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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Te compadezco -dijo Camille, y salió apresuradamente.

Eléonore se apoyó en la pared, observándolo mientras se alejaba y acariciándose los labios con los dedos. Durante las horas siguientes sintió la presión de su mano sobre su pecho, pensando que en realidad nunca había tenido un amante.

Una carta a Camille Desmoulins,

fechada el 11 de Nivôse del año ii

No soy un fanático, un entusiasta ni un hombre dado a los elogios, pero en caso de que viva más que tú te erigiré una estatua y grabaré en ella: «Ciertos desalmados pretendían obligarnos a aceptar una libertad formada por barro y sangre. Camille, por el contrario, ha hecho que la amemos, ofreciéndonos una libertad tallada en mármol y cubierta de flores.»

– No es cierto, por supuesto, -dijo Camille a Lucile-, pero la conservaré entre mis papeles.

– Te agradezco que hayas hecho un esfuerzo por acercarte a hablar conmigo -dijo Hérault-. Pudiste haberte marchado sin dirigirme la palabra. Empezaré a pensar que te inspiro compasión, como Barnave. A propósito, ¿sabes que ha regresado Saint-Just?

– No.

– Quizá sea preferible no enemistarse con Hébert.

– Mi quinto panfleto saldrá dentro de unos días -contestó Camille-. Estoy firmemente decidido a librar al público de ese cretino afectado, estúpido y obsceno. Aunque sea lo último que haga en la vida.

– Puede que sea así -dijo Hérault, esbozando una sonrisa forzada-. Sé que gozas de una posición privilegiada, pero a Robespierre no le gusta sentirse derrotado.

– Él es partidario de la clemencia. Hay que aceptar los reveses en la política. Ya hallaremos otro medio.

– ¿Cómo? Imagino que a él le parece algo más que un simple revés. No dispone de una base de poder, excepto en opinión de los patriotas. Tiene muy pocos amigos. Ha situado a algunos de sus seguidores en el Tribunal, pero no tiene a ningún ministro ni general en el bolsillo, no se ha granjeado las simpatías de esa gente. Su poder reside enteramente en nuestras mentes, y estoy seguro de que él lo sabe. Si ha sido derrotado una vez, puede serlo otras.

– ¿Por qué tratas de atemorizarme?

– Porque me divierte -contestó Hérault fríamente-. No logro comprenderte. Te aprovechas de sus sentimientos de afecto hacia ti, aunque siempre dice que debemos dejar a un lado nuestros sentimientos personales.

– Todos decimos eso. ¿Qué otra cosa íbamos a decir? Pero nadie lo cumple.

– ¿Por qué lo hiciste, Camille?

– ¿Es que no lo sabes?

– No tengo la menor idea. Supongo que querías adelantarte de nuevo a la opinión pública.

– ¿Eso crees? La gente afirma que es una obra de arte, que nunca he escrito nada mejor. ¿Crees que me enorgullezco de las ventas del periódico?

– Yo en tu lugar me sentiría orgulloso.

– Sí, los panfletos han tenido un gran éxito. Pero el éxito ya no me importa nada. Estoy harto de tanta injusticia, ingratitud y falsedad.

Un excelente epitafio, pensó Hérault, en caso de que llegues a necesitar uno.

– Dile a Danton de mi parte -si ello le sirve de consuelo, cosa que dudo- que la campaña de clemencia cuenta con mi simpatía y apoyo.

– Danton y yo nos hemos peleado.

– ¿Que os habéis peleado? -repitió Hérault, frunciendo el entrecejo-. ¿Qué diablos pretendes, Camille?

– Nada… -contestó éste, apartando un mechón que le caía sobre la frente.

– ¿Has vuelto a meterte con su esposa?

– No, no. Ni mucho menos. Siempre procuramos dejar nuestros sentimientos personales a un lado.

– Entonces, ¿por qué os habéis peleado? ¿Por algo trivial?

– Todo cuanto hago es trivial -contestó Camille con tono irritado-. ¿Acaso no te habías dado cuenta de que soy una persona débil y trivial? ¿Quieres que transmita a Danton algún otro mensaje?

– Sólo que creo que es hora de que tome una decisión.

– ¿Temes que aprueben la política de clemencia demasiado tarde y que no consigas salvarte?

– Cada día que pasa es demasiado tarde para que alguien se salve.

– Seguramente tendrá sus motivos para demorarse. Todas esas oscuras coaliciones… Fabre está convencido de que lo sé todo sobre Georges, pero se equivoca. Creo que ni yo ni nadie soportaríamos saberlo todo sobre él.

– A veces te expresas como Robespierre.

– Hace mucho que nos conocemos. Eso es justamente con lo que cuento, con nuestra amistad.

– Esta mañana he recibido una carta de mis colegas del comité. Me acusan de revelar a los austriacos nuestras actas de sesiones secretas -dijo Hérault, haciendo una mueca-. Tendrán que añadir algo más a las pruebas documentales antes de presentar el caso ante el Tribunal, pero eso no representará ningún problema para Saint-Just. Trató de hundirme en Alsacia. No soy un estúpido, pero confieso que es mucho más astuto que yo.

– Debe de ser un defecto de nacimiento.

– Cierto. Voy a presentar mi dimisión del comité. Comunícaselo a Georges. Y felicítale el Año Nuevo de mi parte.

Saint-Just: ¿Quién ha pagado a Camille para que escriba eso?

Robespierre: No, no, te equivocas. Esta situación le disgusta profundamente…

Saint-Just: Tengo que reconocer que es un consumado actor. Según parece, os ha engañado a todos.

Robespierre: ¿Por qué crees que todo lo hace de mala fe?

Saint-Just: Te niegas a ver la realidad, Robespierre. O bien Camille obra de mala fe y es un contrarrevolucionario, o se ha ablandado políticamente y es un contrarrevolucionario.

Robespierre: Es muy fácil para ti decir eso. No estabas aquí en 1789.

Saint-Just: Tenemos un nuevo calendario. El año 1789 no existe.

Robespierre: No puedes juzgar a Camille, porque no sabes nada de él.

Saint-Just: Me remito a los hechos. En cualquier caso, hace años que conozco a Camille. Vagaba como un barco a la deriva hasta que se labró un nombre como prostituta literaria. Se vende al mejor postor. Por eso Danton y él tienen tantas cosas en común.

Robespierre: No comprendo cómo puedes decir esas cosas de un hombre que simplemente exige clemencia.

Saint-Just: ¿No? Entonces explícame cómo es que, de un tiempo a esta parte, asiste a todas las cenas y banquetes ofrecidos por aristócratas. ¿Puedes explicarme por qué la gente como la Beahurnais le envían cartas de gratitud y adulación? ¿Puedes explicarme por qué se producen tantos disturbios civiles?

Robespierre: No se trata de disturbios civiles, sino de legítimas peticiones a la Convención.

Saint-Just: Todos los manifestantes invocan su nombre. Es el héroe del momento.

Robespierre: Es la segunda vez que ocurre.

Saint-Just: La gente suele aprovecharse de las personas egocéntricas con fines muy siniestros.

Robespierre: ¿Por ejemplo?

Saint-Just: Para conspirar contra la República.

Robespierre: Camille no es un conspirador. Son imaginaciones tuyas.

Saint-Just: Me refiero a Danton. Ha conspirado con Orléans, con Mirabeau, con Brissot, con Dumouriez, con la Corte, con Inglaterra y con todos nuestros enemigos extranjeros.

Robespierre: ¿Cómo te atreves a decir eso?

Saint-Just: Rompe con él. Oblígalo a comparecer ante el Tribunal para responder a estos cargos.

Robespierre: Permíteme que te ponga un ejemplo. Sí, frecuentaba a Mirabeau. Supongo que te refieres a eso. Mirabeau cayó en desgracia, pero cuando Danton lo conoció era considerado un patriota. No era un delito tener tratos con él, por más que tú te empeñes.

Saint-Just: Supongo que no te dejaste engañar por Riquetti.

Robespierre: No.

Saint-Just: En tal caso debiste advertir a Danton.

Robespierre: No me hizo caso. Pero eso tampoco es un delito.

Saint-Just: ¿No? Cualquier individuo que no odie a los enemigos de la Revolución me resulta sospechoso. Si no fue un delito, fue algo peor que una torpeza. Había dinero de por medio. Siempre lo hay en los asuntos en los que se halla implicado Danton. No puedes negarlo. Reconoce que el patriotismo de Danton se basa en el dinero. ¿Dónde están las joyas de la Corona?

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