha comprobado que cuando no piensa y actúa de acuerdo con los criterios de ciertas personas, no tiene ningún poder. [Danton] se ha vuelto débil, ha perdido el coraje. D’Églantine ha sido arrestado y se encuentra en la cárcel de Luxemburgo, acusado de delitos muy graves…
Ya no me río, ni juego a ser una gata, ni toco el piano, ni sueño. Me he convertido en un autómata.
XII. Ambivalencia
La situación es la siguiente: Danton ha solicitado a la Convención que conceda a Fabre la oportunidad de defenderse públicamente, pero ésta ha rechazado su petición. Danton se niega a reconocer que ha dejado de ser el jefe de la Convención, y que Hébert dispone de poder sobre las Secciones.
– Yo no soy como Robespierre -dice Danton a Lucile-, no me dejo hundir por una derrota. A lo largo de este asunto he vencido, he perdido, y he vuelto a vencer. Hubo una época en que Robespierre sufría una derrota tras otra.
– Será por eso que les tiene tanta tirria.
– Eso no tiene importancia -contesta Danton-. El maldito comité me vigila estrechamente. Si cometen un fallo, les aplastaré.
Bravas palabras. Sin embargo, Danton ya no es el hombre que ella conocía. Algunos dicen que no se ha recuperado del todo, pero tiene buen aspecto. Otros aseguran que la serenidad y dicha que ha encontrado en su segundo matrimonio han aplacado su espíritu combativo, pero Lucile sabe que son tonterías. A su entender, es su primer matrimonio lo que todavía le afecta. Desde la muerte de Gabrielle parece como si a Danton le faltara algo, como si hubiera perdido su dureza. Es difícil expresarlo, y desde luego confía en equivocarse pues está convencida de que es preciso obrar con mano dura.
Sigamos analizando la situación. Robespierre ha conseguido que los jacobinos no repudien a Camille, pero al precio de humillarse, de casi romper a llorar en la tribuna, ante la divertida mirada de los presentes. Hébert ha escrito un artículo en su periódico ridiculizando al «hombre errado» que protege a Camille, por motivos indescifrables que sólo él conoce.
El Club de los Cordeliers trata de impedir que Camille siga utilizando el nombre de la sociedad en su panfleto. No es que importe, puesto que Desenne se niega a seguir imprimiendo más números, y ningún otro impresor, por apetitosas que sean las ventas, se atreve a hacerlo.
– Vamos a ver a Robespierre -dice Danton a Lucile-. Coge al niño y nos presentaremos en su casa para organizar la emotiva escena de la reconciliación. Obligaremos a Camille a que nos acompañe y se disculpe ante él. Representaréis vuestro papel de «familia republicana» ejemplar, y Max se sentirá satisfecho. Yo me mostraré amable y conciliador, pero me abstendré de darle palmadas en la espalda, pues sé que le horrorizan.
Lucile sacude la cabeza.
– Camille se negará a acompañarnos. Está muy ocupado escribiendo.
– ¿Qué es lo que escribe?
– La verdadera historia de la Revolución, según dice. La «Historia secreta» secreta.
– ¿Qué piensa hacer con ella?
– Probablemente quemarla. ¿Qué otra cosa iba a hacer?
– Desgraciadamente, todo cuanto digo parece complicar las cosas.
– No sé por qué dices eso, Danton. -Robespierre había estado leyendo a Rousseau, a su Rousseau, y se quitó las gafas-. No creo que lo que puedas decir a estas alturas… -Pero no terminó la frase. Durante unos instantes su rostro adquirió un aire desnudo, desvalido; luego se puso de nuevo las gafas y asumió una expresión opaca e inescrutable-. Sólo quiero decirte una cosa. Rompe totalmente con Fabre, repúdialo. En caso contrario, no cuentes conmigo. Pero si lo haces, podemos empezar a hablar. Acepta los consejos del comité, y garantizaré personalmente tu seguridad.
– ¿Mi seguridad? ¿Acaso me estás amenazando?
Robespierre lo miró con aire pensativo y respondió:
– Vadier. Collot. Hébert. Saint-Just.
– Prefiero ser yo mismo quien garantice mi seguridad, Robespierre, utilizando mis propios métodos.
– Tus métodos te destruirán -replicó Robespierre, cerrando el tomo de Rousseau-. Procura no arrastrar también a Camille.
– Cuida de que Camille no te destruya a ti -le espetó Danton, furioso.
– ¿Qué quieres decir?
– Hébert se dedica a ridiculizar a Camille y afirma que vuestra amistad se sale de lo corriente.
– Por supuesto que se sale de lo corriente.
O bien Robespierre no comprende a Danton, o bien se niega a comprenderlo. Se trata de una torpeza profesional, cultivada, que constituye una de sus armas.
– Hébert está investigando a fondo la vida privada de Camille.
Robespierre extendió una mano hacia Danton en un gesto tan teatral que parecía habérselo enseñado Fabre.
– Deberían erigirte una estatua en esa postura -dijo Danton-. Sabes de sobra a lo que me refiero. Sé que no os tratabais durante la época de Annette, pero te aseguro que tu amigo nos relataba unas historias muy divertidas sobre las tardes que pasaba lánguidamente en el salón de Annette, y algunas noches en File de la Cité, cometiendo actos contra natura entre las declaraciones juradas. No llegaste a conocer a maître Perrin, ¿verdad? Hubo otros, por supuesto -añadió Danton, soltando una carcajada-. No me mires así, nadie cree que Camille esté enamorado de ti. Le gustan los hombres feos, corpulentos y mujeriegos. Le gusta, en suma, lo que no puede conseguir. Al menos, eso creo.